Opinión

Ejercicios de diálogo

Por: Carlos Labbé / Publicado: 16.01.2018
Raúl Ruiz había descrito su técnica para escribir diálogos en sus películas inspirado por dos señores que conversaban toda la tarde en una fuente de soda en Chillán: hablaban por turnos, primero uno durante casi una hora exponía su habla, luego el otro, que lo había escuchado, comenzaba a hablar por otra hora.

Me acuerdo de una noche, adolescente yo, en que mi papá se quedó toda la noche escuchando la radio. El Diario de Cooperativa estaba llamando, todavía tenían alguna importancia las aceleraciones de esa cortina musical; había algo inusual en el silencio de mi papá –que habla bastante– frente a la radio un día de semana.

Me acuerdo de haber ido al baño un par de veces para parar la oreja y escuchar la frase que se repetía: ejercicios de enlace. Era el año 90 en Chile y, tras la larga dictadura, “enlace” se había vuelto un término puramente militar, intervencionista, según el cual los regimientos del territorio preparaban sus armas para unirse en un eventual nuevo golpe al naciente gobierno democrático que había sugerido enjuiciar al cerdo Pinochet. Esa noche marcaría por décadas el sistema político con un trauma de inmovilidad. “Ejercicio” sería un eufemismo para la amenaza, el chantaje de las armas oligárquicas en contra del Estado. Me acuerdo de que todo el gobierno concertacionista de ahí en adelante siguió siendo adolescente, de que jamás se rebelarían ante el matón que vigilaba a la distancia y de que luego eso se volvió nada más un trauma sublimado, una explicación para el comportamiento político pusilánime e indolente.

Quienes hemos querido registrarnos, inscribirnos, escribirnos a nosotros mismos fuera de ese orden, sin embargo, hemos buscado apropiarnos de esos términos según otros usos. La literatura que se ha excrito –el verbo lo usa Guadalupe Santa Cruz– de la adolescencia y de los relatos de trauma infantil, fuera del enlace Alonso de Ercilla, Blest Gana, José Donoso, Fuguet y de la poesía como una simple tradición de grandes nombres, hombres y premios, sabe que corre el riesgo de perder el ejercicio –el oficio– y el enlace –la comunidad– en el Chile neoliberal de hoy. Me acuerdo también de todas las personas chilenas que ejercimos la literatura en la década del 2000 y que aparentemente hemos sido barridos por el movimiento comercial que en la década siguiente –la de Piñera y Bachelet– sostiene un férreo mercado monopólico, el enlace UDP – Random House – Consejo de la Cultura – Copesa – El Mercurio – The Clinic. Me acuerdo de que volveríamos.

Ahora “ejercicio” ha vuelto a tener un significado de uso común: una tentativa, un esfuerzo, el movimiento físico en la pichanga, en el gimnasio, en el yoga y en la carrera por llegar a la oficina. ”Enlace”, por su parte, se usa como sinónimo de hipervínculo en internet, de salto referencial, y recupera la connotación positiva de suma entre pares. Para quienes nos dedicamos a intentar escribir un tiempo y un espacio en común sin exclusiones ni abusos, enlace tendría que significar diálogo. También, a pesar de todo, la distancia de quienes hemos emigrado es un saludable ejercicio para vivir sin el trauma pusilánime de quienes sólo pueden dialogar a través de la fuerza o del chantaje.

Me acuerdo, a propósito, de tantas veces en que me he resistido a la convención editorial anglosajona de escribir los diálogos de una narración entre comillas:

–Si se escribe –digo yo–, el diálogo tiene que ocurrir entre rayas, para que así sepamos marcar horizontalmente el límite entre el cuerpo, la persona que enuncia y su habla, su voz, su ideología.

“No. En virtud del mercado y la homogeneización de los usos según quienes lo dominan”, me corregiría un editor comercial, “el habla, la voz y la ideología siguen separados de quien enuncia, pero como están entrecomillados son también referencia a algo más, cita y tributo a un genio que es la fuente única y dueño remoto de esas palabras”.

Me acuerdo, entonces, de que Raúl Ruiz había descrito su técnica para escribir diálogos en sus películas inspirado por dos señores que conversaban toda la tarde en una fuente de soda en Chillán: hablaban por turnos, primero uno durante casi una hora exponía su habla, luego el otro, que lo había escuchado, comenzaba a hablar por otra hora. Me acuerdo de que siempre me ha impresionado el uso específico que en Chile se le da al Whatsapp para enviarse largos mensajes de voz, en los cuales las personas pueden ejercer libremente y primero que nadie el enlace, sin interrupciones. Me acuerdo, admirado, de esa capacidad chilena de encontrar maneras de dialogar largo y de cualquier manera –bajo el sol ardiente de la encomienda, en el clasismo de la república, entre los discursos álgidos de la reforma y la revolución, por sobre el cansancio del totalitarismo capitalista. Y me pregunto si no es el ejercicio de diálogo más sostenido en las literaturas chilenas ese coro de voces que se resiste a ser reducido a las listas y a los premios, esos poemas, cuentos, novelas no mediáticas que se leen en los talleres literarios y bibliotecas de tantas localidades, que se fotocopian en las escuelas, que son aprendidos de memoria y cantados en las fiestas, ahí donde tantas voces fuimos formadas.

Me acuerdo también de una serie de epigramas que suelto cada cierto tiempo en alguna red social. Hay una belleza, una especificidad única en nuestras maneras meridionales de conversar, mediante las cuales nos dirigimos a un problema sin eludirlo, sin dejarlo de lado y sin resolverlo sino en el diálogo completo. Tal vez esa habla –como sostienen proyectos tan distantes entre sí como los de Diamela Eltit, Carlos Droguett y Mariano Latorre– sea una clave para resolver nuestro trauma sin sublimación, sin desidia y sin catástrofe. El título de esa serie es “Ejercicios de dialogísticas chilenas”, ahí va uno:

Ejercicio de Dialogísticas Chilenas #6

–Permiso, voy a lavarme los dientes. ¿Y esta música?

–Llegaste justo para el solo instrumental.

–Usted que se burla de mí.

–No me burlo de usted. Me burlo de ti.

–Aweonao.

–Me burlo de vo.

Carlos Labbé
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