Opinión

Espero equivocarme pero no

Por: Pablo Padilla Rubio | Publicado: 14.03.2020
Espero equivocarme pero no |
Espero sinceramente que no sea Sebastián Izquierdo el mismo personaje al que le compré un disco en ese mismo bus, apoyando al artista nacional. Espero sinceramente que no sea, porque siento que si es verdad que este patético aprendiz de brujo es el mismo, de alguna manera se degradan mis palabras. Quedan como manchadas de estupidez y mierda expresiones como “rockabilly callejero” o “artista nacional”.

Espero equivocarme con Sebastián Izquierdo. Sinceramente lo digo. Espero que no sea él la persona a quien le di monedas en la micro cuando se subió a tocar un urgente rockabilly callejero. Espero sinceramente que no sea Sebastián Izquierdo el mismo personaje al que le compré un disco en ese mismo bus, apoyando al artista nacional. Espero sinceramente que no sea, porque siento que si es verdad que este patético aprendiz de brujo es el mismo, de alguna manera se degradan mis palabras. Quedan como manchadas de estupidez y mierda expresiones como “rockabilly callejero” o “artista nacional”.

Claramente exagero. Porque, aunque sea cierto que son el mismo hombre el frontman que recuerdo en Avenida Matta de 2012 y el facho cobarde de 2020, eso no debiera degradar las palabras que describieron al ser del pasado.

El que si degrada ambas versiones posibles de Sebastián Izquierdo es él mismo. La empatía que lograba con un módico show de 3 minutos, se cae al vertedero del pop con su actual performance al servicio de la penumbra y la sangre. Y de pasada, devalúa con su evidente falta de entereza (tan parecida a ser cobarde), el poco respeto que pudo aquilatar en el tiempo en que pasó cantando en micros y paseos peatonales.

Ahora circulan por las redes una multitud de videos que lo muestran en ese pasado que quiero recordar; pasado que no puedo cuadrar con su penosa e hiriente actualidad. Y entiendo que lo único que tienen en común ambas escenas es el hambre. Un hambre que tiene varias cabezas. El hambre real de hacerse sus monedas. Hay posteos que lo muestran furioso por no poder recaudar lo que necesitaba, y tal vez ahí esté la raíz de su actual estado: por fin logró encontrar quién llenara su sombrero con billetes.

Pero hay otra hambre, quizás más apremiante que la monetaria: el hambre de exhibirse, de saber que todos ven su show. Es difícil calificarlo de “payaso”, “bufón” o “histrión”, sin violentar a respetables gremios que le han dado tanto a la humanidad por siglos y siglos. Sebastián Izquierdo está a años luz de distancia de cualquier sutileza de escenario. Él es, (él siempre lo fue), un eficiente ladrón de atención, un incierto hoyo negro de miradas que nunca va a quedar satisfecho, y que siempre va a necesitar más.

Su tambaleante posición como violento líder del rechazo (qué asco de palabra en estos tiempos), confirma esa avidez por vivir expuesto a cualquier precio. Anteayer fueron bravatas aspiracionales en Providencia; ayer fueron explicaciones retorcidas para zafar de delitos varios. Hoy fue lisa y llana cobardía ante la posibilidad de un duelo mano a mano y sin apoyo policial. En todas sus versiones, Sebastián Izquierdo no va más allá de si mismo. Sus éxitos serán pasajeros. Y tendrá que cambiar de rubro. Seguro nos sorprenderá, capaz que hasta alguien incluso sienta miedo. Yo siento un poco de asco.

En realidad, a la hora de cerrar, me da lo mismo equivocarme. Al final del día, es sólo uno más en una incierta troupé de exhibicionistas de poca monta, que juegan con navajas sin saber de qué lado está el filo. Cosa que si saben sus auspiciadores de hoy, que luego luego le quitarán el piso. Porque, hay que decirlo: Sebastián Izquierdo, si hasta el abogado de Punta Peuco te niega tres veces en la tele, es porque de verdad ya eres, una vez más, muy poca cosa.

Pablo Padilla Rubio