Cuando pensábamos que con la potencia de los movimientos feministas, con el vigor del avance de la lucha por la libertad en la identidad de género y de las minorías sexuales, con la enérgica salida a flote de la segregación a los inmigrantes, con la violenta visibilización de la explotación sexual de los infantes institucionalizados, y bajo el anhelante nacimiento de esa tercera fuerza política desde las calles jóvenes del 2011, retomábamos una posición erguida luego de la modorra dominguera de finales de comienzos del siglo, se nos vino la dictadura de lo homogéneo.

El goce, el color, la elección sexual, la decisión en el propio cuerpo, la lengua, el genital o el deseo diferente se vuelve amenazante y una ciudadanía clama al cielo por el retorno del padre de aquel mito freudiano de la horda primordial: patriarcal, totalitario, egoísta y violento, para que nos gobierne, ponga orden, y acalle así los ladridos que parecieran escucharse de la calle pero que en el fondo son el eco de nuestros propios perros rabiosos sepultados en nuestro sótano (parafraseando a Nietzsche).

Recuerdo hace algunos meses la reacción de los vecinos de Las Condes frente a la posibilidad de que sujetos que viven en la periferia llegaran a viviendas sociales construidas en su comuna. Lo tragicómico es que cuando uno los escuchaba en la prensa era como si la maldad estuviera totalmente encarnado por ese “extraño” ajeno a ellos. Lo paradójico es que ahora justamente hay toda una masa cada vez más decidida (en varios países se impone en las urnas), que avala la violencia sádica para acallar el temor a esa diferencia que vive de alguna u otra forma dentro de cada uno. Y esto es transversal a las clases sociales.

En algún recóndito espacio del inicio del siglo XX Lenin escribió su libro ¿Qué hacer? con el fin de planear decididamente la organización y una estrategia concreta para hacer la revolución en Rusia. Qué lejos estamos de aquello. Hoy pareciera que aquella pregunta, retorna como el grito de Munch (como el emoticón del whatApp), una desesperación de no saber por dónde sostenerse en términos políticos, una pérdida de brújula con un dejo de melancolía. Algo que quizás nos contacta con las ruinas históricas de nuestras propias destrucciones. Freud dijo alguna vez que lo que creemos que somos (el yo) era un depositario de las sumas de las pérdidas de nuestras vidas y que había veces en que la sombra de aquel objeto caía sobre el yo como un ente viscoso y pantanoso…en términos políticos: ¿Qué hemos perdido? ¿Por qué la izquierda aparece como un mal sueño angustioso de castración frente al padre de la horda neofacista? ¿Cómo es que, después de todo lo traumáticamente vivido en las dictaduras o del mismo Holocausto, una cuestión tan destructiva pueda tener lugar en nuestra Latinoamérica actual? (ver columna).

Seguiremos levantándonos, cada cual a su modo y espero que sin caer en esa cobardía moral del deseo victimizado, pero permitámonos un minuto de silencio, de recibir el mazazo en la cabeza y de asumir la desorientación mientras seguimos alzando los brazos aunque estos, por ahora, se muevan sin sentido por el poder del viento, o quizás haya que decir: por el viento del poder.

A esta altura se me viene una frase: “Quizás la única lección que nos enseña la historia es que los seres humanos  no aprendemos nada de las lecciones de la historia” (Aldous Huxley).

Saldrán voces del mundo “psi” (psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas, etc) que repiten en no caer en lo imaginario militante de la política (¡ya me tienen podrido!), ni en el adormecimiento de la psicología de las masas que vía identificación e idealización sostuvieron varios modelos antiguos obsoletos del siglo XX. ¿Y qué? ¿Acaso ya no estamos advertidos que esa FORMA de posición sacrificial-fascinante de las psicología de las masas en política nos llevaron a grandes desastres en el siglo XX, a dictaduras de izquierdas, a matanzas y atrocidades? ¿Acaso no podemos relacionarnos con ese registro de otra manera o tener una función en relación a ella? De las masas al pueblo que no es sin el semblante de lo imaginario como plantea Ernesto Laclau.

Me da la impresión que algunos del mundo “psi” plantean una izquierda desde un lugar neutro, como puristas, libre de identificaciones, en un cinismo respecto al lazo con el Otro social, como si estuvieran levitando en el registro real de las cosas desde sus refugios imaginarios. Eso de evitar el aplastamiento de la singularidad dejémoslo para nuestro trabajo cotidiano de psicoanalista de diván o de escuelas. Pareciera que ese no es el centro del problema hoy. Lo fue, claro está, y no debemos olvidarlo (y de hecho, lo sigue siendo en la derecha) pero hoy lo principal en la izquierda es la dispersión, el desanudamiento de las fuerzas (algo muy propio de la historia política de Chile por lo demás). ¿Bastará entonces estimados colegas, organizarse para que los partidos de la social-democracia en nombre de una democracia neoliberal (¿Podemos hablar de democracia entonces?) logren sacar más votos para que no gobierne el neofascismo? ¿Bastará apuntar con el dedo a Venezuela como el camino que no hay que seguir guardando silencio frente a los planteamientos neoliberales para resguardar nuestra práctica?

Si nos vamos a meter en política metámonos en serio. Basta de llorar sobre la leche derramada: “Ahora todos anti-bolsonaro” (y no lo digo exclusivamente desde el mundo “psi” ahora sino en la sociedad civil en general), ¿no es acaso una pereza ética e intelectual no pensar que el retorno de la violencia del dispositivo fascista tiene que ver con el neoliberalismo? (ver columna)

Ahora bien, propongo no solo pensar esta relación cómplice como una necesidad de relanzar el capital, sino también interrogarnos en relación a la producción de subjetividad que hace sostener ese respaldo social, es decir, como millones de sujetos, influidos por cierta racionalidad instalada por el discurso hegemónico, deciden aclamar a Trump, a Bolsonaro, Le pen, el 8% de José Antonio Kast, etc, a pesar de sus obscenidades y salvajismos. Digo “influidos” y no “determinados” ya que no son pobres sujetos engañados por el sistema y los medios de comunicación, simplemente se dejan persuadir pasivamente. Creo que frente a esto hay que plantearse un sincero: ¿Por qué? No desde la confrontación, desde el saber o desde la lógica del experto, sino desde el deseo de construir un nosotros, sin miedo.

Hoy en día, en la izquierda pareciera que cada cual sigue su lucha, defiende sus goces atrincherados en sus argumentos, algunos momentos de contingencias hacen que se levanten como olas (feministas, movimiento estudiantil, no + AFP, etc) y luego revientan contra el muro de los dispositivos neoliberales. Y no significa que porque dejan de aparecer en la prensa pierdan el sentido, ni que hayan retrocedido en sus difíciles andares. Creo que esto no es el problema, sino la falta de anudamiento entre las demandas que pueda inventar un discurso antagonista articulando, a través de significantes discurseados en el imaginario social, un nuevo sentido común.

¿Por qué los significantes de los DDHH, el ideal de los DDHH como piso mínimo, que podría representar una orientación, no ha sido suficiente para construir un antagonismo?

Tal vez debamos lograr cierta base de identificaciones sobre ideales comunes para que las demandas no se transformen en quejas que gozan en la insatisfacción como señala Jorge Alemán.

Retomando el retorno de la dictadura de lo homogéneo que rechaza la diferencia, quizás los nuevos movimientos (feministas, LGBT, aborto, etc) lo que le enrostran en la cara a la subjetividad neoliberal es lo que Lacan llamó el “no hay relación sexual”, esto quiere decir que la relación más profundo que sustenta la vida social, la colectividad, la cultura no anda, no es “natural” y no es “corregible” por el dispositivo de la tecno-ciencia (las neurociencias o las terapias cognitivas, por ejemplo)  Lacan lo plantea del siguiente modo:  “Lo que constituye el fondo de la vida, en efecto, es que en lo tocante a la relación entre los hombres y las mujeres, lo que se llama colectividad,  no anda. Y todo el mundo habla de ello, y gran parte de nuestra actividad se nos va en decirlo”. Los que trabajamos en el campo de la salud mental escuchamos aquello cotidianamente, pero también está en el Transantiago, en el café, en el bar, en la pelambrería o en el almuerzo familiar. Que esta relación “no ande”, no significa que aquel intento de “andar” se paralice o que se renuncie necesariamente, al igual que con la política (y no me refiero a la política partidista).

Entonces planteo un problema que es doble: lo que podemos pesquisar en la historia del neoliberalismo como aquella promesa de libertad (falsa) a los movimientos de finales de los años 60 para instalarse como opción política real le explota en la cara, no sabe qué hacer con ese “no hay” que le desfila libremente los movimientos actuales y acude al dispositivo fascista para volver al orden de lo homogéneo, con el fin de que esa subjetividad producida no se angustie al toparse con la diferencia reprimida en su propio inconsciente.

En segundo lugar, la producción de subjetividad neoliberal pone el acento no sólo en que se asuma desde la propuesta economica una falta de los recursos materiales a la clase segregada como a comienzos de siglo XX, sino que hoy también la sustracción de los recursos simbólicos desde el plano de la cultura para luchar con la pulsión destructiva que habita en cada uno de nosotros. Recordemos que hay una parte del ideal del yo, que tiene una cara simbólica que habilita y pone en marcha al sujeto en su aventura humana que es el deseo (que no está libre de excesos). Y esto corre para todas las clases pero no se nos olvide que a la clase segregada hay que sumarle la dificultad material. El resultado es una violencia en todos los sectores que va variando según la realidad material (si! Realidad!), que debemos ser capaces de distinguir no sólo para pensar la clínica sino para la política.

Hay inseguridades, segregaciones, violencias, des-politizaciones, deshistorizaciones, vicios, corrupciones, etc del neoliberalismo que retornan violentamente (incluso también en ese Populismo de izquierda latinoamericano de a comienzos del siglo XXI que tanto nos entusiasmó) y que da espacio al dispositivo fascista para endurecerse y proponer un lazo social desde el miedo la discriminación y los dispositivos de seguridad (que ahora son autogestionados “cada cual con su arma”). El neoliberalismo se esconde en la voz que encarna el líder del fascismo. Ahora bien, no seamos ingenuos, ese racismo, xenofobia, clasismo, misoginia, homofobia, machismo, etc está sucediendo desde hace tiempo en la historia del neoliberalismo, solo que ahora hay alguien que le da una voz y que le susurra a la destructividad del sujeto.

Quizás esa es parte de nuestra función en el campo social: frenar esa voz latente del neoliberalismo a través de los recursos simbólicos (que por demás tampoco son suficiente, pero ayudan). Tal vez a eso nos referíamos con sostener que sacar la filosofía o la educación cívica de la enseñanza media traería consecuencias como la certeza de la verdad (medible) más que preguntas. A lo mejor eso queremos decir cuando luchamos por espacios de memoria para inscribir infinitamente lo traumático de la historia. Posiblemente eso buscamos cuando reclamamos que el arte o el trabajo académico (que evidentemente es una forma de resistir) no debería estar disociado de lo popular quedando archivado en una vieja biblioteca. O insistir que los DDHH es el piso mínimo del siglo XXI o simplemente escuchar al otro antes de actuar o enjuiciar. En fin, quizás por eso nos molesta cuando Piñera dice sobre la dictadura fascista cívico-militar “hay que mirar para adelante y no quedarse pegado en el pasado” y nos ofrece aquella libertad.

Hoy caemos libremente pero debemos levantarnos YA para desenmascarar que es lo que respalda al nuevo dictador!!!


Psicólogo Universidad Católica de Chile. Psicoanalista.