La hegemonía del mercado erosionó la confianza pública al límite de emplear a la política como subsistema asalariado: lo empleó y lo atravesó hasta romper su legitimidad. La escena mórbida que raya en un espectáculo de clanes y faunas clientelares, administradoras de cuotas en la repartición del poder intervenidas por el fetiche finisecular.

Las instituciones se fragilizan y la crisis es subjetiva en tanto “malestar”, como discurso que no invalida los accesos de una modernidad neoliberal, sino un malestar que muestra otra cara de dicha modernidad, la exclusión también sistemática y en este caso objetiva.

El “malestar” es una sensación objetiva por sobre todo en la desigualdad estructural y esto es epidérmico, está en la tectónica con las que se componen los aires urbanos contaminados.

Sacudidas de una hegemonía de poder que busca nuevos cauces o derrumbe del modelo. El modelo supone no construir una sociedad, por tanto, la desconexión entre modelo económico político y construcción de sociedad, en sí misma no es una contradicción sino un efecto deseado, una cultura social sin relato y sin integración que se adecua a pautas por la vía de un disciplinamiento del sentido virtual, semiológico, el sistema cohesiona en otro espacio que no es la sociedad sino la individualidad en la cultura del consumo.

Se reestructuran las pobrezas, y se generan clases medias vulnerables como un discurso muy identitario, los sujetos piden más a la modernidad neoliberal sin cuestionar más allá sobre las orbitas sistémicas, vemos sujetos políticos como fantasmas de otras épocas, cuando son más bien ciudadanos que interpelan, consumidores que reclaman, el neoliberalismo logra una hermética en el sentido, logra una coherencia en el caos, un orden en la discontinuidad, una relación sin otredad, es un atomismo como expresión de una segmentación como biopoder, lo cual plantea una nula relación entre micropolítica y la política, solo hay dilución como genética de todos los lazos sociales.

Y el capitalismo demuestra su contradicción sensible con el estatuto soberano de las democracias, lo cual supone en la imaginería de Marx que dicha contradicción establece a la política como una ficción de eslóganes ineludibles, abrir la política ahí es una fenoménica compleja porque requiere de proposiciones sobre la reconfiguración de los relatos, la democracia se llena de patios interiores de complejo tránsito y termina en un teatro de sombras.

Las crisis de la elites pueden expresarse en una recomposición de las mismas lo cual no supone el derrumbe de la estructura, los reclamos sociales expresados como muchedumbre serán gestionados en el aparato procedimental del Estado, y así la maquina supera la implosión del 2011, la asimilación y las reformas se presentan como las tecnologías de lo público que en definitiva reflejan un pacto simbólico, cuya adscripción siempre ha sido compleja pues genera más anhelos que posibilidades.

El modelo no construye sociedad porque su definición es así, su dimensión de principios supone una sociedad sin sociedad, o lo que es parecido una sociedad atravesada por el mercado. Una sociedad molecular donde las cosas se articulan a una democracia del poder muy cuestionable, donde claramente puede avanzar hacia sistemas de participación más democráticos.

Por más que se digan cosas sobre el debate del aborto, es indudable que hay poderes factuales que hegemonizan el dominio de lo legal con una representatividad que los sublima muy desigualmente a las posibilidades de incidencia del resto, pensar por tanto, que toda la “modernidad capitalista neoliberal” debe ser el valor que determina acriticidad, es como hablar de la “obra”, de elevar la cuestión al punto de desconocer sus grandes limitaciones, una real política de Brunner que supone un ideario conservador.

Muchas otras discusiones sobre valoraciones sociales y culturales están en el límite de la misma tangente la captura institucional determina una sociedad que no se ve representada, y esta es una disonancia cognitiva societal muy fuerte, muy frustrante, y lo extraordinario es que todos sabemos que es así que hay poderes que regulan más allá de lo formal, y esto supone un “silenciamiento”, un desplazamiento, una represión de “otro sensible”, la acción de una “policía”.

No sería posible subestimar el campo cultural del neoliberalismo, el involucramiento de los sujetos en un sentido, digamos que se logra en un espacio especialmente adecuado para fines del intercambio, pero el sentido se reviste igual, está ahí para articular lo que es un aparente desorden, los sujetos participan y le dan sentido, recrean las pautas, las absorben, después las lógicas de apropiación del trabajo ajeno son una estructura que se manifiesta indeleble.

Hay una crisis que se transforma en repetición y que al final vuelve normal un estado de excepcionalidad, representa la inseguridad de la democracia o la conflictividad inherente de lo político. Hay un malestar que no logra transformarse en proyecto político, porque lo político es un campo minado.


Sociólogo