Hay gente que critica a las mujeres que no quieren tener hijos por “egoístas”. Creo que en muchos casos esto es justamente al revés: muchos de los deseos de maternidad y paternidad tienden a referirse a una reproducción del ego, reproducirte a ti mismx y así mantener tu legado y tradiciones en el mundo. Esa es la tarea que le han asignado los Estados-Nación a las mujeres desde el siglo XIX, ser las guardianas y transmisoras de la Nación. Sin embargo, el ejercicio de la maternidad, contrario a una práctica egoísta, actualmente tiende a implicar mucho sufrimiento y sacrificio para las mujeres en las sociedades occidentales. La maternidad y el amor materno, como los conocemos hoy, son instituciones sociales construidas por la modernidad, como plantea la historiadora social Elizabeth Badinter en su libro “¿Existe el amor maternal?

Historia del amor maternal. Siglos XVII al XX”. Es decir, el amor o instinto maternal no existe como tal de forma “natural” o biológica, sino que es un afecto que se va desarrollando a medida que le concedemos la categoría de persona a un bebé. Esta última idea la desarrolla Nancy Scheper-Hughes, antropóloga estadounidense, quien entre los años 60 y 80s estudió la indiferencia de las mujeres brasileñas de un contexto marginal, frente a la muerte de sus bebés. De forma desprejuiciada y libre de moralismos, su tesis central se refiere a que ante las precarias condiciones materiales y la violencia de la vida cotidiana en estos sectores, que daban lugar a altas tasas de mortalidad infantil, se generó una producción social de la indiferencia frente a la muerte infantil. La muerte de los bebés se había rutinizado tanto que ya no se lloraba, porque los bebés no eran asumidos inmediatamente como sujetos, como humanos ya constituidos, sino que esa categoría se la iban “ganando” a medida que demostraban ser fuertes ante las condiciones adversas. Comparó esta situación con la maternidad de mujeres de clases acomodadas, y reveló que en estos contextos, el amor materno era un privilegio burgués, en gran parte porque las tasas de mortalidad infantil eran mucho más bajas en este sector social. Scheper-Hughes analizó las maternidades desde un lente interseccional sin explicitarlo así, y nos permitió ver que no existe algo así como “la maternidad” de manera universal y transversal a las culturas e historia humana. Es contextual y relativa a las condiciones materiales y a los significados que le hemos otorgado.

Actualmente, las personas definidas socialmente como mujeres, al parir un ser humano, tienden a adoptarlo como “su hijo” en términos sociales y culturales, siendo que recién nació y todavía no ha sido socializado en el mundo humano. Por otro lado, que en muchos casos los bebés sean amamantados en un período prolongado de tiempo, no implica que éstos se conviertan necesariamente en una especie de extensión permanente de la mujer. Quiero decir que, el hecho de parir no te convierte automáticamente en madre sino que es un acto que se va construyendo día a día al adoptar a ese ser como “tu hijx”.

En nuestra sociedad, el acto cotidiano de las mujeres que se van convirtiendo en madres es un acto  individualizado. La categoría de “madre” las designa socialmente como la “responsable” principal en términos de tiempo y afectos. En el contexto occidental de dominio heteropatriarcal, capitalista y colonial, los padres continúan siendo significados como un extra, y la comunidad y sociedad también. Son un apoyo (o lastre) a la protagonista sufriente, María, madre mártir de Jesús. Dolor y sacrificio son los símbolos identitarios en los que nos debemos realizar como mujeres, sobre todo las menos privilegiadas. La maternidad es sufrimiento y sacrificio hoy para muchas mujeres no porque lo sea de por sí, sino porque así se ha instituido socialmente. Esto nos abre la posibilidad de pensar en otras maternidades, revisar su historicidad, mirar otras culturas y sus perspectivas.

Tenemos los ejemplos de mujeres que resignifican su maternidad desde perspectivas feministas y la convierten en una práctica más libre. O el caso de mujeres que han sufrido los horrores del terrorismo de Estado y conflictos armados, y han politizado y colectivizado el rol de género de madres (Queremos saber dónde están). Sin embargo, creo que más que un foco en la maternidad misma, debieramos centrarnos en re-colectivizar la crianza, pensar en cuidados comunitarios, superar dicotomías público/privado y hacer de los cuidados una responsabilidad social compartida, no individualizada a ciertas personas, de cierto género y/o racializadas. Cuando las mujeres en posiciones sociales acomodadas se “liberan” de estas tareas, designándolas a mujeres empobrecidas y racializadas que emplean en sus hogares, volvemos a reproducir nuevas desigualdades coloniales entre mujeres. Así como la categoría “mujer” en singular no existe, la maternidad y amor materno tampoco, porque además de ser experiencias múltiples, son desiguales: “Mira tú, si los ricos Opus pueden darse el lujo de parir a destajo porque les sobran las lucas. En el fondo, como dice una amiga, este pastel podrido es segregación clasista. Que tengan guaguas como conejas las cuicas UDI, que tienen servidumbre para que les críen a los nenes blanquitos”, como ilustró Pedro Lemebel.


Antropóloga, Universidad Alberto Hurtado