“Tienes razón. No estás loca, eres cíclica”. Así se presenta la pedagoga vasca Erika Irusta en su blog personal, desde el cual divulga contenidos sobre el ciclo menstrual desde una perspectiva política y de género. Con más de ocho años de investigación sobre la regla en sus espaldas, defiende su tesis: “La menstruación no es el problema. Tú no eres el problema. El problema es quién menstrúa en esta sociedad”.

El trabajo de Irusta empezó en 2010 con varios talleres para mujeres en España. Rápidamente se dio cuenta de la falta de información sobre el tema y la necesidad de saber de las mujeres. Por eso, a partir de 2013 puso en marcha varias sesiones de formación online que derivaron en una “escuela menstrual online”, desde la cual genera conocimiento educativo para mujeres de todo el mundo, muchas de las cuales proceden de América Latina: México, Argentina, Chile, Colombia y Puerto Rico.

“Yo menstrúo” es su último libro, presentado en forma de manifiesto, que ella misma califica de “didáctico” porque “resume la situación actual con una mirada política y propone qué hacer para una mejora o un cambio”. Entre las propuestas, deja claros sus argumentos: “Menstruar no es natural, es cultural, político y social”. Por eso, habla de la “experiencia de menstruar” y de las “personas menstruantes” –no sólo las mujeres–.

A través de una entrevista virtual, atiende las preguntas de El Desconcierto para poner nombre, razones y efectos a todo lo que rodea uno de los mayores tabúes de la sociedad, en general, y de la salud de las mujeres, en particular: la regla.

– ¿Por qué dice que menstruar es político?

– Cuando empecé a investigar hace más de ocho años había cosas que no me calzaban. ¿Si la menstruación es algo tan natural, por qué sigue siendo un tabú? Eso me chirriaba y no sabía como ordenarlo. Un día me encontré con el texto “Si los hombres menstruaran”, que escribió Gloria Steinem en 1978 y, a partir de ahí, ordené todo lo que había acumulado en mis investigaciones. Gracias a la ficción que la autora hizo de colocar la menstruación en otro sujeto, el que crea las normas y ordena el mundo, la experiencia menstrual cambia totalmente. Una cosa es menstruar como hecho fisiológico y bioquímico, el ciclo menstrual en sí, y lo otro es qué supone menstruar en esta sociedad.

– ¿En qué sentido?

– Nos han enseñado a leer las señales de nuestro cuerpo, como cuando vamos de vientre. Aunque parece a veces que las mujeres ni cagamos ni nos tiramos pedos. Sin embargo, esto no ocurre en el caso de la menstruación. Es un tabú porque sólo la tienen los cuerpos que no ordenan ni dominan el mundo. En la cultura china, a la menstruación se la conoce con una palabra que significa “agua celestial” y se explica a las mujeres que si hay problemas con su menstruación es porque el ciclo no está bien. Allí la menstruación es algo sano, tienen un nombre bonito. Pero para las que venimos de una cultura judeo-cristiana, que además ha colonizado muchos países, lo que se muestra es la impureza, la maldición que aparece en el libro del Génesis 3:16 [A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti]. Se hizo un uso de las peculiaridades de nuestro cuerpo para arrinconarnos: nosotras somos la costilla y todo lo distinto que tenemos justifica que seamos la costilla. La experiencia menstrual es diferente en una cultura o en otra, pese a que el proceso fisiológico es el mismo.

– La mayoría de los procesos asociados a lo sexual y reproductivo que las mujeres viven en sus cuerpos se explican con un lenguaje patologizador: para la regla se dice “se enfermó”; para un aborto se dice “se hizo remedio”; dar a luz, “se mejoró”. ¿Cómo podemos deconstruir esa mirada?

– Estas palabras señalan cómo hemos sido nombradas por el otro, como nuestro cuerpo siempre ha sido señalado con lo impuro, lo que hay que dominar, y la parte masculina–encarnada por un hombre cis, blanco y con dinero– es quien está cerca de Dios. Si los hombres menstruaran, Dios menstruaría. A nosotras, en cambio, siempre nos van a tener que arreglar. La clínica y la medicina no están libres de este sesgo de género. La ginecología y la obstetricia la inventaron dos hombres que asesinaban a mujeres pobres y esclavas para investigar los fetos. Nosotras estamos explicadas; primero, por la religión y, desde un tiempo en adelante, por la medicina y la clínica. Somos un sujeto explicado a través de fallas, que nos faltan cosas, siempre pendientes de mejorar. Hasta 1991 no se empezaron a incluir en los estudios a las personas menstruantes porque decían que [la menstruación] volatilizaba las investigaciones clínicas. Hay muchos medicamentos que tomamos que nos afectan diferente, según la fase del ciclo en la que estamos por una cuestión bioquímica, pero no se ha estudiado porque dicen que nuestros ovarios son muy volátiles.

– Hay todo un debate en torno a los efectos de las hormonas y la bioquímica durante el ciclo menstrual.

– Nuestras hormonas han sido totalmente explicadas desde una visión misógina. A lo largo de la historia se planteó dónde residía la masculinidad y la feminidad. Se empezó con el término del “útero errante”; decían que la feminidad estaba en el útero y que eso nos volvía locas. Luego, del útero pasó a los ovarios y ahora estamos en el momento que se dice que está en las hormonas. Y no, no es que la masculinidad y la feminidad estén en las hormonas, porque los niveles de testosterona que puede tener una persona no definen cómo ésta implementa su construcción social de género. Nuestro cuerpo ha sido despedazado por confundir constantemente los términos de género y sexo biológico, que no determinan absolutamente nada. Mi propuesta para deconstruirlo es a través de la educación y de conocer cómo funciona tu ciclo menstrual a nivel bioquímico, neuroquímico y a través de los cambios físicos, mentales y anímicos que una experimenta.

– En una de sus reflexiones dice que es importante conocer el propio ciclo menstrual para poder organizar la vida en torno a él y aprovechar bien la química de nuestro propio cuerpo. Aprovechar esa energía que tenemos en determinados momentos del ciclo.

No son las hormonas las que hacen que estemos mal. Los hombres también las tienen y no conozco a ninguno que tenga un problema con ellas. No existe ningún ser vivo que no esté influenciado por la bioquímica. Pero la bioquímica y el entorno se afectan uno al otro. Si vives en un entorno en el que sientes vergüenza o culpa (no puedes vestirte así, no puedes enfadarte, no puedes hacer eso), evidentemente, tu bioquímica será una porquería porque vives sometida a un estrés muy fuerte. Cada vez más investigadoras demuestran como ser menstruante y mujer en esta sociedad es horroroso bioquímicamente hablando, porque hay demasiada angustia y estrés. No es que mi cuerpo tenga el problema, sino cómo me han enseñado a vivir y a mirar ese cuerpo en una sociedad que está ordenada por el otro. Nuestra química y nuestro cuerpo sólo se entienden como ‘productores’ de ciudadanos. Como pedagoga, para mí, es fundamental enseñar a mirar desde otra parte.

– La primera experiencia menstrual debe influir mucho en esa mirada y, normalmente, no suele dejar un buen recuerdo a las niñas y adolescentes.

– Cuando una niña mancha de sangre se la relaciona automáticamente con la materindad. En cambio, cuando un niño tiene su primera polución nocturna y mancha las sábanas de semen nadie va y le dice: ‘Ya puedes ser papá’. Eso demuestra que menstruar es cultural: estamos relacionando hechos y les ponemos un valor y una categoría. Las adolescentes señalan los huecos de este sistema y cuando viven esas experiencias llorando o con angustia es porque les cae una piedra en sus espaldas, les viene ser el segundo o tercer plato. Ven como es tratada su madre y las mujeres de su entorno; relacionan menstruación con ser mujer y piensan: ‘¿Por qué no puedo ser yo el cuerpo privilegiado?’

“La menstuación no ha de doler”

– Una idea muy asociada a la regla es que tiene que doler.

– Te viene la regla y lo primero que te dan es una caja de ibpoprufenos. Se normaliza que la menstruación tiene que doler cuando la menstruación no ha de doler. Lo hemos interiorizado y eso, para mí, es un pozo de crueldad gigante. Hemos naturalizado que este proceso que decimos que es tan natural curse con dolor durante 35 o 40 años porque sí, porque lo dijo el Génesis. Pasa que, por ejemplo, vamos al ginecólogo y, en vez de basarse en evidencias científicas, me dice que como soy mujer, me tiene que doler y que me tome pastillas. Por fin, con las investigaciones de científicas sobre el tema se demostró que si duele, algo estará pasando y que eso se llama dismenorrea.

– ¿Falta investigación sobre lo que ocurre a las mujeres cuando menstruan?

– Todas las disciplinas deberían generar conocimiento en torno a la experiencia menstrual. La endometriosis se tarda de media ocho años en diagnosticarse.  Nosotras deberíamos ocuparnos de nuestros cuerpos porque sólo conociéndonos podemos demandar que se investigue, darnos cuenta de lo que nos pasa, entregar datos a los profesionales. En una sociedad patriarcal, no podemos dejar nuestros cuerpos en manos de alguien y pensar que ‘ya se ocupará’. Además, tenemos un problema: no somos dueñas de nuestros propios cuerpos. Somos el único cuerpo sobre el que se regula, sobre el que hay leyes, por ejemplo, el aborto.

– Su propuesta incluye una escuela menstrual online, una comunidad llamada Soy1Soy4 que es un proyecto educativo sobre ciclo menstrual. ¿Cómo es ese proyecto?

– Mi punto pedagógico en Soy1Soy4 es poder trabajar la autonomía de registrar, observar y ver cómo funciona tu cuerpo con una serie de herramientas para generar conocimiento en relación a eso. Necesitamos que expertas y profesionales trabajen con las personas que lo están experimentando y que lo conocen.

– ¿Qué otras enfermedades se están descubriendo ahora, o de cuáles se está empezando a hablar?

– Hay el transtorno disfórico premenstrual (TDPM) que hace que algunas mujeres tengan mucha angustia, pensamientos suicidas y una sensación de no tener control sobre sí. Es un sufrimiento psicológico muy heavy. Hay mujeres que han ido con esto al médico y la respuesta ha sido: ‘Claro, esto es normal, lo que hacen tus hormonas’. Ahora, de un tiempo a esta parte, se ha empezado a investigar porque antes se entendía que estas mujeres no sabían llevar bien su ciclo o que tenían conflictos con su feminidad. ¿Qué mujer no los tiene cuando la sociedad entera tiene un auténtico conflicto con lo femenino? Esos casos tardan mucho en investigarse porque primero tú no te crees a ti misma, crees que estás exagerando. Luego, cuando vas al médico y se lo explicas, tampoco te creen. Y así, hasta que vas viendo que hay otras personas que viven lo mismo. Otro tema es el mal llamado síndrome premenstrual (SPM), que es un síndrome cultural, un invento patologizador, es decir, tiene una connotación negativa según la cultura en la que suceda. Mientras que el SPM y la depresión postparto en China o India se entienden como parte de un proceso y no se consideran enfermedades, en Europa [y los países de cultura Occidental] sí.

“La política de cuidados en el centro”

erika irusta

/ Ismael Llopis

– Otro de los debates gira en torno a las distintas formas de vivir la experiencia menstrual. Simplificándolo mucho, hay un perfil de mujeres que se imponen al dolor y se auto-obligan a sobrellevar su vida de forma normal; otras mujeres que, en cambio, se dejan ir y se permiten sentirse mal esos días y bajar su ritmo. Finalmente, hay las que viven su ciclo como si fuera la mejor experiencia del mes, con cierta dosis de idealización por “sentirse mujer”.

– El primer estilo está vinculado al asimilacionismo con el cuerpo masculino. Es un mecanismo de defensa y de supervivencia que funciona para llegar a sobrevivir en esta sociedad siendo menstruante y mujer. El foco es: mi cuerpo es un problema y tengo que superarlo. […] La que se rinde, en el sentido positivo, se rinde al cuerpo. Relacionar la menstruación con la debilidad es una mirada misógina que todos tenemos. La que se permite rendirse y decir ‘me duele’, tiene todo el sentido. Luego hay la sacralizadora del proceso, que siente que todo es maravilloso, como si se hubiera fumado las toallitas absorbentes. La veo una postura un poco “evangelizadora”. Se parece a lo que a veces pasa con la experiencia de la maternidad. Las mujeres no somos un rebaño de ovejas que sentimos y vivimos lo mismo: cada una tiene sus historias, siente y piensa de una manera. La postura asimilacionista y la evangelizadora están en los dos extremos porque ambas dicen “eso se tiene que vivir así”, pero de formas opuestas. Creo que hay que tomar toda la información y conquistar la experiencia menstrual más allá del patriarcado, que nos demos cuenta de que necesitamos hacer eso desde nuestros cuerpos, sobre nuestras decisiones y a nuestra manera.

– ¿Qué opina del proyecto de “Ley Menstrual”, una idea que se discute en algunos países, también en Chile, para que en el caso de que los dolores menstruales sean muy fuertes, las mujeres puedan faltar a sus trabajos sin descuento salarial?

– Creo que nos dicen o me aguanto con muchos dolores –lo que implica una falta a la salud digna de los trabajadores y trabajadoras– o, si no me aguanto, me quedo sin trabajo porque no me van a contratar. Esto no es elegir, es mierda o mierda. Por eso, es importante entender que la experiencia menstrual es cultural y política. El Estado no nos entregará nada, no nos está ofrecinedo nada. Un Estado siempre actúa desde su mirada misógina –más blanda o más dura–, pero siempre pensará que no eres capaz de decidir.

– Se habla mucho de violencia obstétrica, pero en la atención ginecológica que no tiene que ver con el embarazo o parto, ¿existen formas de violencia?

– Para mí sí, y es violencia ginecológica. Hay actitudes que van desde el paternalismo, que te trata como si no supieras nada de tu cuerpo, hasta el hacerte llorar porque con un PAP aparecen juicios como ‘con cuántos has estado’, ‘has estado demasiado suelta’… Todo esto es humillación y el médico, que tiene el poder, está haciendo un abuso. Eso es violencia. También hay actitudes basadas en los prejuicios, como que la menstruación duele; exploraciones en las que parecen que revisen a una vaca; o casos en los que el médico no quiere entregar determinada información, la omite, o cuestionan la posición de una. Por supuesto que existen grandes profesionales, es como lo de “Not all men”, pues aquí sería “not all gynecologist”, pero los médicos reproducen el machismo y violencia cultural que imperan en otras áreas.

– ¿Cuál es la propuesta para el cambio, más allá de hacer conocernos a nosotras mismas?

– Hay que ir desde el autoconocimiento y el autocuidado hacia el conocimiento colectivo y el cuidado colectivo. No podemos quedarnos en lo individual, porque se dan situaciones como que yo me quedo descansando cuando tengo la mestruación, pero que se ocupe la mujer migrante que viene a limpiarme la casa aunque ella esté menstruando. […] Nuestra diputa es política y necesitamos abrir debates en distintas disciplinas en torno a qué supone ser menstruante en esta sociedad, necesitamos colectivizar los cuidados, crear redes de apoyo para trabajar una política de cuidados. Si tu vecina necesita una sopa porque tiene la regla, tu puedes hacerle esa sopa. Necesitamos esas actitudes solidarias y sororas de cuidado. Si no hay una red o apoyo para elaborar ese pensamiento y ese activismo, eso se queda en un cajoncito y el sistema se lo comerá. Por ejemplo, ya estamos viendo que en Reino Unido hay empresas haciendo charlas sobre cómo aprovechar los mejores momentos del ciclo menstrual para ser más productiva. Dentro de poco, nos encontraremos con el responsable de Recursos Humanos pidiéndonos nuestro registro menstrual. Es hacia donde iremos si no colectivizamos los cuidados y el conocimiento. Hay que poner la política de cuidados en el centro.