Opinión

Más Madrid y la renovación de la élite

Por: Gerardo Muñoz / Publicado: 19.03.2019
Hacer política desde la cabeza también invita a tomar en serio la inteligencia puesta al servicio de las necesidades emergentes. En cierta medida, el liberalismo tardío ha humillado a la inteligencia por dos flancos: por un lado, ha optado por la tecnificación de la gestión; y por otro, ha abierto las puertas para narcisismos compensatorios y demagógicos.

Elecciones generales en España convocadas para el 28 de abril. Al menos cuatro acontecimientos han obligado a Pedro Sánchez a adelantar los comicios. Primero, el fallido intento de Sánchez y Calvo por dialogar con los independentistas catalanes mediante un intermediario o “relator”, cuya gestión no generó el consenso necesario. La crítica de algunos barones del propio Partido Socialista (PSOE), sumadas a la tensión del ala más radical del independentismo como La Crida Nacional, tumbó esta modesta iniciativa como un castillo de naipes apenas comenzaba a darse a conocer. Segundo, la movilización de la Plaza Colón convocada por el centro derecha no llegó a tener la participación masiva prevista. Y tampoco brilló la unidad: mientras que Manuel Valls hablaba francés y esquivaba a los líderes de Vox; Rivera aparecía tenso y planchado en la foto junto a Santiago Abascal y Pablo Casado. Una ausencia importante ese día: Inés Arrimadas nunca llegó a Colón tras un dichoso retraso de avión. Tercero, la paulatina caída de Unidos Podemos en las encuestas y su desarticulación interna despeja para el PSOE una importante franja del centro-izquierda para maniobrar. Y cuarto, y quizás el factor más importante, el fracaso de la aprobación de los presupuestos en el Congreso de los Diputados. Los símbolos en el catalanismo político han pesado más que la aprobación de una serie de medidas sociales. Los símbolos también suelen ser garantes de tiempo y generadores de efectos en la realidad política.

La fijación en el cambio de gobierno en la Moncloa nos pudiera cegar de otros desarrollos paralelos, tal vez mucho más esperanzadores para el nuevo reacomodo de las fuerzas progresistas. Tal es el caso de la propuesta de Íñigo Errejón para la Comunidad de Madrid, quien el mes pasado dio un paso al costado para pactar una plataforma común con la alcaldesa Manuel Carmena. Aunque circunscribir el proyecto a esos dos nombres tapa lo más interesante de esta nueva iniciativa electoral: la renovación de una nueva élite política en condiciones de liderar un proyecto de vocación transformadora en una de las autonomías históricamente gobernada por el Partido Popular (PP). Es cierto que, como han sugerido Clara Serra y Rita Maestre en un texto programático, la alianza Errejón-Carmena es un abrazo inter-generacional de alcance imprevisible. Pero hay más: ahora que conocemos las listas de Más Madrid, se hace evidente que parte de su reconstrucción política pasa no solo por su discurso (republicano), su estrategia electoralista (la transversalidad), o su agenda económica (democrática), sino por una afinada recomposición de la élite política en función de intereses generales. Puede que esto parezca una obviedad, pero no lo es. Y no lo es, porque en el momento que atraviesa la democracia liberal, la noción misma de élite ha sido reducida a una tarea de técnicos y expertos que viven al margen del ejercicio del gobierno.

Hablamos de un proceso que viene decantándose desde hace décadas. El gran constitucionalista norteamericano y zar del aparato regulatorio de la administración de Obama, Cass Sunstein, nos ha dicho que la última revolución silenciosa del liberalismo ha sido la abdicación de la figura del político hacia el dominio del tecnócrata. Esta transformación se ha puesto en marcha a partir del triunfo de la híper-racionalidad de la lógica cost & benefit para ordenar todas las esferas de la actividad humana. Esta revolución de la administración pública ha depurado la política de al menos dos de sus elementos fundamentales: la responsabilidad y el principio de realidad. Si una comunidad política es meramente administrada sobre la base de costos y beneficios, el político se convierte en un simple gestor que ya no tiene porqué asumir responsabilidades ni convertir sus actos en hechos. Los liderazgos técnicos no agitan causas ni pasiones, y por eso mismo ignoran las expectativas de larga duración de las sociedades.

Pero sabemos que la realidad nunca puede ser totalmente absorbida por una racionalidad que se quiere absoluta. Cuando esto ocurre, estamos en la pesadilla del totalitarismo que hemos conocido. Por esta razón es que un liderazgo político emerge como un mal menor, puesto que flexibiliza la relación gobierno-gobernados, evitando así la neutralización entre los bienes comunes y los intereses privados. Para Max Weber, quien hace un siglo atrás dictó la conferencia “La política como vocación” (1919), el político actúa “sólo con la cabeza” para articular con solvencia la responsabilidad con el nudo de las convicciones. Weber creía que desde esa correlación podíamos hablar de una vocación política real y no de una teatralización de la misma. Hacer política desde la cabeza también invita a tomar en serio la inteligencia puesta al servicio de las necesidades emergentes. En cierta medida, el liberalismo tardío ha humillado a la inteligencia por dos flancos: por un lado, ha optado por la tecnificación de la gestión; y por otro, ha abierto las puertas para narcisismos compensatorios y demagógicos.

La lista de la formación Más Madrid es, ante todo, una apuesta en el mejor espíritu de Weber: vocación en política, pasión por la causa, y sensibilidad en el análisis. Nombres como los de los académicos de diversas sensibilidades, como Luis Alegre Zahonero y Clara Ramas San Miguel, Jorge Moruno y Carlos Fernández Liria, Clara Serra y Héctor Tejero, demuestran que la división de poderes es también realizable como división de las inteligencias. Esto supone encontrar un equilibrio entre el campo de los expertos y espacio de los profesionales del saber (provenientes del ámbito académico, muchos de ellos). No hay que pasar por alto que una de las novedades que trajo Podemos fue poner a líderes políticos provenientes del mundo universitario en lugar de las oficinas empresariales. Una renovación de la clase política española pasa por generar la confianza en una idea de élite que persigue el sueño incompleto de su reicente transición democrática.

La renovación de una élite, sin embargo, no se mide sólo por el grado de formación de sus cuadros, sino por el hecho de que por primera vez un cambio político en la izquierda ha sido capaz de convocar no sólo a sus bases, sino a su clase política con evidente vocación de gobierno. Como ha comentado Jorge Moruno, integrante de la lista de la Comunidad de Más Madrid y encargado del discurso de Podemos en su primera etapa, “existen varias formas de ejercer el liderazgo o de pensar la ambición, una donde todo crece a tu alrededor y otra donde tú creces alrededor de todo; la segunda es la que consigue levantar grandes proyectos. Ese el modelo de liderazgo que quiere construir Más Madrid”. El deseo de liderar no se hace desde una verdad asumida como carta secreta de un destino consumado de antemano. Al contrario, liderar supone, antes todo, la posibilidad de que sea otra élite la que pueda impulsar una transformación institucional que pueda ver lo que acontece a distancia, como sugiere el filósofo José Luis Villacañas. En la medida en que Más Madrid mantiene esa aspiración, representa un proyecto inédito en esta joven fuerza progresista.

En su último libro Il Popolo Perduto (2019), el pensador italiano Mario Tronti lanza una tesis importante sobre la crisis política en nuestro tiempo. Para Tronti, las democracias occidentales atraviesan una fase de descomposición antropológica que afecta el sentido que históricamente han encarnado las élites políticas. Lo hemos dicho anteriormente: su trasfondo ha estado marcado por la abdicación hacia el imperio de administradores, expertos y coaches. Las liderazgos técnicos son más proclives a la dominación que a la vocación política, ya que carecen de responsabilidad ante amplios sectores de la sociedad. Para Tronti, el agotamiento de la élite supone el descarte del horizonte de expectativas y el inicio de una desorientación generalizada al interior de nuestras sociedades. Sin embargo, las élites políticas siempre han ejercido una función indispensable: la delegación.

Y esto significa, en última instancia, que la élite padece la tragedia en el momento en que asume el peso de la responsabilidad de su cargo. El gestor técnico, en cambio, solo puede gestionar la racionalidad como una ciencia desentendida de la realidad. De ahí es que podemos hablar de un tipo de dominación que manda pero que no gobierna. Más Madrid, más allá de sus percances electorales, es ante todo una iniciativa que pone sobre la mesa la renovación de las élites como primer paso en una profunda transformación democrática de largo alcance. Y precisamente por esta razón su iniciativa debe servir tanto de enseñanza como de fármaco para los nuevos proyectos progresistas a ambos lados del atlántico.

Gerardo Muñoz
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