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Historiadora Claudia Zapata y polémica por traslado de Baquedano: «Los monumentos no tienen que durar para siempre”

Por: Natalia Figueroa | Publicado: 01.04.2021
Historiadora Claudia Zapata y polémica por traslado de Baquedano: «Los monumentos no tienen que durar para siempre” Claudia Zapata | Felipe Poga, fotógrafo de la UChile.
La doctora en historia y profesora de la Universidad de Chile profundiza sobre el territorio en disputa y los simbolismos de la denominada “Plaza Dignidad”, tras el retiro de la estatua del general Baquedano. “El día que retiraron la estatua teníamos a los militares haciendo un acto de un dramatismo que impactó. Se nos olvida, incluso, que esto existe porque son culturas muy herméticas”, es parte de lo que comentó en esta entrevista.

No es partidaria de que se vuelva a instalar otra figura que represente héroes en el centro de la “Plaza Dignidad”. Piensa en un jardín o en una pileta, algo que termine con las figuras que se erigen por sobre los transeúntes.

Más allá de eso, Claudia Zapata Silva, doctora en historia, especializada en movimientos indígenas contemporáneos y pensamiento latinoamericano, y profesora de la Universidad de Chile, considera que la revuelta popular cambió la mirada sobre estos simbolismos y que precisamente el patrimonio debería considerar las sensibilidades de las generaciones futuras.

En entrevista con El Desconcierto también analiza el proceso constituyente que, asegura, es un triunfo popular con sus “baches” y “contradicciones” que se han ido revelando en estos meses.

-Hace algunas semanas se enmuralló la piedra que sostenía la estatua del General Baquedano. A ningún otro monumento se le había dado ese nivel de protección. ¿Qué representa?

Creo que es el eslabón más reciente de este gallito, que en el fondo, ha sido una demostración de fuerza de ambos lados. Y te hablo de ambos lados con la desigualdad que eso significa. Es derechamente el último hito de la revuelta popular, con las masas de gente que se apoderan de este espacio y que lo disputan porque existe una memoria y una noción instalada de la relevancia que tiene ese punto en el plano urbano respecto de la dominación de la ciudad completa. Una dominación que también es de clase, de pueblos y de culturas. Me parece que tiene un sentido desde esta lógica con el autoritarismo estatal y, en medio, con los militares interviniendo con su opinión y deliberando, aunque no les corresponda. Es medio melodramático, casi cayendo en lo ridículo. Pero tiene que ver con esa disputa, donde en ambos bandos, si es que podemos hablar de bandos, se les identifica como un lugar de disputa simbólica, que es tremendamente poderoso.

-¿Es un cambio de relato por la falta de identificación con esas figuras?

Absolutamente, incluso, me podría preguntar cuándo nos hemos identificado con ese relato. Siempre cuando se habla de estas cosas no se puede suponer lo que piensa toda la gente que interviene o que protagoniza hechos de despliegue masivo, pero me parece que es medio difícil suponer que toda la gente que ha estado interviniendo la estatua sabe realmente quién es Baquedano. La idea general tiene que ver para mí con un guion nacional y con un guion patriótico que ya no está haciendo sentido. No es solo un movimiento en Santiago como ocurrió con el estallido en todo Chile, es algo mundial que ha ocurrido cada vez que hay una confrontación con el poder establecido.

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-También pasó con la estatua de Pedro Valdivia en Temuco y en Estados Unidos después del asesinato a George Floyd. ¿Es una respuesta al discurso colonizador que se sigue reproduciendo a través de la cultura?

Sí, me parece que en el caso de Chile hay un relato de nación que tiene, al menos, tres características importantes: una que es militar, y podríamos hacer un catastro a nivel nacional del predominio de lo militar, lo colonial y lo masculino que es impresionante. Entre medio encontramos algunos monumentos o estatuas a mujeres, que son probablemente de la oligarquía, de la aristocracia y ahí hay que tener cuidado porque le pueden hacer sentido que algunos monumentos, que siempre son más chicos. La otra vez leía que en Martinica botaron una estatua de la reina Victoria.

-Es una tensión por el predominio de los privilegios que representa…

Y lo ofensivo que es recordar que te robaron, que te subalterizaron, y, además, tenerlo todo el día en el tránsito con la ciudad. Es parte de lo que se está discutiendo ahora, que te dicen: «Oye, esta es tu historia, te guste o no te guste». Y ese nuevamente es un acto autoritario. Entonces, las disputas simbólicas tienen una dimensión de materialidad importante desde el momento en que te imponen la conmemoración y cuando la discusión de esa conmemoración no te parece. Aquí pasa por la intervención material de sus símbolos, como ha pasado con Baquedano que ha sido mayormente intervenido.

-Se ha hablado sobre la figura que debería estar ahí y la manera de escogerla. Por ejemplo, a través de un plebiscito o una consulta comunal. ¿Cómo lo ves tú?

Mira, más que quién esté ahí o no, lo que me parece rescatable de la revuelta popular, que no sabemos si va a perdurar o no, es que le quita melodrama a este tema de las estatuas. O sea, tú ves dos cosmovisiones oponiéndose, más allá de si nos interpretan o no, pero entendemos que los monumentos y las estatuas no tienen por qué ser eternas, que tienen que responder a una sensibilidad de época. Hay una mirada mucho más desmitificadora de la identidad nacional.

Por otro lado, el día que retiraron la estatua teníamos a los militares haciendo un acto de un dramatismo que impactó. Se nos olvida, incluso, que esto existe porque son culturas muy herméticas. El potencial de esta revuelta popular es asumir que los monumentos no tienen por qué durar para siempre, que el día de mañana la sociedad del futuro puede decidir que esto no los interpreta. Me parece que eso debe estar dentro de la definición de patrimonio para no imponer a las futuras generaciones lo que hoy nos pueda parecer interesante a nosotros. Responder a una sensibilidad más amplia, cuando esa sensibilidad se está experimentando, me parece que es fundamental a la hora de decidir qué hacer con ese espacio. En términos personales, soy más partidaria de poner una fuente, pondría plantas. No soy de la idea ni siquiera de que se conmemore a nadie, ni un hecho histórico. Por ejemplo, tú ves que en Costa Rica los billetes tienen animales, flora y fauna con la que se identifican en ese territorio, no tienen héroes.

-¿Es un tránsito hacia una sociedad que busca ser más horizontal?

Claro, es más contemporáneo, menos sacralizador, menos mitificador. En toda esta suerte de debate, nos han dicho mucho a los que pensamos de otra manera, que estamos llamando a un estado de violencia permanente. No tiene que ver con eso. Si yo me asumo historiadora tengo que asumir que el cambio es permanente, que eso no lo inventamos nosotros, es muy vieja. Hay desafíos que se han desplegado al calor de la revuelta popular. La sociedad puede contar con elementos muy transgresores como estos, o sea, aquí se generó un espacio de contracultura que es muy carnavalesco, que elige otras figuras que no tienen que ver con el heroísmo clásico. Por ejemplo, que uno de los símbolos de la revuelta haya sido un perro me parece interesante y que, a la vez, nos desafía en nuestros propios aspectos de conservadurismo como sociedad. Me parece potente elegir como símbolo a un perrito callejero en una sociedad que tiene a los animales abandonados, enfermos. Nos instala un horizonte de posibilidades y de reflexión permanente y si eso puede derivar en propuestas sobre qué hacer respecto al emplazamiento urbano y con los monumentos y las estatuas me parece interesante en términos de debate. Y, en cuanto a los resultados, lo que me parecería menos interesante definitivamente sería reemplazar una estatua por otra.

Proceso constituyente

Post estallido social se han mantenido las movilizaciones, con mayor o menor masividad, luego, tuvimos el plebiscito y estamos próximos a la elección de constituyentes. ¿Cómo ves que ha ido avanzando el proceso hasta la etapa en la que estamos?

Primero, aquí hay una tensión porque el concepto de estallido social se nos quedó corto muy pronto, es una rebelión popular que instaló otro escenario en el país, no es que la ciudadanía tenga control sobre el proceso y el resultado, pero generó otro escenario. Donde hay dos pulsiones: la autoritaria y represiva que niega la política y la de iniciar un proceso político deliberativo, participativo. Lo que tenemos en esta coyuntura es que el gobierno ha decidido implementar la agenda represiva por sobre la política, en la política está por obligación, y ese es un triunfo de la rebelión popular.

Lo estamos pensando hace rato y, aunque se tienen que hacer análisis específicos del proceso sin ninguna duda, como en todas partes este no es lineal y tiene sus contradicciones, sus baches, pero al mismo tiempo hay que calibrarlo históricamente y reconocer que es un escenario en el que el país nunca había estado. El país nunca había hecho una Constitución de manera participativa. Nuestra historia constitucional es súper autoritaria y eso es una singularidad en el contexto latinoamericano, y yo diría en el hemisferio occidental. Es una cuestión muy rara. Entonces, me parece que hay que calificarlo como un proceso inédito, como un logro de la revuelta popular que, además, más allá de si a uno le gusta o no el acuerdo parlamentario, este fue proveído por la revuelta popular. Eso hubiera pasado a ser prioritario en la agenda de la comisión parlamentaria y, por otro lado, el oficialismo no hubiese cedido.

Lo otro que me parece interesante de destacar tiene que ver con el logro de esa historia constitucional tan autoritaria y es que enfrentamos un proceso sin experiencia histórica, a diferencia de otros países latinoamericanos. No tenemos experiencia histórica, nunca hemos participado de una deliberación sobre este marco jurídico que nos dice cómo queremos vivir juntos, con un gobierno que está en contra de esa agenda.

-¿Eso en qué lo has notado comparativamente con otros procesos constituyentes en la región?

Me parece que se ve es que no tenemos la experiencia de aprovechar estas crisis de una manera que no sea solo desestabilizando al poder, sino que también articulando un bloque popular. En el que se puedan definir agendas generales que contengan las demandas específicas, por supuesto, pero la posibilidad de construir un bloque que incluya movimientos, organizaciones, gente de pie, partidos políticos afines, gente que se sienta identificada con esta agenda, etc. Articular un bloque popular que tenga capacidad de presión y negociación creo que es algo con lo que históricamente siempre hemos estado al debe.

-Con el movimiento estudiantil de 2011, hablar de gratuidad y la calidad de la educación se convirtió en algo de conversaciones cotidianas. Hablar de Constitución parecía algo más lejano, incluso, porque el lenguaje legal es hostil y se hace complejo. ¿Con este proceso nos hemos acercado a entender nuestros derechos y cómo deben estar regulados? 

Sí y me parece muy importante porque no hemos llegado de un día para otro. Aquí hay una acumulación de malestar, hay una trayectoria anterior en la que empezamos tímidamente como sociedad chilena a retomar temas que desde 1990 parecían que no se podían reclamar como derechos, no se podía nombrar la palabra «pueblo», la empezamos a nombrar de a poco, no se podía hablar de reivindicaciones populares. Me acuerdo cuando nos movilizábamos como estudiantes en la universidad, bien avanzados los 90, hablábamos de las becas, a nadie se le ocurría volver a hablar de gratuidad. De a poco malestar fue allanando el camino para desnaturalizar esta ideología neoliberal y monetarista que impera. Lo que hace el estallido social es generar un espacio amorfo, pero un espacio de confluencia de estos malestares donde estamos demandando incidencia política. No puede ser que el sistema político siga prescindiendo de las sensibilidades mayoritarias y del sufrimiento que significa vivir el neoliberalismo en la cotidianeidad. Si lo vemos en términos históricos, lo que tenemos que ver que ocurre es si se logra desbaratar la hegemonía ideológica del modelo neoliberal que a ellos les cuesta cada vez más justificar. Hoy la gente es muy consciente de que es impresentable que el agua sea privada, siendo el único país del mundo donde lo es. El desafío es si esto va a derivar a un cambio mínimo ante la correlación de fuerzas.

-Ha sido un proceso inédito por la paridad e integrar los escaños reservados. Sin embargo, en esta última discusión se rechazó un cupo para la comunidad afrodescendiente. ¿Qué opinas sobre esa decisión?

Bueno, cuando decimos que el proceso no es lineal y que tiene sus contradicciones, aquí diría que esta es una falta grave que lo empaña. Hay que ver cuánto realmente de eso importa, no solamente si les importó a los poderosos, sino que a los sectores sociales que estamos embarcados en la transformación social. El proceso mismo que se dio en el Congreso sobre los escaños reservados, valoro lo importante que se logró con los pueblos indígenas, fue un proceso muy humillante de discusión, lo que da a entender que la racialización está vivita y coleando y para qué decir con el pueblo afrodescendiente. Esto de separar la votación implicó que fueran solos y doblemente humillados. Entonces, me parece que eso deja una mácula en el proceso y, una manera de resolverlo, es apoyar las candidaturas del pueblo afro y que puedan llegar a las constituyentes con al menos un representante. Lo otro es definitivamente dialogar e incorporar sus demandas para que salgan en el debate. Ahí se ve un momento de revitalización de la lógica autoritaria en el Congreso, porque lo que se hace es aprovechar un contexto de pandemia para mover tendenciosamente una serie de conceptos utilizados por los propios movimientos sociales, que fue el concepto de originario.

-¿Cómo lo utilizaron?

En asumir que los indígenas son «originarios» y el argumento para excluir al pueblo afro fue que no es originario, sino que viene de África. La definición de argumentos históricos es muy impresionante porque, en primer lugar, el concepto originario es tremendamente complicado. Yo no uso el concepto, prefiero usar el concepto de pueblo indígena por más que el concepto indígena sea problemático, pero me parece que tiene más potencial político. Si vamos a creer que un pueblo solo tiene derechos por haber nacido en determinado territorio, estamos con problemas porque, además, todos los pueblos han migrado de un lugar a otro, eso es constatable arqueológicamente. Todos los derechos de los pueblos tienen que ver porque en algún momento fueron atropellados y colonizados y porque fueron racializados, no porque fueran originarios de algún lugar. Eso se expresó con un manejo muy tendencioso y mal interpretado porque si lo originario va a ser que «estabas antes de los otros», bueno, el pueblo afro también estuvo aquí antes de que se constituyera la república de Chile.

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