Nadia Domínguez (44) creció en una iglesia evangélica ubicada en avenida Brasil, en la comuna de Santiago. Era un culto pequeño que estaba constituido, en su mayoría, por familias emparentadas entre sí. Su recuerdo de ese lugar es claro:

“Cuando tenía once años fui víctima de abuso sexual por parte de dos pastores de esa congregación. Uno de ellos era pastor en la iglesia donde yo asistía con mi familia los domingos. Además, era uno de los profesores del seminario donde tomaba clases de música, dos veces a la semana. Nos veíamos seguido”, relató.

Como a ella le gustaba mucho leer, el pastor la llevaba a su biblioteca y le prestaba los libros; también, intercambiaban estampillas y conversan mucho. Él tenía un departamento cerca del seminario, donde la invitaba a tomar once, después de sus clases de música. “Allí fue donde me tocó y me besó”, dijo.

Nadia cuenta que a los 25 años, cuando hacía clases en la escuela dominical de la iglesia, uno de sus estudiantes, un niño de nueve años, contó que había sido víctima de una violación. Fue ahí cuando se dio cuenta de la dinámica de abuso: establecer una relación de confianza y afecto con la víctima, usar el poder y el prestigio del pastorado para detectar la vulnerabilidad en una niña o niño.

Ese fue el momento en que decidió contarle a su familia.

“Nunca le conté a nadie hasta el fallecimiento del pastor, ahí se lo dije a mi madre. Nunca quise hacerlo público por temor a crear conflictos dentro de la iglesia, que es muy pequeña y todos se conocen”, comentó Nadia.

Si bien las denuncias por abusos sexuales en contra de sacerdotes católicos han remecido las estructuras del poder eclesiástico durante los últimos años en el país, los casos de los pastores evangélicos no han sido lo suficientemente visibilizados debido a las mismas redes de protección de sus comunidades.

La influencia de los evangélicos ha ido en ascenso en el último tiempo en el país y ha tenido mayor presencia en sectores populares. De acuerdo al censo de 2012, el 16,4% de los chilenos se reconoce evangélico y, según datos que publicó La Tercera, en la última década se han abierto causas penales en contra de 42 pastores de iglesias, de un total estimado de 22 mil pastores en el país.

Claudia Gómez, directora de la Fundación Vasti -que trabaja desde hace nueve años con mujeres víctimas de violencia sexual- asegura que los pastores son muy defendidos en estos espacios y que la mayor dificultad para ellas es sentir que no van a tener un apoyo real para denunciar. “La mirada desde las mujeres no es parte de la voz oficial de la Iglesia Evangélica”, aseguró la pastora.

Durante el 2018 la Fundación recibió a 120 mujeres y en lo que va de este 2019 han llegado cerca de 30 a denunciar. De ellas, cuatro fueron interpuestas ante la justicia.

Claudia asegura que el control de la Iglesia Evangélica es tan fuerte que el discurso que se maneja al interior es que siempre los problemas se resuelvan en los cultos y no salten al Poder Judicial. Por eso, asegura, una de las principales razones por las cuales las mujeres no denuncian, es el círculo de presión de sus propias pastorales.

Aquí usaron la Biblia para hacernos presión y eso lo tenemos tan arraigado que lo aprendimos de generación en generación. Nos dice que tenemos que perdonar tantas veces y esos son patrones que hasta recitamos. Aquí hay que explicarles que el tema no es de Dios el que un hombre tiene conductas perversas y violentas”, expresó Claudia.

Validados en sus círculos

La semana pasada ingresaron dos denuncias por abusos sexuales en la Iglesia Luterana, las que serán revisada por un comité conformado por seis personas, entre ellas, el pastor. Las dos cartas firmadas por mujeres evangélicas llegaron a la secretaria ubicada en la misma sede de la iglesia en Ñuñoa.

La presidenta de la Iglesia Luterana, Elizabeth Grünholz, dijo que los casos están en proceso y que como comunidad eran conscientes del abuso que sufren las mujeres y la violencia al interior de la iglesia.

“Estamos en un proceso de consensuar como directorio protocolos de acción y procedimientos para poder prevenir, educar y actuar en caso de acoso sexual, abuso o violación”, sostuvo.

Para Catalina Arias, pastora pentecostal de la Iglesia el Río en la comuna de La Granja, a las cúpulas de las iglesias les interesa la imagen que se da a conocer de ellas, pero ignoran mucho más lo que pasa con las mujeres dentro de sus templos. Además, reconoce que hay pastores muy violentos para manejarse, pero que de igual manera son validados por sus círculos.

Mientras que la pastora brasileña Izani Bruch, de la Iglesia Evangélica Luterana el Buen Samaritano de Peñalolén, advirtió que la alianza política y evangélica puede ser de gran peligro y enfatizó en el caso de Brasil, con la elección del presidente Jair Bolsonaro.

“Con el apoyo de la bancada evangélica salió electo un presidente machista, racista y homofóbico y aquí veo que se puede replicar esa misma situación, donde crece la ultra derecha y que tiene representantes del mundo evangélico del sector más conservador y fundamentalista”, opinó.