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Opinión

Los partidos políticos y la importancia de su no importancia

Por: Marcos Uribe Andrade / Publicado: 08.10.2020
Los partidos políticos y la importancia de su no importancia Diputados de oposición / AGENCIA UNO
El actual desequilibrio político no permite pasar por fuera de los cursos institucionales, por muy estimulantes, relevantes y fundamentales que resulten experiencias como el estallido de octubre.

Tal vez uno de los signos más reveladores de la importancia que tienen los partidos políticos en el escenario nacional es la poca importancia que han tenido en ciertos acontecimientos esenciales y sus consecuentes efectos.

Claramente me sitúo desde los intereses del campo popular y no desde los propios de una pequeña élite de poder que secuestra la soberanía bien entendida, en el contexto de una democracia representativa que, como bien debe entenderse, se desprende de la cesión de representación que otorga la voluntad popular.

El fenómeno social y político chileno, y en especial lo acontecido desde el 18 de octubre, no debe ser considerado sólo en sus aspectos más vistosos y estimulantes del infantilismo porque las claras limitaciones en sus consecuencias de fondo son de la mayor seriedad y trascendencia en una «teoría para el cambio progresista» de la organización política de la república.

Los partidos políticos tuvieron ninguna o poca relevancia en la conducción de los acontecimientos detonados en octubre del año 2019. Las instancias orgánicas tradicionales del campo popular fueron absolutamente sobrepasadas por la mayor y más extensa movilización ciudadana de la historia republicana: una consonancia de alrededor de un 80% de la voluntad ciudadana, exigiendo ser protagonistas de la refundación de las bases políticas de la sociedad, voluntad que se mantuvo a pesar de las formas complejas y violentas que acompañaron dichos acontecimientos.

No estoy de acuerdo, pero podemos conceder una suerte de espontaneidad de las masas que inicia y sostiene el temperamento de dicha sociedad movilizada. No estoy de acuerdo porque asumir dicha tesis es no reconocer –gratuitamente una larga herencia que se ha transmitido por las napas culturales que arrastran aguas de innumerables batallas, desde el nacimiento del Estado-nación y en especial por la herencia de lucha internacional-popular del siglo XX. Es una herencia que hoy interactúa con las nuevas tensiones socioeconómicas y políticas, que se articulan de algún modo en la dinámica de las fuerzas sociales que surgen de las actuales condiciones de vida. No obstante, podemos convenir sin concesiones que, en efecto, se ha manifestado la ruptura de los puentes o vasos comunicantes entre el complejo movimiento social y las estructuras orgánicas políticas de los partidos que tradicionalmente han representado las aspiraciones populares.

Estamos en la NO IMPORTANCIA de los partidos políticos, en el contexto de la materialización de la movilización social, con caracteres de revuelta prolongada. Pero estamos también en la EVIDENTE IMPORTANCIA de los mismos: los partidos políticos del campo popular, sin excepciones –unos más dramáticamente que otros– iniciaron un fatídico proceso de desvinculación de sus bases y el abandono progresivo de la conducción en todo tipo de organizaciones sociales. Unos más temprano que otros, pero todos finalmente, derivaron en políticas de conexión al tejido social meramente subsidiarias, auxiliares a su accionar en las superestructuras de la política institucionalizada, ocupando en todo lo posible los espacios del parlamentarismo, pero también cupularizando lo que antes se comprendió como práctica colectiva.

Los partidos del oficialismo neoliberal, por su parte, comprendieron rápidamente que los núcleos sociales de la fuerza propia de su enemigo estratégico quedaban desprotegidos y que la acción urgente debía dirigirse, precisamente, a tomar control sobre los espacios populares, en un acto de colonización del mundo del trabajador.

Nos invadieron la aldea: mientras los partidos del campo popular concentraban sus fuerzas, y la herencia de su lucha, para combatir en un escenario de dominio ajeno, con escasas posibilidades de acumulación de fuerzas, su contraparte se enquistaba nocivamente en su plataforma social, con un ataque combinado de fuerzas destructivas y creativas. Así, se despliega una extensa campaña de enajenación e ideologización, a fin de esterilizar las estructuras orgánicas capaces de direccionar la acción política por la disputa del poder: el narcotráfico, el Evangelio, el aspiracionismo fantasioso, la ruptura de los lazos solidarios y la instalación de la competencia y la desconfianza al interior del mundo de los trabajadores, el “capitalismo popular” y el posicionamiento embaucador de sus partidos en la base popular son algunos de los hechos que dibujan el escenario a fines de siglo XX y estos primeros veinte años del siglo XXI.

Los intelectuales de izquierda, presentes o incidentes en las alturas jerárquicas, traumatizados por los fracasos políticos tras el derrumbe de la experiencia de los socialismos reales, incapaces de identificar causas en los diseños de su praxis, vieron que los arrasaba una realidad unívoca, despejada de contradicciones fundamentales. Abandonan los nichos estratégicos para el poder de clase y endosan sus responsabilidades a vertiginosos e incontrolables cambios estructurales de la sociedad. Tropiezan en debilidades teóricas y, cautivados por el horizonte de novedosas posibilidades, apuestan a subirse al vagón de cola del triunfo internacional de un capitalismo en nueva fase.

Pero la realidad del mundo trabajador es lo que es: los pobres siguen siendo pobres, los explotados siguen más explotados y desprotegidos que tras las conquistas de los tres primeros cuartos del siglo XX. El capital sigue operando con la misma esencial lógica desde que se transforma en poder hegemónico de la sociedad moderna. Grandes transformaciones sicosociales, sí. Grandes cambios culturales, sí. Grandes cambios tecnológicos, también. Muchos grandes cambios, pero la convulsión política, a nivel planeta y en cada realidad local, continúa fermentando en su mosto y no es una manipulación de la burguesía en el poder, sino la reacción de esa misma contraparte histórica, hoy caótica, desesperada y abandonada por sus antiguos referentes políticos, que aún mastican una derrota que leyeron como el Fin de la historia, en una suerte de resurrección hegeliana, por las venas de Francis Fukuyama.

Entonces, vuelvo a la afirmación inicial: la falta de importancia de los partidos políticos en los notables movimientos cristalizados desde octubre de 2019 confirma la importancia que ellos tienen, porque lo que ocurrió y lo que ha seguido desde entonces está marcado por esta aparente paradoja: la importancia que se confirma en la falta de importancia.

En gran parte de las organizaciones de base, y más que las organizaciones, el sentimiento transversal de los ciudadanos cuaja en una comprensible y expandida bronca a los partidos políticos, y una suerte de fundamentalismo “anti-partidos” ha hecho que el pueblo pierda de vista la importancia de ellos, que debe reconocerse con independencia de sus deformaciones. Y esa misma animadversión, y la misma ausencia de dichas estructuras orgánicas vinculadas a su seno, ha determinado que hoy, a pesar de haberse generado una incomparable movilización social, las claves reivindicativas de ese movimiento no estén presentes en la disputa plebiscitaria y hayan quedado al margen de las opciones del 25 de octubre, obligando a perseguir el único resultado táctico razonable, que es –por ahora el peor escenario coyuntural para las fuerzas conservadoras del neoliberalismo: el triunfo del Apruebo y la Convención Constitucional, paso que debe entenderse con madurez y sin que ello denote ningún necesario atisbo de claudicación ante su objetivo central de avanzar hacia mecanismos de transformaciones auténticamente democráticas, ancladas en el verdadero ejercicio soberano de la voluntad popular: la Asamblea Constituyente.

Sin embargo, ninguna victoria será posible si no se entiende que un Estado no se construye a la medida de cada individuo, ni puede cada fracción de la sociedad pretender ser hilo conductor: es en los intereses de los grandes sectores, en donde se deben legitimar también todas las minorías y se pone a prueba la inteligencia colectiva.

El campo popular debe comprender que no se trata de bautismos ni re-bautismos. Debe comprender que tampoco se trata de seguir fragmentando la organización política a un punto tal que viene a significar lo mismo que su no existencia. Tiene que comprender que las contradicciones fundamentales determinan la base real de los grandes bloques sociales y que ello debe definir la conciencia de clase capaz de orientar el curso central del progreso en que nuestras diferencias pueden avanzar unidas. Igualmente se debe asumir que no estamos frente a Nicolás II, derrumbando el zarismo, ni ante la dictadura de Fulgencio Batista, provista de Fuerzas Armadas precarias y mecanismos básicos de control, en donde las vías rápidas eran capaces de imponerse.

El actual desequilibrio no permite pasar por fuera de los cursos institucionales, por muy estimulantes, relevantes y fundamentales que resulten experiencias como el estallido de octubre, que queda bien y lamentablemente representado en el concepto estallido: una fuerza que se libera de su continente hacia una atmósfera casi infinita que le absorbe con daños colaterales, acotados en el tiempo y el espacio. La ausencia de estas consideraciones obstaculiza gravemente la posibilidad de los consensos necesarios para ganar posiciones de fondo.

El oficialismo neoliberal da una impecable lección: no se ha fragmentado hasta el infinito, porque tiene claro que la realidad que le sostiene sigue siendo la misma que siempre le ha sostenido; sabe de sus intereses y herramientas de clase y sabe que por mucho que se complejice su mundo, sigue teniendo márgenes que le definen como tal.

Aquí y ahora, los partidos políticos del campo popular tienen el urgente deber de buscar la reconstrucción de los puentes cuyas fracturas mantienen a las élites del poder económico marchando con una ventaja sólo comprensible por la distorsión de la teoría o por la disipación moral y la confusión.

Enfrentamos hoy un importante trance histórico para el país y es tiempo de entender que todos, de espaldas con todos, rozamos con quienes jamás pondrán su voluntad al servicio de mejorar la vida de los ciudadanos reales, que conforman las grandes mayorías con sus respectivas minorías. Gracias a toda la fuerza del anarquismo necesario que hoy debe decantar, porque sin ella la evidencia de un nuevo orden sería sólo la intuición de un paisaje.

Los últimos acontecimientos en materia de fragmentación de la oposición sólo retardan la recomposición del necesario tejido orgánico que debe volver a aglutinar y focalizar al campo popular, y pone en riesgo el avance hacia el posicionamiento táctico para lograr los cambios que pueden llegar a estabilizar al país en un camino de concordia, que sólo se habilitará si se ocupan las herramientas políticas necesarias para construir una sociedad equilibrada, que abra caminos de esperanza a las grandes mayorías duramente maltratadas. El cómo es una tarea colectiva que debe partir de la honestidad y de la generosidad.

Marcos Uribe Andrade
Licenciado y profesor de filosofía. Vive en Chiloé.
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