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Armando Uribe, el legado de un poeta lúcido y malhumorado

Por: Publicado originalmente en Palabra Pública, revista de la Universidad de Chile / Publicado: 24.01.2020
Foto: Ricardo Cuadros /
Se decía que hace años que pasaba la mayor parte del tiempo en cama, vestido de impecable traje -como lo hizo toda la vida-, probablemente alistándose para la llegada de su hora.

La muerte lo rondaba o quizás era él quien la rondaba a ella desde hace demasiado tiempo. Nacido en 1933, Armando Uribe Arce construyó desde sus inicios como escritor en los 50 una obra poética en torno al dolor, la persistencia de la desaparición y el asombro ante lo divino. En 2001 su esposa Cecilia Echeverría Eguiguren -con quien se casó en 1957 y tuvo 5 hijos- falleció, dejándolo desolado. Desde entonces, el poeta abandonó la vida pública y su llamada a la muerte se intensificó más que nunca. Se recluyó en su departamento en Parque Forestal y aceptaba cada vez menos entrevistas en persona. A quien lo visitaba le expresaba su frustración por esta vida tan larga que le había tocado. Se decía que hace años que pasaba la mayor parte del tiempo en cama, vestido de impecable traje -como lo hizo toda la vida-, probablemente alistándose para la llegada de su hora.

La madrugada del miércoles 22 de enero, finalmente Armando Uribe dejó este mundo debido a una falla cardíaca. Tenía 86 años y una enorme y única producción literaria que incluyó poemas y ensayos, los que hace sólo cuatro años fueron compilados en Antología Errante (1954-2016) por Editorial Lumen, que también reeditó Memorias para Cecilia (original de 2002) y la continuación de ésta; Vida Viuda (2018), donde contaba: “En 1998 se produjo, en nuestro departamento del Parque Forestal, la muerte de mi hijo Francisco y pasé, después del luto por la muerte de mi padre en 1970, al luto que he continuado hasta el presente y que pienso llevar hasta mi muerte”.

Uribe se formó como abogado en la Universidad de Chile, fue militante de la Izquierda Cristiana y también ejerció la diplomacia: fue ministro consejero del Ministerio de Relaciones Exteriores (1967), encabezó la delegación a la Asamblea Extraordinaria de Naciones Unidas en la que se aprobó el Tratado de No Proliferación Nuclear, tema en el que era especialista, entre 1968 y 1970 trabajó en la embajada chilena en Estados Unidos y el Gobierno de Salvador Allende lo nombró embajador en China. Tras el golpe de Estado de 1973, Uribe se exilió con su familia en Francia.

En 1990 regresó con una mirada lúcida de lo que había pasado en el país y convencido de las brutales consecuencias que traería la pactada vuelta a la democracia. Con su pluma mordaz se convirtió en una especie de vigía de la conciencia nacional, disparando contra la hipocresía y criticando, siempre intolerante, las injusticias que hasta hoy campean en Chile. Reconocidas, en esos años, fueron sus cartas abiertas donde pone en tela de juicio a personajes públicos como Patricio Aylwin y Agustín Edwards, el dueño del Mercurio.

Su capacidad para indignarse ante el estado de las cosas tiene sus puntos álgidos en libros como Odio lo que odio, rabio como rabio de 1998 donde en el prólogo escribe : “Este libro es como si fuera póstumo. Es como si. Que en paz no descansemos. Son trozos de un espejo quebrado en más de mil partes. Quedaron unos ciento cincuenta hechas pedazos irregularísimos y montones de polvo cortante de vidrio molido. Demolición de un humano. (…) El libro dice No más y nada y nadie. Basta ya. La muerte gesticula. La poesía se arranca los cabellos a puñadas. La rabia levanta al cielo su garrote. El odio se come las uñas de raíz. El vino atora y se trapica”.

Ese mismo año, cuando se intentó procesar a Augusto Pinochet en Londres, Uribe desplegó todo su conocimiento jurídico para evidenciar el despropósito que sería traerlo de vuelta a Chile. Junto al filósofo Miguel Vicuña escribió El accidente Pinochet, un libro en el que intenta explicar qué simboliza la figura del dictador como fenómeno psicológico y social en el Chile actual. «Esto no es el juicio final. Pero los enjuiciamientos indefinidos que penden sobre la cabeza física del señor Pinochet -y espiritualmente sobre todas las chilenas, no como espadas de Damocles sino cual piñata rellena de un regalo desagradable- tienen más pesadez que cualquiera inmediata decisión de los Lores», anotó Uribe.

“En Chile todos somos brutos/ pero hay los nobles brutos y los/ bestiales que cortan los hilos de sangre y producen el luto de las familias/ Hay las bestias torpes y tontas que se embisten como cornudos/ y desvisten a las doncellas que duermen la siesta”, escribió en Verso bruto de 2002.

Otros de sus libros imprescindibles son su ópera prima Transeúnte PálidoLas críticas de ChileCarta abierta a Agustín EdwardsPoundLéautaud Te amo y te odio. Mientras que  de sus escritos jurídicos e históricos destaca El libro negro de la intervención norteamericana en Chile (1974), publicado originalmente durante su exilio en Francia y que estuvo durante años prohibido en nuestro país.

Fumador empedernido, el poeta dejó el vicio en 2015, luego de que se le diagnosticó una insuficiencia respiratoria por fumar cerca de 40 cigarrillos al día desde que tenía 34 años.

En una entrevista en 2002 explicaba su postura frente a la vida y su forma de ser aireada y sarcástica. «Hay que tener pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad. El optimismo de la voluntad consiste en seguir siendo, en mi caso, un intelectual o chileno letrado crítico a las realidades del mundo en que vivimos. Servir a la conciencia crítica colectiva. En eso tengo optimismo de la voluntad que llaman algunos voluntarismo o utopismo, pero que es también una posición humana racional, porque se sabe que las grandes conciencias colectivas se forman a partir de las personas que observan las realidades. Que tengo pesimismo de la inteligencia efectivamente lo tengo y me puedo dar el lujo de tenerlo por la edad a que he llegado, porque no creo que la gente joven se pueda dar el lujo de ser pesimista”.

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