Crónicas

A megáfono limpio en Plaza de la Dignidad

Por: Elisa Montesinos. Video y fotos: Jorge Cerezo / Publicado: 17.12.2019
©Jorge Cerezo /
Lunes, mediodía, sol intenso. Convocados por la poeta Carmen Berenguer, vecina de Plaza Italia por varias décadas, aparecen uno a uno los escritores y escritoras. Llegan con sus libros, anotaciones urgentes en libretas o en el celular, hojas sueltas bajo el brazo. “Nuestra visión es importante. No somos decorativos, no soy un florero al que invitan porque tiene que haber un poeta. Este es el primer cabildo poético literario, vamos a pensar Chile y estaremos realizando muchas actividades más”, dice la escritora convocante, megáfono en mano, justo abajo de su edificio.

Será por el ambiente literario, por las mesas con sillas y toldos que los mal traídos restaurantes y bares han sacado a las veredas circundantes, que el lugar parece adquirir un rostro nuevo. Ya no luce como Ucrania o Beirut, pese a que estamos a pasos de la estación Baquedano, y que más tarde aparecerán los grupos de voluntarios de salud para armar improvisados centros de atención a los heridos.

Sentados en una de las mesas, el cuchicheo se desata en esta especie de cabildo improvisado y van apareciendo algunas inquietudes. “Mal pagados, mal editados”, dice uno. “Quién te paga por hacer una presentación”, opina la poeta boliviana Marcia Mogro. ”Y a la gente que la da miedo venir acá”, dice Carmen que espera a unas poetas peruanas, quienes se excusan de asistir. “Hay gente a la que le han disparado perdigones aquí mismo”, respondo yo. Somos casi 20 de distintas generaciones. Algunos hablan del ninguneo. Otra escritora muestra una crema comprada a precio de huevo, porque es de los productos de saqueo. 

Nos paramos justo afuera de su edificio. La lectura comienza. Entonces Berenguer lee su poema de batalla, Santiago punk, que también figura pegado en la pared junto a afiches y graffitis. Punk, Punk/ War, war. Der Krieg, Der Krieg/ Bailecito color obispo/ La libertad pechitos al aire/ Jeans, sweaters de cachemira/ Punk artesanal made in Chile/ Punk de paz/ La democracia de pelito corto”, dice su voz amplificada por el megáfono. 

Sole Fariña viene después, “El ojo agudo   atento el que distingue minucias en la noche/ el que escarba en la inmundicia invisible/ el que graba y recuerda grita ahora/ luego del estruendo de luz que lo dejó sin luz/ ¡Mira! le dice al Otro (ojo) Tú eres el Faro ahora/ pregúntale por qué  yo corría   arrancaba/ volteé un instante  -dardo agudo sangre acuosa/ oscuridad   dolor dolor-/ Tú eres el Faro ahora pregúntale desde mi cuenca/ qué se siente  ser Perseguidor”, lee a modo de homenaje para una mujer que perdió un ojo.

Los poemas son disparos de perdigones opinantes que buscan confortar. “Fideos con salsa sobre el dolor de nuestra espalda”, Magdalena Benavente. Renato Salinas pone al poeta Jorge Teillier en las barricadas. “Desde que las ciudades explotaron no sé cómo me llamo”, Nicolás López. Y así, las lecturas se suceden interrumpidas por gente que entra y sale del edificio abriendo y cerrando el portón de fierro. Héctor Hernández Montecinos lee a capela un poema de Antonio Silva. Algunos transeúntes se acercan a filmar. “Pasen a tomar sus escudos y sus máscaras antigases”, bromea alguien al megáfono. Y no es chiste. Detrás del portón hay varios escudos hechos de tambores metálicos.

Hay que cruzar la Alameda para la última parte de la acción, una lectura en el monumento a Baquedano. Ahí figuran un puñado de manifestantes, uno de ellos ha ido a diario, ya es casi un habitante más del sector. Carmen Berenguer se pone la máscara antigases, las antiparras, toma el megáfono: “Primer cabildo de poesía, aquí junto a la primera línea que nos ha dado tanto orgullo”, anuncia. Y vuelve a su poema Santiago punk: “Pacos macumberos, lumeros/ Cucas, guanacos, loros soplones”. Confiesa que quería darse un gusto, el de leer justamente aquí, en el que ha sido el centro y corazón del estallido. “Y así será por siempre –le responde el manifestante–, el arte y la cultura, y la dignidad, estarán presentes”. Y aprovecha de invitarnos a todos a pasar el año nuevo juntos. “El 31 de diciembre se pasa acá, traigan parrillas y cosas de comer”.  

La intervención ha concluido. “Nietitos, ¿quieren ir para la casa?”, invita Berenguer. Un gas distinto queda en el aire. Después de todo cuál es el rol de la poesía sino dar sentido, aliento y a la vez confrontar, ir más allá de lo tangible y concreto, dejar huella, mostrar que otro futuro es posible. 

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