La tarde del jueves 10 de mayo el periodismo chileno volvió a remecerse. No por un golpe noticioso o un reportaje revelador, sino porque durante esas horas trascendió que dos de las más icónicas revistas chilenas, Paula y Qué Pasa, despedirían a toda su planta de trabajadores -cerca de 50 personas en total- y cerrarían sus ediciones impresas.

El rumor fue corroborado un par de horas después por Andrés Benítez, director de Negocios y Editorial del Grupo Copesa, quien declaró que esta reestructuración son producto de los cambios que está viviendo el mercado de las comunicaciones. “No sé si se trate de una decisión drástica. Es más bien ponerse a tono con los tiempos”, dijo en una entrevista en La Tercera que funciona también como una especie de comunicado público al respecto.

La determinación, explica, no respondería a una crisis, sino a un cambio del modelo de negocios de los medios, el cual apuesta todo al contenido digital. “Sabemos que Paula y Qué Pasa son revistas emblemáticas, pero la pregunta es cómo pueden seguir siéndolo en estos tiempos donde la información se consume principalmente por otras vías. Atraparse en un formato es un error”, plantea.

La cuestionada decisión de Benítez -ex rector de la U. Adolfo Ibáñez y reconocido piñerista que desembarcó en la dirección de Copesa en junio de 2017 junto a la ex ministra Carolina Schmidt- ha ocasionado no sólo tristeza por el cierre de las emblemáticas publicaciones, sino también porque ocasiona incertidumbre laboral en un escenario donde la sustentabilidad depende -cada vez más- de algoritmos y audiencias que no responden a los cánones del periodismo tradicional que representaban estas revistas.

En efecto, los mismos argumentos de mercado que ocasionaron el cierre de Paula y Qué Pasa son los que afectaron a Punto Final y El Siglo, dos medios que llevan décadas como referentes de la prensa contrahegemónica y que por insalvables problemas económicos debieron cancelar sus publicaciones en papel. En ese contexto, cabe preguntarse: ¿cuál es el futuro del periodismo en Chile? ¿Qué sustentabilidad puede tener un medio en los tiempos de las redes sociales, el clickbait, las fake news y el monopolio de lo digital? ¿Qué opciones le quedan a los diarios alternativos que no tienen las espaldas financieras de grandes consorcios?

El punto final de Punto Final

El jueves 8 de marzo de 2018 salió a los kioskos el N°894 de Punto Final, la revista fundada por Mario Díaz y Manuel Cabieses en 1965 que durante cuatro décadas se convirtió en un emblema de la izquierda chilena como un medio que resistió la clausura que le aplicó Frei Montalva en 1969, la prohibición de la dictadura militar en 1973 y la constante falta de recursos económicos que los gobiernos concertacionistas le negaron tras el regreso a la democracia.

Sin embargo, aquella edición 894 sería el último estertor de una larga agonía que tuvo a su fundador Manuel Cabieses denunciando al Estado de Chile ante la Fiscalía Nacional Económica y el Tribunal de Defensa de la Libre Competencia por la forma parcializada y discriminatoria con que distribuía la publicidad fiscal, donde el 90% de los recursos iban en favor de las empresas Copesa y El Mercurio.

La indiferencia con que los gobiernos de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet desatendieron este reclamo llevó al medio a recurrir a la Corte Suprema el 2 de abril de 2010, ya en el primer gobierno de Sebastián Piñera. No obstante, el máximo tribunal rechazó el recurso de Punto Final, quienes en su insistencia, el 21 de octubre del mismo año, llevaron la acusación hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Pero nada de eso sirvió. El 8 de marzo, justo en el Día Internacional de la Mujer, la revista dijo adiós. En su última edición, que llevaba una portada sobre el asedio imperialista a la Venezuela de Nicolás Maduro, no había ninguna referencia a las luchas feministas o a la bancada parlamentaria del Frente Amplio que asumiría en el Congreso en tres días más. Eso sí, en la contraportada aparece un réquiem del comité editorial titulado “La dictadura del pensamiento único”.

Manuel Cabieses, el histórico director de Punto Final, explica que el cierre obedece, además de las razones económicas, a la crisis que atraviesa la izquierda en el mundo y en Chile, “donde ya no hay fuerzas políticas, sociales y culturales que sirvan de soporte a estas ideas y tampoco a una publicación como la nuestra”.

Las razones que argumenta Cabieses son las mismas que señala Chiara Sáez, académica del Instituto de la Comunicación e Imagen (ICEI) de la U. de Chile, quien tras el anuncio del cierre de la histórica publicación realizó una encuesta en su cuenta de Twitter para medir el impacto que el semanario tenía en el Chile de hoy.

Contrario al énfasis que pone Cabieses contra el Estado, Sáez cree que un medio -sea de izquierda o derecha- que aspire a incidir en la opinión pública debe buscar construir audiencias y sustentabilidad más allá de las ayudas fiscales. En ese sentido, es crítica de la tozudez con la que Punto Final fue reacio al cambio tanto estético como de contenidos y de modelo de financiamiento.

“Habría que ver si ha habido una modificación ideológica a lo largo del tiempo o si se mantuvo en una posición que hoy puede parecer extemporánea. No es lo mismo pensar la izquierda desde los ’70 a pensarla en el 2018”, explica.

La experta en medios cree que la revista nunca apuntó a buscar públicos masivos, ni se adaptó a las nuevas herramientas o al tipo de formatos que ofrece Internet, un espacio que, pese a todo, sí permite aventurarse con formas distintas de llegar a los distintos públicos.

“Lo que yo creo en general es que los proyectos que son mas críticos tienen el desafío de convocar más allá de los convencidos. Había un nicho que fue de a poco achicándose y no hubo tampoco una estrategia sistemática y clara en el tiempo para atraer a más personas, como ir adaptando o modificando el lenguaje o las temáticas”, agrega.

En ese punto sí coincide con Manuel Cabieses, quien confiesa que, pese a admirar el trabajo que hacen los medios digitales alternativos y tener una austera página web, él no veía a su creación de 1965 siendo un medio digital. “No me imagino a Punto Final en Internet, perdiendo la fisonomía y la esencia de lo que han sido sus 52 años de trayectoria, un medio con posición abierta y franca por el socialismo y las ideas de izquierda. Va en contra de nuestra esencia transformarnos en un competidor de los periódicos existentes en la web”, asegura.

Así es como Cabieses, el mismo que repartió a mano el primer ejemplar de Punto Final en el Paseo Ahumada en un Chile que ya no existe, decide que su medio no tiene cabida en un mundo que convirtió a Facebook, Instagram y Twitter en la plaza pública de una sociedad atomizada y consumista. “A nuestros continuadores les deseo éxito en la búsqueda de un Chile diferente, democrático, participativo e igualitario en derechos sociales y políticos”, cierra.

Clicks modernos

Un par de meses antes del escándalo de Cambridge Analytica que lo obligó a enfrentar a la Justicia de Estados Unidos, Mark Zuckerberg hizo temblar a todas las salas de redacción alrededor del orbe: Facebook realizaría un cambio en su algoritmo dándole preponderancia a los posteos de amigos y cercanos en desmedro de alcance para los provenientes de empresas, marcas y medios.

Con más de 2.100 millones de usuarios registrados -equivalente a un cuarto de la población mundial-, y pese al avance firme de Instagram en las generaciones más jóvenes, Facebook continúa siendo la red social por excelencia. No sólo por su versatilidad de contenidos, sino también porque se ha transformado en un medio de comunicación en sí mismo.

En efecto, de acuerdo a datos del Pew Research Center, dos tercios (67%) de la población estadounidense tiene a las redes sociales como una de sus principales fuentes de información. Y gran parte de ese porcentaje se concentra en Facebook. No obstante, esta información sólo confirma lo que cualquier usuario de Internet ya sabe: las tendencias y las informaciones relevantes pasan sí o sí por el éxito e impacto que generan en la red social de Zuckerberg.

El cambio de algoritmo, que se aplicó en enero de este año, afectó a muchas empresas periodísticas que apostaron todo al contenido clickbait (cazaclicks) para, con ello, sustentar un modelo de negocios que se basa en ingresos por concepto de publicidad.

En Chile uno de los sitios emblema de ese modelo es El Ciudadano. Pese a contar con la friolera cifra de 4 millones de seguidores en Facebook, el cambio de algoritmo hizo que su lectoría decayera de maneras catastróficas. Así lo demuestran las estadísticas de SimilarWeb, donde se puede ver la curva negativa que tiene al medio en una crisis no sólo de lectoría, sino también de contenidos y de modelo de negocios.

Paul Walder es un periodista de la vieja escuela. Editor de El Clarín y colaborador de la extinta Punto Final, hoy hace también las veces de director de El Ciudadano, intentando darle un contenido serio y político entremedio de las notas que sustentan los clicks tales como “6 cosas que sólo las personas con baja autoestima publican en Facebook” o “Estudio asegura que todas las mujeres son bisexuales, ¿estás de acuerdo?”.

El castigo de Facebook a las lógicas de El Ciudadano fue uno de los más duros. Hoy intentan reducir el contenido clickbait y apostar por conseguir tráfico con artículos de su área más seria, pero el daño a la marca producto de la anterior estrategia fue muy grande y hoy la lucha es por no morir en un escenario de crisis global de los medios.

Para Walder las razones de esta crisis son parecidas a las que plantea Cabieses: la falta de apoyo estatal que no deja otra opción que apelar a los cazaclicks. Pese a que al experimentado periodista no le gusta ese tipo de contenido, no le quedó otra que intentar salvar el prestigio del medio en el contenido duro, el cual de todas formas no marcaba pauta ni generaba impacto en el debate público como a él le gustaría.

“Uno no podría decir que hay una falta de estrategia de El Ciudadano para mantenerse vigente, pero es complicado. Es como el caso de un almacén pequeño: cómo vas a competir con corporaciones gigantescas que además se van metiendo en espacios que antes ocupaba la prensa más independiente, como las redes sociales”, apunta.

La noción de que el único camino cuando no hay recursos estatales es apostar por la estrategia del volumen a toda costa, para muchos periodistas más jóvenes representa simplemente falta de creatividad.

“Yo de verdad creo que se llega a las audiencias cuando hay un contenido atractivo y original, que se presenta de una manera diferente. A veces he publicado cosas que no son tan buenas, les he hecho mucha publicidad y no pasa nada. Y otras he publicado cosas que ni siquiera comparto en mis redes y todo el mundo comienza a etiquetarte, simplemente porque está bueno”, dice Yasna Mussa, editora de Revista LATE, un proyecto de periodismo narrativo independiente donde confluyen reporteros y cronistas de varios países de América Latina.

Mussa cree que apostar por las listas de gatitos o de posiciones sexuales para sustentar un medio simplemente demuestra flojera. “Me demuestra que no hubo una manera original de arreglárselas, de mostrar el contenido de forma atractiva, de buscar otras formas de financiamiento, de pensar otro modelo de negocios”, critica.

Walder, en tanto, señala que esa visión tiene que ver con un asunto generacional más que con la visión ideológica de un medio: “yo creo que hay sitios de izquierda totalmente digitales que van muy bien, pero es porque hay una generación diferente de periodistas. Hay un asunto de edad y conocimiento de un tipo de periodismo que nace con Internet y que es distinto al de los periodistas que escriben en impreso”.

Prohibido ser fome

“Sí o sí el tema económico complica a los medios alternativos, pero no sé si hablaría del duopolio de El Mercurio y Copesa, yo creo que el problema va más allá de eso. Hoy hay otro duopolio que es digital: Google y Facebook, que le están complicando la vida también a los medios tradicionales y ha desatado una crisis generalizada. Tú puedes ver que los canales, las radios y los medios escritos despiden gente, y es porque el modelo de ingreso ya no funciona como antes”, dice Cony Sturm.

Actualmente se desempeña como gerenta de comunicaciones de la empresa de márketing digital AltaVoz, pero durante varios años Sturm fue la directora de FayerWayer, uno de los sitios de tecnología más importantes de América Latina perteneciente al holding Betazeta.

“Hay un romanticismo no solo de la izquierda, sino también de la prensa tradicional. Las cosas ya no funcionan como antes y es algo difícil de asumir para cualquiera, ahora es mucho más incierto, uno no sabe qué cosas funcionan y qué no. Hay que experimentar mucho más y no todos están dispuestos a tratar de tomar cosas nuevas. Hay que probar muchas cosas, ver si funcionan e ir revisando los resultados. Eso es nuevo y mucha gente no sabe cómo hacerlo, pero tampoco investiga cómo debería acercarse a estas cosas que son distintas”, añade.

La experta en márketing digital sostiene que las empresas publicitarias hoy no ponen dinero en los medios, sino que directamente en Facebook porque es mucho más barato, focalizado y eficiente. Mientras eso ocurre, los medios dependen de la red social de Zuckerberg para mover tráfico, quien al mismo tiempo tiene problemas políticos  y legales por culpa de las fake news (noticias falsas), las cuales, a su vez, no logran ser distinguidas para el usuario de un reportaje de calidad de un medio respetado. En la cancha de Facebook, todos los posteos están al mismo nivel.

El gran problema de los medios es cómo encontrar un modelo de sustentabilidad en este escenario. Para ello, Patricio Contreras, editor de Puroperiodismo y académico de la U. Alberto Hurtado, cree que pese a que la crisis es producto de la industria, también debe haber una autocrítica de parte de periodistas y editores.

“Los periodistas hemos estado al margen del modo en que se financia el periodismo, básicamente porque la industria de periódicos, que fue la mas estable respecto a medios de comunicación, vivió en un paraíso de 100 años donde monopolizaban la publicidad. Muy pocos medios se financiaban sólo con suscripciones, entonces nosotros los periodistas vivimos también durante muchos años al margen de esa preocupación de cómo financiar el periodismo que hacíamos”, opina.

Contreras está de acuerdo con que en Chile la torta publicitaria del Estado está mal repartida, pero tampoco cree que la publicidad estatal sea la salvación definitiva del periodismo independiente.

“Claramente la falta de avisaje estatal para medios que están al margen de lo que podríamos llamar el mercado ideológico, donde los avisadores pueden pulular, afecta. El avisaje estatal es un salvavidas, sí, pero tampoco es la panacea. Si uno se va a México, por ejemplo, hay todo un tema sobre cómo el gobierno de turno controla ideológicamente a los medios a través del avisaje”, asegura.

La discusión del avisaje estatal, cree, por supuesto que debe darse, pues es una de las grandes deudas de la transición a la democracia cuando se dejó en desamparo a decenas de proyectos que se sostenían mediante el financiamiento internacional (“la mejor política de medios es no tener medios”, habría dicho el entonces ministro Eugenio Tironi en los tempranos ’90). Pero, cree también, hay que apostar por modelos alternativos que sí han resultado en otros países.

“Ideológicamente yo creo que hay más alternativas, otros subsidios, y donde más se está mirando en este momento es hacia la audiencia. Es decir, la audiencia es la que va a pagar por el periodismo de calidad. Piensa en Spotify o Netflix, donde accedes al contenido de mejor calidad del mundo. Eso un medio chico no lo puede hacer, pero puede ofrecer otras cosas. En Holanda un medio llamado The Correspondent se planteó como un medio fiel a su audiencia, que no iba a recibir plata de la publicidad, y planteó contenido de calidad, y vinculado a las necesidades de las personas que lo leen”, apunta.

Otras opciones son hacer talleres, como lo hace la argentina Revista Anfibia o la misma Revista LATE. En Chile, Pousta apostó por trabajar una agencia que genera contenidos y El Siglo -ligado históricamente al Partido Comunista- entrará de lleno en el periodismo digital de la mano de un proyecto con contenidos más amplios. En Perú, Colombia e incluso Venezuela hay toda una proliferación de nuevos medios que juegan y exploran alternativas.

“Soy optimista porque la cantidad de información, colaboración y redes que se están formando para entender este asunto, las instancias de capacitación para periodistas que entiendan que también deben participar de las decisiones comerciales del medio, que no puede perdurar esta separación. Está el panorama para pensar cosas nuevas, por eso no es fortuito que muchos de los medios que surgen son ideados, creados y ejecutados por periodistas que fueron despedidos del medios tradicional porque redujeron costos”, concluye.

Ese es el panorama que deben tener claro los medios alternativos para tratar de no morir en el intento. En un contexto como este, la creatividad, el estudio del escenario actual y la capacidad de adaptarse constantemente al cambio son las opciones para surfear la crisis. Ah, y por supuesto, pese a toda la calidad que pueda tener un medio, no están los tiempos para darse el lujo de no ser atractivos y entretenidos.