La construcción de un personaje como Daenerys Targaryen, cuyo enfoque siempre fue la adquisición de poder -con ciertas pinceladas populistas- solo nos revela que el plotwist del penúltimo capítulo no fue ni tan plotwist. Desde el principio se nos muestra que es hija del Rey loco; Es madre de dragones, de los cuales dos están muertos; (auto)proclamada rompedora de cadenas, entre ellas, las cadenas de Missandei, posteriormente ejecutada por los usurpadores del trono, entre otros sucesos que conducirían a la Madre de Dragones a actuar sin juicio alguno. Todos estos a acontecimientos de la última temporada dan cuenta de que la ira de Daenerys ya no era solo contra la ilegitimidad del poder, sino que nos revela también que lo personal es político.

Dentro de este encadenamiento de sucesos que perturban la paz y racionalidad de Daenerys, quisiera enfocarme en la agudización de su furia y por decirlo así, la guinda de la torta; la llegada de un sobrino que desmorona todas las ilusiones que desarrolla La Madre de Dragones a lo largo de la serie. Porque sabemos que a Daenerys no le importan las leyes monárquicas y le hace frente al Patriarcado, pues su ambición por el poder es más fuerte. Pero ¿qué sucede cuando Jon Nieve es aventajado por su condición de hombre? Esto es lo que sucede: Daenerys pierde aliados, pierde acreditación y pierde validez frente a las tradiciones de los Siete Reinos, tradiciones en las que la participación de la mujer no es más que la de una figura pasiva que se valida solo por medio de uniones conyugales.

Sería incorrecto afirmar que el vuelco en el personaje de Daenerys es apresurado, pues desde el principio se nos muestra como una mujer cuya ambición por el poder la lleva a la ejecución de acciones necesarias para la construcción de su anhelado Reino lleno de paz, amor, y cero esclavitud. La vemos ejecutando a tiranos, la vemos dictando sentencia de muerte a todo aquel que no se adecúa a sus pretensiones (como los Tarly y Lord Varys como observamos ayer). Y con la entrada de un supuesto heredero legítimo, esta ambición se exacerba, llevándola a la toma de acciones extremas y causantes de dolor para todes. Sin ánimos de dar la lata, solo apunto a esto para apoyar la ira de Daenerys, porque SÍ, el patriarcado nos duele y nos rompe, y a Daenerys Targaryen el patriarcado le arrebató el poder.

Uno de los sucesos más frustrantes y fomentadores de gritos histéricos -por mi parte- , fue la quema de Desembarco del Rey. Sin embargo, tengo unas inquietantes ganas de justificar este accionar. Si bien el hecho nos pareció decadente y catastrófico, ¿No era Desembarco del Rey una ciudad ya decadente y catastrófica? Si desde la temporada uno, el entorno en que se enmarcan los personajes nos revela que la concentración del poder se encuentra de Fortaleza roja para adentro, mientras el pueblo muere de hambre, carece de recursos y observa el despilfarro de riquezas que se producen en el reino, ¿No habrá sido Daenerys una especie de rompedora de cadenas en desembarco del rey? Quizás parece una perspectiva extrema e innecesaria, pero al pan pan vino vino: la brecha social en Desembarco es evidente.

Siguiendo esta línea de Kingslanding como foco de poder, me gustaría volver a la perspectiva extremadamente patriarcal de las leyes monárquicas para concluir esta crítica. Desembarco, como espacio de toma de decisiones desarrolla un historial de tradiciones/leyes que claramente debían ser abolidas, y qué mejor forma de destruirlas que con fuego. La ciudad parece representar todo aquello que debía ser borrado del mapa de los Siete Reinos, y si la ejecución de esto conllevaba a la quema de una ciudad entera, ¿ACASO NO ERA NECESARIO PARA LA CONSTRUCCIÓN DE UN REINO MÁS AFORTUNADO?

Quisiera dar cuenta, por último, que, pese a los argumentos que se han manifestado, la llama que enciende la ira popular contra HBO está más grande que nunca. La construcción de semejante personaje como lo es Daenerys – desbordado de empoderamiento y convicciones – ha sido destruido, o culminado, de una forma brutal con un enfoque que nos lleva hacia el odio irritable, ignorando – e invisibilizando- los hechos que la condujeron a actuar de manera tan irracional.