“Bajo la toma feminista de la Casa Central, nos presentamos como una asamblea horizontal, en donde no tenemos líderes que levanten decisiones. Somos nosotras y nosotres quienes en común acuerdo y en diálogo tomamos decisiones. Soy y somos solo una de las voceras rotativas y por tanto comunico las resoluciones tomadas en asamblea”.

Es uno de los fragmentos del comunicado que emitieron este domingo las estudiantes de la toma feminista de la PUC para manifestar su disposición al diálogo después de que las reuniones del sábado con el rector Ignacio Sánchez no llegaran a resoluciones concretas.

El texto sirve para ejemplificar de forma clara la nueva lógica organizativa con la que avanza el movimiento estudiantil feminista, que hoy ya suma más de 20 universidades movilizadas. Las participantes de las protestas han apostado por la autogestión como fórmula y han roto con muchas de las prácticas organizacionales que hasta ahora habían acompañado a este movimiento. Asambleas exclusivas de mujeres, vocerías transversales y repartidas sin liderazgos exclusivos son algunas de las estrategias utilizadas en las movilizaciones.

“Nos organizamos a través de la asamblea de mujeres, al principio, que luego se convirtió en la asamblea feminista, para no incluir sólo mujeres feministas en la organización”, explica Consuelo Sarmiento, representante de asamblea feminista de la Universidad Austral de Valdivia, la casa de estudios donde se iniciarion las tomas hace más de un mes. La vocera describe el funcionamiento de esta instancia como un espacio “horizontal, sin jerarquías propias del patriarcado y autoconvocante”, en el que las vocerías son voluntarias y están al alcance de cualquiera. Hoy, cinco mujeres asumen esa función dentro de la asamblea, aunque también hay personas repartidas en las distintas carreras y según áreas.

“Funcionamos con asambleas de mujeres por cada facultad, donde se eligen alrededor de dos coordinadoras. También tenemos una gran mesa de coordinación donde hay dos representantes de San Joaquín, el campus más grande de Santiago, una de la Casa Central, una de Oriente, una de Lo Contador y dos compañeras representantes de la disidencia”, cuenta Daniela Pinto, vocera de la PUC. Pinto comenta que entre las personas que conforman la mesa se dividen el trabajo práctico (comunicación interna, relaciones con las autoridades, atención a la prensa, etc.), pero asegura que no son funciones representativas, sino de coordinación y orgánicas. “No hay carácter vertical y trabajamos desde la horizontalidad”, afirma Pinto.

Según la académica feminista y doctora en Filosofía Alejandra Castillo, “la revuelta feminista no responde al patrón tradicional para realizar una demanda política, puesto que la propia demanda interrumpe las lógicas con las que la izquierda tradicional ha basado en sus demandas”. Para ella, “la izquierda marxista tradicional ha puesto atención al orden de la reproducción, de la que sí se han hecho cargo los feminismos materialistas y los feminismos disidentes”.

Precisamente, en esta línea, la representante de la PUC, comenta que una de las particularidades de su estructura organizacional es que además de la asamblea de mujeres, se ha levantado otra de disidentes: “Entendemos a las disidencias como parte de la lucha feminista. Más allá de las disidentes sexuales o de género, también hay de etnia o raza y entendíamos que no podíamos hablar por ellas”, dice Pinto, que considera que ésta es “la manera de funcionar más horizontal posible, sin autoritariosmos, desde la horizontalidad y el cariño”. Una dinámica que reconoce que a veces no es fácil: “Estamos acostumbradas a trabajar con lógicas más duras, más masculinizadas y patriarcales, donde hay una verticalización del poder y una conducción”, dice.

A distancia de los espacios tradicionales

Ni en la Austral de Valdivia ni en la PUC reconocen a las instancias universitarias tradicionales como órganos representativos. Así, las casas de estudio, las federaciones y la Confech pasaron a un segundo plano, aunque la Coordinadora Feminista Universitaria (Cofeu) sí que ha puesto la cara y está acompañando las movilizaciones feministas. “Somos las mujeres y disidentes las que estamos al frente del movimiento, aunque las casas de estudio y las federaciones nos están ayudando facilitándonos espacios y herramientas, por ejemplo”, subraya Daniela Pinto.

Consuelo Sarmiento, por su parte, es más taxativa: “La presidenta de nuestra Federación participa de la asamblea, pero nosotras no consideramos a la Confech ni a la Cofeu como órganos representativos válidos”. Para ella -y sus representadas-, son espacios “machistas, patriarcales y jerárquicos”. Y argumenta: “Varios compañeros de la Confech no nos toman en cuenta cuando dan sus opiniones y esto para nosotras es más que válido para decir que no nos representan”.

La vocera de la Austral explica que han tenido algunas diferencias con la Federación de Estudiantes de su universidad, la Feuach, porque les piden “constantemente” una vocera o alguien para sentarse a negociar, lo que para ellas es complejo. “Nosotras adherimos al movimiento de mujeres del país, no necesariamente a través de órganos establecidos”, sostiene.

Sobre la distancia con las instituciones tradicionales, Sarmiento pone como ejemplo la discusión que se está dando para la celebración de la Semana Mechona, un evento que las feministas habían puesto en discusión: “Es una semana entera de carrete en el mismo campus donde están las facultades tomadas, por lo que representa un nivel de inseguridad muy alto para las compañeras movilizadas, considerando que en estos espacios es donde más acosos, abusos e incluso violaciones hay”. La portavoz explica que el pasado jueves se convocó el Consejo Superior, formado por 41 altos cargos de la universidad y representantes triestmentales de los cuales sólo 5 son mujeres, en el que se discutió si las distintas carreras querían realizar o no la semana mechona. El resultado fue de 18 votos a favor, 16 en contra y 6 abstenciones. “Igual es harta representación en contra de esta idea, que tendremos que discutir”, valora.

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¿Incapaces de entender?

Cuando el gobierno empezó a tomarse en serio las protestas, a partir de la masiva marcha del pasado 16 de mayo, calificaron de “complejidad” el hecho de que el movimiento sea transversal o que no tenga interlocutoras exclusivas, porque, según el ejecutivo, esto hace más difícil establecer un diálogo. También medios de comunicación, autoridades universitarias y opinólogos (hombres) de la vieja escuela han mostrado su falta de empatía para entender una nueva forma de dar la pelea, tan válida como las que hasta ahora se han utilizado para conseguir demandas en materia educativa.

“No entienden cómo nos estamos organizando porque están acostumbrados a lógicas verticales e institucionales. Con la ocupación de la Casa Central estamos diciendo, precisamente, basta a la institución y por lo mismo estamos siendo autónomas“, lamenta desde la PUC Daniela Pinto.

Desde Valdivia, Sarmiento expone que en el campus de Miraflores, donde se imparten todas las carreras de ingenierías, las mujeres que están en toma son muy pocas porque son estudios tradicionalmente muy masculinizados. Según explica, eso ha sido utilizado por las autoridades universitarias para invalidarlas como interlocutoras: “Las chicas han tenido muchos problemas con su decano porque les dice que son una minoría y no las toma en cuenta, no las valida como un espacio de organización ni como instancia de negociación aunque, en cambio,  quería negociar con el centro de estudiantes”, critica. Recién, la semana pasada, después de más de un mes de movilizaciones, el decano de la Facultad de Ciencias de la Ingeniería, Richard Luco, las citó a una reunión para estudiar el petitorio.

Las autoridades universitarias aún no han entendido que las estudiantes se han empoderado y han perdido el miedo a exigir -a su manera- mejores condiciones para el desarrollo de su etapa universitaria. No reparan en las críticas y objeciones que cuestionan su forma de dar la pelea porque saben de sobras que sus demandas son justas y necesarias: “Queremos estar nosotras para nosotras“, resume Consuelo Sarmiento.