Opinión

Recetario: Ingredientes de la política

Por: Marcelo Mellado / Publicado: 29.12.2018
Hay un género literario fascinante que tiene como base las recetas de cocina, ya que combina prácticas agrícolas, antropología, crónicas, poesía y una multiplicidad de otros textos. A nivel de anécdota gastronómico cultural fueron clave los clubes radicales y las picadas de los barrios populares y la inolvidable la cocina de Zaldívar, como espacio de lobby o restoranes emblemáticos en que se juntaban (y se juntan) a comer mafiosos políticos (en Valpo está El Portofino en el cerro Esperanza, al que nunca he ido, pero me han dicho que es pésimo y que va la podredumbre más clásica de la política local).

La política suele utilizar metáforas provenientes de la gastronomía o de la cocina, como se decía antes de la irrupción de la cursilería impostora que nos tiene a todos convertidos en gourmet o chefs potenciales. Lo habitual es que el discurso político haga uso del lenguaje del teatro y/o de la dramaturgia o de la estrategia de la guerra, y, obviamente, mucha retórica proveniente de las CCSS y muchísima jerigonza jurídica, pero me interesa sobre todo el mundo de la cocina, porque me suena más lúdico y más cercano, y también de una gran certeza simbólica. Por algo el antropólogo Levy Strauss le da estatuto conceptual a la cocina para desarrollar su paradigma etnológico.

La cocina alude en política, generalmente, a operaciones conspirativas. Se combinan ingredientes, productos alimentarios, ya sean cárnicos o vegetales, también de especias, se juega con los tiempos de cocción, fuego lento o no, dulce, salado, agridulce, también la intervención del agua, del fuego directo, del horno y otras mediaciones, además de los acervos y costumbres culturales y la memoria de las comunidades o sujetos patrimoniales en relación a la preparación de alimentos.

Hay un género literario fascinante que tiene como base las recetas de cocina, ya que combina prácticas agrícolas, antropología, crónicas, poesía y una multiplicidad de otros textos. A nivel de anécdota gastronómico cultural fueron clave los clubes radicales y las picadas de los barrios populares y la inolvidable la cocina de Zaldívar, como espacio de lobby o restoranes emblemáticos en que se juntaban (y se juntan) a comer mafiosos políticos (en Valpo está El Portofino en el cerro Esperanza, al que nunca he ido, pero me han dicho que es pésimo y que va la podredumbre más clásica de la política local).

Otro clásico de la cocinería política cultural es el asado, expresión máxima de uso táctico de una situación de comensalía en que el acto posible de carne bovina y derivados,  como el asqueroso choripán, generalmente, se degrada a favor del consumo bebestible alcohólico y cuyo principal ingrediente es el habla diversificada en que siempre rondan la política y/o el delirio de una doxa (sentido común) que no reconoce momento crítico o que no tiene ojo en la espalda, para la auto mirada necesaria, que todo sujeto requiere para hacerse a la cultura. En el asado tienen su expresión el fascismo en su estado puro.

La utopía como la receta para resolver problemas de todo tipo va más allá de la cocina, pero siempre en el ámbito de lo doméstico que lo inunda todo. El buen criterio indica que no hay recetas para todo, aunque querríamos que así fuera; la vida sería más fácil. Pero la neurosis es más fuerte, siempre tenemos gente cerca que nos da recetas para todo, ya sean farmacéuticas, para criar a los hijos o para enfrentar diversas situaciones de la vida.

En cambio, recetas para preparaciones y platos de comida abundan, tanto en los libros como en la memoria colectiva y con muchas variantes. En lo personal, como amante de la cocina debo reconocer que yo sólo improviso, nunca sigo una receta, tomo el eje principal de una preparación y procedo con las variaciones. ¿Será porque siempre me ha costado seguir cánones? Y continuando con la analogía con la política, podemos decir que un político, de algún modo u otro, busca recetas para hacerse al poder y para administrarlo, y ahí suele estar la base de su decadencia y fracaso.

Inolvidable para varias generaciones es el recetario de las hermanitas Rengifo, que eran parientes de Portales (a su pariente lo charquiaron al más puro estilo militar chileno), o La Cocina Popular Chilena, libro de autoría incierta para mí, porque al parecer sólo era un gesto editorial, como gran parte de la literatura chilena. Y de aquí me paso a una lectura que sí es un recetario para la adquisición, mantenimiento y administración del poder político y que es considerado el primer manual de la ciencia política, El Príncipe de Maquiavelo, considerado intrínsecamente perverso durante siglos por la Iglesia, pero también el primer manual de teoría política. Las recetas de Maquiavelo marcarían a fuego la política moderna.

El recetario del arte

En la producción artística, más concretamente, en el ambiente de los operadores de la palabra oblicua, también hay recetas, sobre todo de visibilidad y de ocupación de lugares, en donde uno de los ingredientes clave es asumir causas “minoritarias” o focales, como la cuestión mapuche, el feminismo o las luchas medioambientales, que son parte del sentido común de izquierda a la que suele adherir gran parte del campo cultural. Y no podemos negar que la izquierda en general, tanto la cultural, como la estrictamente política, ha sido permeada por la corrupción, o por la política tradicional; corrupción que va desde el robo directo o el financiamiento ilegal de la política, o a la cooptación ejercida por el fondart (fenómeno más diluido).

Llama la atención la felicidad de los artistas que reciben una beca del Estado, como si hubieran ganado un gran concurso y estuvieran a punto de transitar por la alfombra roja del “éxito”.  Paralelamente, al emparentar sus deseos, tanto el sentido común de izquierda, como el de derecha, la reacción fascista de la derecha cobra mucho más sentido, emparentándolo a los dos; porque no hay proyecto otro (no decimos alternativo), he aquí una receta cultural-política de la burguesía, cuando se le hace necesaria recurrir a la voluntad de crimen. Es decir, a Pinochet y a todos los otros. La izquierda o lo que llaman de ese modo equívoco, fracasó porque se pasó al enemigo o se institucionalizó hasta el desenfreno, que es más o menos lo mismo.

En relación con esto algo me pasa con mis colegas o, mejor dicho, con el campo de la escritura (en general les tengo cariño). La situación política y cultural está muy enmierdada. La ascensión del fascismo como estrategia rediseñadora del poder oligarca, como ya dijimos, supone un nuevo ordenamiento de la lucha de clases, nacional e internacional, lo que nos impone un giro estratégico. Por eso debemos reconocer que lo que llaman izquierda es algo amplio que va desde un cierto liberalismo diverso, de raigambre burgués, que incluye imaginarios románticos (incluyendo la izquierda esotérica), es decir, desde el socialismo utópico y sus variantes ultra, hasta la socialdemocracia oportunista y, por cierto, al otro lado, las vertientes marxistas, de las que uno intenta tributar y en la que se ensayan diferentes diseños; en lo personal, uno intenta lo de uno como productor de objetos culturales, lo que debiera tener, obviamente, una perspectiva colectiva. Quizás haya llegado el momento de generar otra lateralidad.

En la historia de la cultura poética chilensis hubo dos grandes receteros que recuperaron la cocina tradicional chilena para metaforizar la identidad nacional, esos fueron Neruda y De Rokha, cuando utilizaron poéticamente la analogía gastronómica para dar cuenta de dos mediaciones que pueden servirnos de modelo para pensar el territorio. Este trabajo equivale a un levantamiento etnográfico, en la práctica.

Tengo como referencia concreta el poema de Neruda Oda Al Caldillo de Congrio y la gran obra de De Rokha, Epopeya de las Comidas Y Bebidas de Chile. Y analizando el tema con mi gran amigo Luis Retamales, que es cocinero, dramaturgo, director de teatro y gran analista del campo cultural, llegábamos a la conclusión de que el poema de Neruda era malo como receta, mi amigo no soportaba esa arbitrariedad de echarle crema, por ejemplo, cuestión que se ratifica en el libro de Hernán Valdés, Fantasmas Literarios. El primero demostró ser, más que nada un comilón ansioso y no un gourmet, como se presumía, fiel a su función metafísica de ilustrador del proyecto stalinista. En cambio, el proyecto de De Rokha es mucho más potente y revolucionario, ya que a partir de un recorrido territorial rehace nuestro largor geográfico y construye una nueva subjetividad terrígenas de ocupación de los suelos de la república. En contraste con la megalomanía del jefe de pandilla o del poeta de América que construye el gran canto o épica del pueblo, como una estrategia de marketing patidario.

A pesar de las lecturas desenfocadas o descontextualizados que podrían surgir de la ideología literalitosa de género que suele dar cuenta de signos que en ese entonces no estaban sometidos a ese código crítico, es clave, creo, mirar muchos de los acontecimientos culturales a partir de ese contraste, tópico que hemos trabajado varios exponentes terrígenas del colectivo Pueblos Abandonados, recuerdo a este respecto a Mario Verdugo y a Yanko González.

Observo esta vieja rencilla del campo poético local y, claramente, se hacía en otro contexto histórico, patriarcal y heteronormado, pero no puedo evitar la analogía con la soberbia maldita de las nuevas generaciones de artistas de la palabra calculada, que han incorporado otras variables conceptuales, pero con un nivel de miserabilidad a toda prueba.

En este contexto es súper importante tratar de controlar la ira, lo digo porque desde que se instaló la derecha en el gobierno la cosa se ha puesto peludísima para los chilenos “loser”, de los que orgullosamente formo parte. Todo esto también nos retrotrae al maldito periodo de la concertación y la NM, sin recordar por ahora el tiempo de la dictadura, el odio y las ganas de matar aumentaron exponencialmente. Y la derecha sabe de eso.

La queja analítica viene del campo cultural que suele dar cuenta de otros elementos, menos visibles, a la hora de proceder con el hueveo analítico. Como escritor situado (y sitiado), y provinciano, intento una lucha territorial en la que trato de sumar cómplices territoriales antisantiaguinos (la capital representa, o las tres comunas que la determinan, un fascismo urbano que tiene como consecuencia la destrucción del territorio nacional), privilegiando el área de la educación y la cultura como escenario para el despliegue táctico.

Condimentos y especi(a)es

En general, creo que mis colegas, han sido permeados por el formato (neo)liberal de comparecencia cultural, y están más preocupados de utilizar las redes sociales o la mera cuestión mediática para expresar una actitud alternativa y levemente rabiosa contra un Estado predecible, pero sin alterar estructuralmente el paradigma de poder instalado. Por eso se fascinan con su “amapuchamiento” táctico y a denunciar atentados contra el medio ambiente cometidos por las grandes empresas y, por cierto, apoyar la estrategia académica de género. Siempre en un registro blando y santiaguino, como de compromiso formal y lejano (a lo Sting), atentos a su peguita personal y a los pasillos por los que se necesita transitar.

Yo, a ese respecto, siento nostalgia de la revolución cultural china cuando castigó a muchos intelectuales con reeducación política y los envió a trabajar a lugares apartados. Algunos representantes de Pueblos Abandonados trabajamos en esa línea que hemos llamado territorial, y por eso nos fuimos a la chucha, es decir, lejos, a desarrollar nuestros proyectos fallidos. Lamentablemente, las políticas de muchos partidos de izquierda se orientan políticamente a nivel elitista, mediático y académico, como si la política se jugara en los paneles televisivos y radiales, o en las reacciones polémicas a la presión periodística, o en las perturbadoras aulas universitarias o centros de estudio. En el mundo de la cultura esto es equivalente a la fascinación que sienten los artistas por el espectáculo farandulero y por instalarse en las capitales culturosas.

No hay que olvidar que uno de los rasgos descomposicionales de la izquierda chilena es haber entrado en la lógica de la corrupción, muy propia del neoliberalismo con su relativismo moral, casi como una forma de legitimación en el mercado ideológico. Ahora estamos igualados, la izquierda y la derecha se igualan en su nivel de miserabilidad y de hijodeputismo, por lo tanto, el fascismo lo logró con la estrategia de criminalizar al progresismo. No era difícil corromper a la concertación y a los que vinieron después.

Por esto y por otras cosas hay que apuntar preciso al proponer un nuevo orden que rompa el modelo de desarrollo del que no ha querido desembarazarse la llamada centro izquierda, con ese capitalismo criminal que necesita de las migraciones dramáticas, del mercado de las armas y del narco tráfico, y de la destrucción de los ecosistemas planetarios. Debemos trabajar en propuestas que no sean traumáticas para una ciudadanía confundida, esa es la tarea de esa izquierda otra o de una nueva lateralidad que debe proponer un nuevo orden local, nacional y mundial. Y para eso necesitamos un buen manual de recetas. De lo contrario nos vamos a ir a la concha de su madre, lugar de donde, quizás, nunca debimos salir.

Marcelo Mellado
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