En un esfuerzo de adaptación los niños aprenden a inhibir las acciones que generan conflicto, resolviendo el problema con el comportamiento esperado al costo de bloquear sus malestares. Lo que, si bien es funcional en determinadas situaciones, vemos que más tarde se detona en manifestaciones que nos sorprenden y que no sabemos de dónde vienen. Pues, de una u otra forma, -más temprano que tarde- surge aquello que ha sido silenciado.

Que los niños no se porten bien, que se autoricen hacer una que otra pillería o travesura que no violente a otros, permite que imaginen y creen cosas nuevas y propias. No ser siempre “ejemplares” los libera de la angustiante exigencia de ser todo el tiempo suficientemente buenos y descubrir sus emociones.

Por otra parte, el miedo del castigo o la deprivación los buenos modales movilizados generan que el control se externalice en el mandato sin explicación ni sentido más allá de la moral y las buenas costumbres en sí mismas, el no porque no y el sí porque sí.

Dicha situación, encarna un frágil condicionamiento, donde los niños aprenden a ser obedientes sin cuestionar la norma que se les indica, de tal manera, que son vulnerables a someterse a las palabras de quien hable en nombre de lo que es correcto o deseable.

A diferencia de los buenos modales, la transmisión del buen trato genuino implica que los límites, las restricciones y las amonestaciones, estén acompañados de palabras que dan cuenta del sentido que tienen las reglas y las normas sociales. No es portarse bien porque sí, porque sencillamente es lo que corresponde, sino por el valor del respeto en las relaciones, por los beneficios de las alianzas y la colaboración mutua, y por el gusto de compartir.

Por lo tanto, portarse mal es una posibilidad para los padres para entender por qué les pasa lo que les pasa a nuestros niños, para ver el sentido de la agresividad, la desconsideración, la travesura, o el berrinche. Para los niños, es un medio para reconocer sus estados de ánimo y cuestionar los mandatos sin sustento de cuidado personal o sentido social que los protege del sometimiento irreflexivo y la confianza ciega.

Una aproximación diferente a la tradicional evaluación del mal comportamiento de los niños, nos libera de la connotación enjuiciadora y culpabilizadora de sus conductas, dándonos la pausa necesaria que nos permita leerlos, ayudarles a conocerse y cuidarse. En definitiva, es una valiosa oportunidad para que aprendan a estar con otros sin que tengan que irse para la casa.


Encargado de Casa del Encuentro, La Pintana. Magister Psicología Clínica Universidad de Chile.