Chuta. Gumucio se enojó conmigo por mi columna anterior en que cahuineaba sobre el lanzamiento de su libro sobre Parra. La cuestión no es personal, no hay canallada, quizás torpeza, nada más. Me gusta su trabajo y en particular ese libro, que me parece potente porque se instala en los sinuosos límites entre biografía, crónica, teoría del otro y correlato de la historia cultural. La inflación de sí mismo le queda bien, porque está matizada con la dimensión autocrítica y lúdica. Hay un inmediatismo histórico en su escritura, una especie de crónica de lo instantáneo, que funciona como un biografema, caracterizado por un protagonismo irremediable y el correlato histórico que ello supone. No podemos no valorar el trabajo de Gumucio y de la Diego Portales en la producción textual de estos últimos años.

Yo sólo me referí al evento de presentación del libro y al tipo de escena implicada. Esto de que la literatura es algo que ocurre en un par de comunas de la capital, igual que la política, lo que además, supone movidas académicas y políticas, reducidas a modelos de lobby y a redes más o menos familiares y políticas de ocurrencia. Cosas parecidas a las que posibilitan ordinarieces como las campañas de candidatos a premiaciones literalitosas.

Yo hablo más bien desde el resentimiento provinciano en relación a la escena que protagonizan los ricos y famosos de la cultura y la política, por eso el bullying que uno practica contra algunos colegas de la capital. Al mismo estilo de nuestro editor amigo, el Rafa López, que suele maltratarnos afectuosamente con su amexicanada retórica sarcástica. Esto de estar permanentemente en segunda división, sin lugar efectivo, muy lejos de donde se deciden las grandes cosas y se originan los grandes temas, afecta nuestra autoestima, por eso uno se porta mal, a veces.

Lo que me impresiona en los eventos de presentación de libros en Santiago, he asistido a varios, es que además de su destinación académico institucional está toda la parafernalia de evento social allí comprometido. Uno que está acostumbrado a los locales municipales rancios o a casas particulares que hacen de espacios de arte (como el Circuito de Espacios Domésticos de Valpo), en que todo es más o menos precario y con poca gente, golpea fuerte. Al menos ese es el caso mío (con presentaciones en que asiste poquísima gente, porque la mayoría te odia y sin la posibilidad de contar con gente “importante” que te presente, lo que hace que tu propio vecindario te desprecie, porque no cuentas con validación capitalina). Habría que agregar el hecho de que uno no ha podido (o no ha sabido) ser cliente de los lugares oficialmente establecidos.

Ese bullying pretendía ser “afectivo” y apuntaba a escenificar la “envidia” que sentimos los que estamos condenados a la segunda línea mediática y cultural, porque no tenemos la red de relaciones institucionales o no las hemos sabido establecer (esto es parte del proceso de la victimización) para tener un mínimo protagonismo escénico. Aunque algunos tenemos otro modo de comparecencia cultural, centrada en la política territorial y en la autonomía cultural. Estrategia inútil, por lo demás, porque el rebaño provincianístico, siempre muy empoderado, sólo mira a la capital como zona de legitimación. Este diagnóstico y análisis ya lo hemos hecho con el colectivo Pueblos Abandonados, al que pertenezco, y ésta y otras comparecencia textuales tienen que ver con los informes que realizamos constantemente al respecto.

Escribo esta justificación improbable en momentos en que el efecto Bolsonaro nos golpea fuertemente y le explota en la cara a la llamada cultura de izquierda o progresista, que no quiere asumir que se fascina a sí misma con sus conductas elitarias, y  que se adaptó muy bien a las democracias burocratizadas y corruptas. La irrupción del fascismo en toda su magnitud es algo cotidiano que, al menos yo, lo estoy sintiendo muy de cerca hace rato en el mundillo provinciano. Sobre todo por el clamor del sentido común popular por el orden y la seguridad, y por su lejanía radical con las reivindicaciones culturales de la doxa de izquierda, y todas sus sofisticaciones, ya sea con los temas de género y sus derivaciones que se expanden a intereses minoritarios con gran nivel de escena y espectáculo. Todo esto gracias a la producción clasista de las élites. Aunque, pensándolo bien, quizás no haya nadie que no pertenezca a alguna. El tema es la estrategia de visibilidad que ocupa cada una de ellas (el mundo homosexual, por ejemplo, tiene de aliado al mundo del arte, lo que ha posibilitado en parte la puesta en valor de sus demandas, en buena hora; lo mismo podría decirse de la demanda de las mujeres).

Hay cierto progresismo liberal (tanto de derecha como de izquierda), que siempre se fascinó con abusar del estado de élite, y se parapetó en las zonas de decisión político cultural, lo que ha puesto fuera de control a la cultura democrática, no sólo porque genera muchas desigualdades, sino porque hay muchas ganas de consumir y no de producir. El cultivo de esa soberbia termina identificada con el canon oligarca. Y, también, promueve irremediablemente, el desprecio contra una población mal educada o con escasas referencias modernas. Y, por lo tanto, determinada por el sentido común nacionalista (de cierta derecha rasca, centrada en la patria chica), lo que necesariamente redunda en fascismo.

No cabe duda que la recuperación democrática generó una clase burocrática intelectual que ha puesto en tela de juicio la validez de la democracia republicana que, como tarea política, la izquierda genuina debe defender. Esa capa social ha impuesto sus propios intereses y le ha ido muy bien con esa estrategia, pero ha llegado demasiado lejos. Quizás ahí radique mi malestar provinciano, en un ajuste de cuentas con los posibilitadores del fascismo que, a nosotros, todavía no nos amenaza de muerte, pero que nos tiene en la mira.

El efecto Bolsonaro-Trump seguirá repitiéndose inexorablemente, porque todo esto está en pleno desarrollo. No sería tan extraño que asesinos como Alvaro Corbalán o Miguel Krasnoff pudieran llegar a protagonizar una escena electoral legitimando sus crímenes(el primero ya lo intentó en el amanecer de la recuperación democrática). ¿Qué tan cerca o lejos estamos de eso?

Necesitamos, para contrarrestar la agresión cultural del fascismo, una nueva Unión Soviética o al menos su espíritu (es sólo una comparación simbólica con la segunda guerra, porque hay escenarios parecidos) es decir, una estrategia que pare en seco al fascismo y a toda su criminalidad y delirios nacionalistas, incluyendo homofobia y odiosidad contra los migrantes. Se impone como tarea revolucionaria un contundente no pasarán. Lo que podríamos llamar el efecto Stalingrado.


Escritor