Opinión

Un poquito de justicia

Por: Esteban Vilchez Celis | Publicado: 23.07.2018
Un poquito de justicia desigualdad |
¿Hay algo por lo que podamos sentirnos realmente orgullosos? El ingreso “mediano”, el que recibe un individuo representativo de la mitad de la población, asciende a $379.673.

Muy recientemente, el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) entregó los resultados de la su Encuesta Suplementaria de Ingresos (ESI) 2017. Es una buena fotografía acerca del tipo der país que estamos construyendo y del grado de justicia con el que vivimos.

El ingreso “mediano”, esto es, el que recibe un individuo representativo de la mitad de la población, asciende a $379.673. Esto significa que de quienes trabajan, el 50% recibe esta suma. Un 18,1% recibe entre $ 200.000 y $ 300.000, un 17,2% entre $ 300.000 y $ 400.000 y un 12,2% entre $ 400.000 y $ 500.000.

Solo un 12,2% supera el millón de pesos y apenas un 1,5% tiene rentas que superan los tres millones de pesos.

No hay que hacer un esfuerzo especial para decir lo que muestra esta fotografía de nuestra realidad: una desigualdad e injusticia en la distribución simplemente vergonzosa.

No se trata siquiera de la derecha, que por supuesto no tiene ningún apego a la igualdad de reconocimiento de méritos entre el trabajo y el capital, sino de que, sencillamente, tras la recuperación de la democracia y gobiernos que mayoritariamente han respondido a la idea de “progresistas” (Aylwin, Frei, Lagos, Bachelet), la desigualdad y la injusticia han permanecido casi intactas. Disminuir la pobreza escandalosa e inhumana dejada por Pinochet es algo que era un deber mínimo, que no debe llenarnos de un falso orgullo.

La realidad en Chile sigue siendo desoladora, aunque incluso quienes sufren esa desolación no la vean con claridad y lleguen a votar por gobiernos que aman la concentración de la riqueza y desprecian al trabajador.

Pase revista: trabajos mal pagados y precarios; sistema de salud deficiente y que carga con muertos por falta de atención; sistema educacional en permanente crisis y fuente de perpetuación de la segregación social; déficit de viviendas; sistema de pensiones desastrosas; sistema de justicia desprestigiado y reconocidamente ineficiente; recursos naturales en manos de privados y cuyos grandes beneficios terminan en manos extranjeras.

¿Hay algo por lo que podamos sentirnos realmente orgullosos? ¿Cuál es la realidad de la enorme mayoría de los chilenos? Si nos miramos al espejo, con total honestidad, veremos la pobreza, el endeudamiento, la falta de oportunidades y una concentración de la riqueza completamente inhumana.

La receta para superar todo esto no es compleja. Pero es difícil.

No es compleja, porque se trata de volver a criterios de justicia sencillos, como reconocer que el trabajo es el gran generador de riqueza y que debe ser pagado de manera justa. No importa que un empresario sea inmensamente rico, pero sí importa que lo sea de manera obscena y a costa de la remuneración justa de quienes trabajan para él. Es simple porque, de nuevo, debemos iniciar la lucha por recuperar los recursos naturales para todos los chilenos: el cobre, los peces, los bosques y el litio. Es simple porque se trata de una mejor distribución del ingreso, de una educación y de una salud de igual calidad para todos.

Pero es difícil, porque nadie parece tener la valentía, la fuerza o el apoyo siquiera de una población atontada y engañada para iniciar este proceso. La aplastante propaganda de los grupos económicos dueños de los grandes medios de comunicación tiene convencida a la población de que la justicia y la solidaridad social son aspiraciones de izquierdistas trasnochados, como si Noruega, Dinamarca o Islandia fuesen comunidades de extraterrestres o grandes campos de concentración donde los hombres y las mujeres viven sin libertad alguna.

La última vez que alguien intentó esto en Chile, heroicamente y quizás con algo de ingenuidad, debió soportar aviones bombardeando el palacio presidencial y luego morir, dando espacio a un periodo de horror y brutalidad que no se olvida.

Desafiar los intereses económicos de los poderosos es siempre peligroso. Pero, de otro lado, al leer estas encuestas, ¿puede haber algo mejor a lo que dedicar la vida?

Esteban Vilchez Celis