Opinión

El Arca de Noé en casa

Por: Jaime Collyer | Publicado: 17.01.2021
El Arca de Noé en casa Puma en Ñuñoa |
Parece haber cierta confusión bíblica, como si alguien les hubiera dicho que mi casa es el Arca de Noé. No tengo mayores explicaciones para el fenómeno, sólo espero que después de esto no venga el Diluvio y andemos todos flotando en mi patio, con el puma inaugural incluido. Sería muy raro.

Son tiempos extraños, estos de la epidemia global, que en mi caso han adquirido un matiz zoológico, poblando mi existencia más bien aislada y sumida en el ostracismo (un ostracismo voluntario y anterior a la pandemia, hay que decirlo) de visitas animales inesperadas. Lo primero fue el puma aquel del año pasado, el primero que llegó por estos lares y se paseó desde Providencia hasta Ñuñoa y la plaza cercana a mi hogar, para refugiarse luego de un salto espectacular en el colegio vecino (o casi vecino) a mi casa. Me hubiera gustado verlo, a ese puma precursor y audaz, pero sólo me enteré de que había estado en el patio vecino en las noticias del mediodía, cuando ya se lo habían llevado drogado para hacerle una revisión técnica y devolverlo, entiendo, a su hábitat natural.

Un puma no es cualquier cosa, tiene esa vocación solitaria y remota de los felinos agrestes, ese donaire consustancial a su especie indómita y extraviada en las montañas. Que este hubiera resuelto bajar a Santiago, la ciudad de calles abandonadas por la noche, me pareció de muy buen gusto y un tremendo augurio para nuestra especie urbana y desangelada, que vivió por unas horas, algunos en directo, otros como yo en la televisión, el llamado directo de la selva en su ciudad. Fue de los primeros visitantes animales, ese puma no previsto, al cual se sumaron después otros, y algún cóndor parado en un balcón de un edificio cercano a la precordillera. Y, en otras latitudes, varias otras especies, como los delfines en Venecia, un jabalí despistado en la Diagonal de Barcelona y mucho animalito osado e indiscreto que, al ver las ciudades desalojadas por el confinamiento mundial, decidió probar suerte y ver si encontraba en ellas algún manjar inhabitual.

Me gusta todo esto. Fue el componente inesperado del encierro, el que me devolvió en algún sentido la fe, no en la especie humana (que sigue siendo la misma facción tóxica y arrasadora de su entorno), sino la fe en la vida tan incontenible y su heterogénea diversidad, buena cosa.

A esas visitas animales del 2020, se ha sumado esta última semana un aluvión particular de avatares zoológicos no previstos en mi casa y mi patio –un patio no demasiado grande–, en una sumatoria de acontecimientos varios de índole animal a los que he debido reaccionar con hidalguía y con la ayuda de mi pareja, ella merece especial mención en todo esto. Igual caben antes algunas precisiones topográficas: en la casa del vecino, mi querido Max Vivar (aguante Villa Cariño), floreció esta primavera una higuera que normalmente queda pasmada, estallando con sus ramas y sus higos en el patio de al lado y alcanzando hasta el mío, llenando el aire y esas ramas de loros y gorriones que se las han repartido democráticamente, y también los higos, cantando como desaforados de la mañana a la noche. Muchos pájaros que han resuelto vivir aquí, en la higuera a su vez repartida entre las dos casas, y que nos alegran a grito pelado la vida cada día.

Siguiendo con la escenografía local y sus protagonistas históricos, de la casa del propio Max llegó hace unos años a la mía una gata algo desvencijada que en su hogar respondía al nombre de Jocelyn. Da la impresión de que la comida allí o el ambiente fiestero no eran siempre de su agrado, así que decidió venirse mejor a mi casa y, aunque no me interesé mucho en ella al inicio, terminó como todos los gatos colonizando la cuasi totalidad de mi espacio vital y rebautizada como Joselina (un tímido empeño en defensa de la hispanidad).

No era, ni es, una gata majestuosa o imponente, colorida y de pelaje suave, sino más bien un arquetipo vagabundo y proletario, una gata gris aficionada a extraviarse en los techos, cuyas preferencias cuando andaba en celo traicionaban esas nostalgias silvestres: siempre prefirió para aparearse a otro gato desgreñado y negro que venía de algún lado poco claro y la esperaba en el patio hasta que saliera. Nunca vi que ella se hiciera de rogar, el gato negro era su debilidad, y así tuvimos que andar luego con mi vecino regalando gatitos mitad grises, mitad negros, hasta que la progenitora fue intervenida quirúrgicamente y ya no volvió a quedar preñada. Engordó, sí, como bestia (el jardinero postuló que ahora parecía un conejo) y ya no volvió a evidenciar a contar de allí mayor interés por su amante negro, qué tristeza. En términos generales, y hasta el arribo de la Joselina, no pensaba dedicar yo mismo ninguna porción de mi existencia a estos menesteres de acogida doméstica a los animales circundantes, pero la vida te da sorpresas, y si las circunstancias te ponen por delante gorriones y loros, y gatas proletarias que se embarazan con asiduidad, no vas a andar tú sacudiéndoles las ramas para que se vayan con su canto a otra parte o impidiéndoles refugiarse con sus crías en tu patio. Nobleza obliga, qué se le va a hacer, tampoco pretendo por ello que el frente animalista me lleve de constituyente.

Como decía al inicio, esta semana recién transcurrida hubo, en esa misma línea de asilo improvisado al mundo zoológico, nuevos acontecimientos igual de exóticos. Como una perrita recién adquirida por mis vecinos que demostró la novedosa tendencia a meterse por entre los barrotes de la puerta a mi patio y llegar hasta la parte de atrás ladrando como desquiciada, hasta que había que salir a refrenarla. Además, varios gatos chicos, aparte de la anfitriona Joselina, descubrieron este verano que su comida –la de ella– estaba disponible en mi cocina e iniciaron incursiones regulares a ella, suscitando a veces –solo en ocasiones– grandes trifulcas entre todos, un griterío adicional y muchos maullidos cercanos al pequeño espacio donde escribo y trabajo en mis escritos. No será mi culpa entonces si luego ellos resultan menos apacibles de lo que hubiera sido deseable: habrá que atribuirlo a esa novedosa vocación franciscana impuesta por los visitantes del reino animal. Proceso en que uno desarrolla, cuando vive solo, cierta propensión parecida a la del Dr. Doolittle y empieza a conversar con los animalitos varios o hasta a imaginar que le responden, que adivina lo que están pensando o las razones por las que lo miran de este modo y no otro. A rayar, en suma, cada día un poco más.

La sumatoria de eventos zoológicos veraniegos culminó hace una semana con la gata Joselina afectada de un absceso en el lomo, un cuadro habitual en los felinos, según me dijeron, fruto de las peleas a zarpazos y mordiscos en que suelen enfrascarse. Igual quedé por completo descolocado ante el espectáculo, y sólo el concurso generoso de mi pareja (detrás de toda gran mujer hay siempre un hombre descolocado e inútil) ayudó a resolver felizmente el asunto, incluyendo convocatoria a una clínica veterinaria cercana, traslado del animal, hospitalización y luego curaciones durante una semana, sumando a ello el empeño arduo de ambos de forzarla a tragar el antibiótico. Han sido días duros, pero me parece que fructíferos: las llagas han desaparecido gradualmente.

Pero no terminó allí el asunto, eso es lo extraño: hace un par de días, un pajarito ínfimo cayó por la ventana abierta al dormitorio de mi hijo y en su rescate vino poco después su progenitora. Fue un escándalo complementario de piares destemplados en la habitación aquella, en medio de mis empeños más bien vanos por reorientar a la madre y su cría hacia la ventana, deseoso de evitar que en cualquier momento su escándalo convocara a los felinos circundantes y la madre y su hijo concluyeran de manera cruel su alada existencia.

Me cuesta entender del todo, lo decía, estas coincidencias y la inundación animal de mi vivienda, las idas y vueltas de las varias especies, sus contratiempos y el revuelo ocasionado cada vez. Parece haber, entre todos ellos, cierta confusión bíblica, como si alguien les hubiera dicho –quién sabe por qué– que mi casa es el Arca de Noé. No tengo mayores explicaciones para el fenómeno, sólo espero que después de esto no venga el Diluvio y andemos todos flotando en mi patio, con el puma inaugural incluido. Sería muy raro, por decir lo menos.

Jaime Collyer
Escritor.