Opinión

Mi padre, negacionismo y libertad de expresión

Por: Alessia Injoque / Publicado: 27.12.2018
Con papá en inglaterra 1983 / Foto: Alessia y su papá en Inglaterra, 1983.
En la centro-izquierda hay veces en que pecamos de cierta miopía, somos capaces de ponernos en el lugar de delincuentes y entender que para la mayoría ese fue un camino que no eligieron, sino al que fueron arrastrados por circunstancias familiares, de su entorno social o por abandono; pero ante posiciones como el pinochetismo nos quedamos con frecuencia en la condena, sin preguntarnos qué hay detrás.

En 1989 el terrorismo estaba en su peor fase en Perú y mi papá, geólogo de profesión, trabajaba en campamentos mineros en la sierra, la zona más riesgosa en una época en que 60 mil personas murieron a causa del terrorismo. Me contaron lo que ocurría pero no lo entendía a cabalidad, lo percibía en los constantes cortes de luz, en que ya no podía salir a jugar a la calle con los demás niños como lo habría hecho un par de años atrás y la preocupación constante de toda mi familia.

No me contaron lo que pasaba en el campamento, ni en el trayecto, no supe de los miedos de mi papá cuando partía rumbo a la sierra, ni la angustia de mi mamá tras cada despedida, pero llegó un momento en que fue demasiado el peligro, dejamos todo atrás y nos vinimos a vivir a Chile. Recuerdo que a mis siete años me emocionó el viaje, llegar a un hotel en las faldas del cerro Santa Lucía y después dormir unas semanas en colchones se sintió como una aventura; las cosas fueron regresando a la normalidad pero mejores, la luz eléctrica me permitió ver Pipiripao en las tardes y mis papás me dejaron salir a jugar con los niños del barrio.

Mi padre fue un esposo fiel y amoroso al que mi madre todavía extraña, de historias torpes que compartía con sus amigos entre risas, un tipo sencillo de jeans viejos, zapatillas fomes y camisas a cuadros baratas que hacía sentir cómodo y bienvenido hasta al más modesto de origen, empático, humilde al opinar y siempre consciente de lo mucho que le faltaba por saber, él que me enseño los valores que hoy me guían, lo recuerdo con cariño diciéndome “sé generoso” y lo pienso con la misma admiración que le tenía en mi infancia; pero cuando le hablabas de política era otro.

Se siente distante pero todavía puedo sentir la emoción de la época, tarareo en mi cabeza la publicidad de Aylwin y su canción pegajosa, recuerdo que todos mis amigos y yo queríamos votar por él; pero en mi casa las cosas eran diferentes, mi papá quería que ganara Buchi y no sólo eso, mi padre era pinochetista. ¿Qué le pasaba? la empatía que tenía por el prójimo se bloqueaba y lo escuchaba justificar abusos por un bien mayor, aquel hombre pacífico y espiritual que me enseñó a perdonar y jamás mató una mosca, justificaba de pronto los asesinatos de un dictador si las víctimas “lo merecían” ¿cómo convivía en él esa dualidad?

La estabilidad que encontró en Chile, esa que nos permitió tener la vida tranquila que anhelábamos, él la explicaba por una única variable: “un líder que gobernó con mano dura”. Aprendió a valorar el orden por sobre cualquier otra cosa, y nada impone orden como el miedo a la fuerza ejercida por una autoridad absoluta; con la misma convicción apoyó a Fujimori y falleció el 2003 sin haber cambiado de opinión.

Cuando pienso en los proyectos de ley que sancionan el negacionismo no puedo dejar de pensar en él ¿Qué habría pasado de encontrarse con una ley así? probablemente no habría expresado su pinochetismo en público, no le interesaba la política, pero su valoración hacia los líderes autoritarios y dictadores habría seguido vigente, su anhelo de orden y miedo a perderlo inmutables, y habría votado en la misma línea que siempre lo hizo.

En la centro-izquierda hay veces en que pecamos de cierta miopía, somos capaces de ponernos en el lugar de delincuentes y entender que para la mayoría ese fue un camino que no eligieron, sino al que fueron arrastrados por circunstancias familiares, de su entorno social o por abandono; pero ante posiciones como el pinochetismo nos quedamos con frecuencia en la condena, sin preguntarnos qué hay detrás. Mi padre fue izquierdista un tiempo y viajó con mi mamá por Europa hablando esperanto, él no cambió a la derecha por ambición, individualismo ni por materialista: el terrorismo le mostró el miedo y el temor lo cambió.

No imagino una forma fácil de cambiar la visión de mi padre, pero la forma segura de que nunca la cambie hubiera sido impidiendo que la exprese; peor aún, prohibiendo que se expresen esas posiciones las desaparecemos de la discusión pública, dando también como resultado menor cobertura a los argumentos contra el pinochetismo; pero, lo más importante, es que posiciones como esta no sólo hablan sobre el dictador en cuestión, sino que son un termómetro para la salud de la democracia, tenemos que prestarles atención porque por repudiable que pueda parecer la visión que defienden, hay sentimientos, miedos y anhelos atrás que tenemos que escuchar para combatirla.

Hoy se sienten lejanas estas memorias, el terrorismo que marcó a mi padre ya no existe, hace mucho quedó atrás la guerra fría, pero los miedos resurgen ante una sociedad que ha cambiado mucho los últimos años de la mano de la globalización y que promete seguir cambiando. Estos miedos nublan el juicio como antaño mientras se encarnan en un rechazo a la inmigración, la diversidad sexual y al feminismo que amenazan con cambiar la cultura, van dejando irreconocible a aquella sociedad tradicional que recuerdan con nostalgia y a esas concepciones estáticas de patria, Dios (religión) y familia que les daban seguridad para enfrentar el día a día.

No puedo sino empatizar con el dolor de las víctimas de la dictadura y sus familias, no me gusta escuchar sobre pinochetismo, me producen un enorme rechazo quienes trivializan las violaciones a DDHH, pero prohibir su expresión sólo genera más miedo, división y desconfianza; al mismo tiempo, es preferible saber quiénes la defienden respecto a que esta penalización los haga aparentar moderación en público.

Esta ley no resuelve el problema, sólo lo oculta mientras fortalece a las posiciones que rechazamos permitiéndoles construir una épica alrededor de una libertad de expresión en la que jamás han creído. El único camino es trabajar, conversar y hacernos cargo de estos temores para generar cercanía y confianza; no es tarea fácil, la democracia nunca ha sido fácil, pero la mejor forma de cuidarla es tener estas discusiones de forma abierta y sincera.

Alessia Injoque
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