Crónicas

VOCES| Vivir de la cultura no es fácil en Chile

Por: Mary Rogers, escritora y periodista / Publicado: 23.05.2020
Ilustración de @lologongora en Lastarria /
El resultado de escribir, hacer música, actuar, pintar, dedicarse a la artesanía y crear es considerado suntuario para los connacionales y por tanto, sus autores no parecieran ser merecedores de un rescate económico, olvidando la importancia que reviste para un pueblo o nación. La cultura forma su identidad, es el legado que compartimos con las generaciones venideras y que permite que seamos “nosotrxs” y no “los otros”; enriquece a las personas y las motiva a crecer.

La gente olvida que los mejores momentos están asociados a la canción que les recuerda un hito en sus vidas, al libro que los inspiró a abrir los ojos frente a cierta situación, a la obra de teatro o película que vieron con su pareja por primera vez o al cuadro que hizo tan feliz a esa persona especial cuando por fin pudo tenerlo en casa.

Ninguno de estos momentos sería lo mismo si los creadores borraran el “botoncito que le permite al público acceder” a la entretención y al pensamiento, como dice la escritora Pía González Suau en su columna La pandemia y la cultura. Es tan fácil darlo por sentado, no pensar en la cultura como un valor per se, sino como un regalo que suele venir con la compra de algo “más importante”. Déjame decirte que no es así, que hay estudio, esfuerzo y amor en cada entrega, y que ser “artista”, si lo tomas en serio, requiere tanto esfuerzo como cualquier profesión. 

Para quienes optamos por esta área maravillosa del saber, es una pasión y un trabajo, que en estos tiempos se vuelve más difícil. Somos independientes: si no trabajamos, no hay recursos; si no hay recursos, no se cubren las necesidades básicas. A ningunx se nos condona el arriendo, el supermercado o las cuentas. 

“Usted lo eligió, mijita”, diría mi madre. A pesar de todo, no me arrepiento, el amor por este oficio no da de comer, pero produce muchas otras satisfacciones para el alma. Por eso, muchxs de nosotrxs tenemos otras profesiones que “liberan al talento de mantenernos”, como señala Elizabeth Gilbert en su libro La gran magia. Lamentablemente, como amamos la cultura, es más que probable que esas profesiones también estén vinculadas a ella y ya sabes.

No todo es tremendo. Esta pandemia nos ha hecho recobrar la conversación, la vida familiar, la solidaridad, el buen aire en las ciudades más contaminadas, además de dar un respiro a la flora y fauna con nuestra ausencia. Con la cuarentena obligada, las personas se han vuelto más creativas y, además de disfrutar de libros, series y películas, comienzan a retomar la costumbre ancestral de compartir o inventar juegos y cuentos, herramientas de aprendizaje para grandes y chicos. El miedo nos ha traído la conciencia de fragilidad y nos recuerda a diario la importancia de la comunidad.

Nosotrxs, lxs independientes, hemos comenzado a reinventarnos. La tecnología ayuda bastante y la gente que busca pensar, sentir y crecer, tanto como nosotrxs, así lo entiende y comparte. Talleres de todo tipo surgen por pasión y necesidad; conciertos, charlas y cursos ofrecidos se multiplican en la red y las interacciones diarias en las plataformas de streaming tienen un aumento proporcional al del confinamiento en el planeta. Esto genera oportunidades más amplias para todo el mundo. Ya no te comunicas solo con gente de tu ciudad, puedes conectarte con todas las regiones del país y con otros países, enseñando y aprendiendo. Cada día es un nuevo desafío y, a pesar de los inconvenientes propios de nuestro sistema neoliberal, siempre podemos abrir nuevos caminos en vías a mejorar presente y futuro, propio y de los demás. 

Es tiempo de pensar y repensar lo que somos, lo que queremos y lo que amamos. Es tiempo de darnos un tiempo. Es tiempo de reinvención.

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