Opinión

Monumentos incómodos en el nuevo Chile

Por: Diego Montoya | Publicado: 25.10.2020
Monumentos incómodos en el nuevo Chile Plaza Baquedano | Agencia Uno
Al Chile decimonónico en plena expansión territorial le urgía homogenizarse. La imagen de los militares victoriosos está representada en todas partes, para dar la idea de UN solo país, UN Estado y UNA imagen centralizada. Pero eso ya no es así. Hoy en día hay una disputa territorial simbólica sin precedentes.

No comparto la visión del patrimonio que se expone en una carta del Comité de Patrimonio del Colegio de Arquitectos que nos hizo llegar manifestando su rechazo a la violencia contra edificios en el centro de la ciudad. Expresada como algo estático, inerte, eterno o casi sagrado. Un edificio no es patrimonial porque sea viejo nada más.

Creo en un patrimonio dinámico y en constante disputa simbólica. Y que sobre todo, en tiempos de cambios de paradigmas en nuestra sociedad, la lucha por los símbolos se vuelve trascendental.

La toma de la estatua de Baquedano es la Bastilla de la Revolución Francesa, el baluarte del viejo orden, y que abre paso a nuevos símbolos y nuevos patrimonios que tienen que ver con la identidad contemporánea de evidente búsqueda de heterogeneidad (contraria a las figuras militares y eclesiales del centro de Santiago).

No por nada, la semana pasada quemaron la IGLESIA de CARABINEROS, dos instituciones con un abismante desarraigo con la ciudadanía. No por nada, a cierto grupo de la sociedad le dolió tanto. Su dolor y sus ropas rasgadas dice mucho más que el acto en sí de la quema del edificio. En ese sentido, en la disputa simbólica de ese espacio fue una total victoria para el pueblo alzado.

Dejando para otra discusión la tesis de que la destrucción de edificios culturales y patrimoniales la hayan perpetrado carabineros infiltrados, o simplemente la hayan dejado ser, esta columna de opinión busca abrir el debate hacia una mirada más contemporánea y amplia que la planteada por nuestros colegas del Comité de Patrimonio del Colegio de Arquitectos.

¿Qué es un monumento si no el legado de los valores de la comunidad a las posteriores generaciones?

Valores como el patriotismo, el orden o la masculinidad se han perpetuado a lo largo de todo nuestro país. Bustos de bronce de antiguos militares o nobles políticos tienen su lugar de honor en cada plaza de cada pueblo. Pero ¿qué pasa si las nuevas generaciones quieren erigir nuevos valores que se contraponen con los añejos anhelos de antaño? Los tiempos van cambiando, las sociedades también junto con la valoración de las cosas.

Al Chile decimonónico en plena expansión territorial le urgía homogenizarse. La imagen de los militares victoriosos está representada en todas partes, para dar la idea de UN solo país, UN Estado y UNA imagen centralizada. Pero eso ya no es así. Hoy en día hay una disputa territorial simbólica sin precedentes, el nuevo simbolismo de un Chile despierto que es capaz de analizar autocríticamente su propia historia, y cuestionar las partes ocultas e infames del panteón público que su mera presencia ofende a la ciudadanía actual. Un tema que dará mucho material para ser analizado en el futuro.

La vorágine del cambio social está transformando el espacio público e irguiendo autónomamente sus propios monumentos a la heterogeneidad, la solidaridad y la igualdad de la sociedad que se quiere reconstruir.

¿Qué va a pasar con el edificio quemado? ¿Se restaurará, o con qué se va a remplazar?

Un tremendo ejemplo lo tenemos justo en frente al edificio quemado: la transformación del edificio emblemático de la UNCTAD III, construido en 275 días en 1972, con su famoso “casino abierto popular”, que después del 11 de septiembre de 1973 se convirtió en el bunker de Pinochet, concentrando toda la carga simbólica y trágica de la dictadura, y que luego de un incendio, en 2006, el tiempo le dio la oportunidad de ser un edificio nuevo, y ser uno de los espacios de la cultura más importante del país.

Como arquitectos condenamos la violencia. La de vivir en hacimiento: 2,5 personas por dormitorio en un total de 35 metros cuadrados, de una vivienda mal equipada, de delgadas paredes, húmedas y frías en invierno, como casi el 14% de la población de la comuna de Independencia, o las 47.050 familias que actualmente sobreviven en 802 campamentos a lo largo de todo el país. La violencia de vivir en zonas de sacrificio ambiental.

No caeremos en la moda rígida de condenar las manifestaciones políticas sin condenar la violencia estructural que algunos colegas han alabado. La destrucción del patrimonio se da cuando una inmobiliaria echa abajo conjuntos de viviendas donde familias han forjado su identidad y han construido su tejido social.

Debemos marginarnos de caer en modas estériles de posturas cómodas frente a los cambios que está viviendo el país. Más aún si viene de quienes defienden la Ley 17.288 del Consejo de Monumentos Nacionales, la cual es una condena para edificios de valor patrimonial que no tiene suficientes herramientas para protegerlo. Una ley que lleva 50 años sin modernizarse, y en el transcurso de ese tiempo ¿cuánto patrimonio material hemos perdido?

Que se despeje el espacio a los héroes anónimos, a las víctimas gallardas de los otrora victoriosos, y que ciudades como Punta Arenas o Talca, en pleno siglo XXI, tengan al menos alguna calle (de mediana importancia) con el nombre de una mujer del pueblo, es tarea de nosotras y nosotros.

Diego Montoya