Opinión

Currículum, Historia y tecnocracia

Por: Tomás Eduardo Garay Pérez y José Miguel Garay Rivera / Publicado: 10.06.2019
La exclusión de Historia y su reemplazo por Formación Ciudadana, en los hechos, no significarán un avance o retroceso, mientras el paradigma tecnocrático que inspira la configuración del currículum y, por consiguiente, de los planes y programas de estudio, no haya sido mínimamente cuestionado.

Durante los últimos días hemos sido testigos de la discusión que se ha generado en el seno de la opinión pública a propósito del nuevo currículum para terceros y cuartos medios, recientemente aprobado por el Consejo Nacional de Educación y que entrará en vigor el año 2020, en el que tanto Historia como Educación Física dejarán de ser obligatorios pasando a ser asignaturas electivas.

En tal sentido, algunos de los argumentos esgrimidos por los opositores a la medida es que, al ser eliminados dos años de Historia, los contenidos impartidos sólo podrán abordarse superficialmente, sin llegar a comprenderse cabalmente procesos históricos complejos, además de excluirse una asignatura fundamental para el desarrollo del pensamiento crítico del estudiante. Sin embargo, consideramos que resulta necesario realizar un análisis mucho más profundo respecto de la configuración de las políticas públicas educativas y, por consiguiente, del diseño del currículum nacional, para plantear algunas ideas acerca del real alcance que tendría la aplicación de dicha medida.

Desde una perspectiva histórico-social, podemos señalar que, a partir del proceso de industrialización estadounidense (s. XIX), la visión tecnocrática de la educación se ha impuesto en los hechos a través de una dimensión pedagógica pragmática. Para esta visión, la educación tiene como fin la calificación de los ciudadanos de acuerdo a las necesidades del mundo del trabajo. Así, “Educar para el empleo se convirtió en la finalidad central de la educación” (Díaz Barriga, 2005, p. 23). La pedagogía pragmática transita a través de una lógica unidimensional: la educación busca desarrollar habilidades técnico-profesionales mediante el aprendizaje de las actitudes que buscan los empleadores (Díaz Barriga, 2005).

En consecuencia, la pedagogía pragmática tiende a la uniformidad, la homogeneización. Al imponerse en la conformación de planes y programas de estudio, la formación del estudiante se estandariza, reduciéndose la dimensión intelectual del docente para transformarse, en la práctica, en un ejecutante y cumplidor de programas. El docente pasa a ser una pieza más del entramado burocrático, un engranaje más de la cadena de producción.

Pensar, entonces, que el problema se encuentra en el rango de alcance del currículum educativo no es del todo acertado. La lógica neoliberal en las que se construyen las políticas públicas y educativas delimita con bastante anterioridad el abanico de posibilidades al respecto. En el Chile actual, una sucesión de reformas y cambios en materia educativas han desplazado con claridad a la formación ciudadana a segundo plano, constituyendo simultáneamente un ideal pedagógico donde la persona “flexible” y “polivalente” se alza como el objetivo a formar desde la educación más temprana. Este debilitamiento de la dimensión político-ciudadana en la educación ha conducido a una sobrevaloración de la racionalidad instrumental, convirtiendo el proceso formativo de las personas en una suerte de producción industrial sustentada sólo en estándares de rendimiento, pero que -como afirma Bustamante (2006)- ha olvidado toda acción pedagógica.

En efecto, y considerando que una función genérica de la educación es la preparación para que las nuevas generaciones puedan participar plenamente de la vida adulta, el giro hacia la marketización, la medición y el gerencialismo, termina regulando, restringiendo y oprimiendo los reales alcances de un cambio como el que se nos ha anunciado. En otras palabras, modificaciones superficiales en el orden de los elementos constitutivos del currículum no producen, necesariamente, consecuencias profundas (la vieja sentencia el orden de los factores no altera el producto). El currículum en sí es un dispositivo de control pensado para regular de una manera determinada el contenido de la educación, y los cambios que hoy se proponen, con toda seguridad, no apuntan hacia una modificación sustancial del propósito del currículum.

De ahí que nos atrevamos a plantear que la discusión debe tener un mayor grado de profundización para, de este modo, comprender el problema en toda su complejidad. La exclusión de Historia y su reemplazo por Formación Ciudadana, en los hechos, no significarán un avance o retroceso, mientras el paradigma tecnocrático que inspira la configuración del currículum y, por consiguiente, de los planes y programas de estudio, no haya sido mínimamente cuestionado. Por tanto, probablemente estamos en presencia de una excelente oportunidad para sincerar la discusión acerca de los fines que persigue la educación, y por ende, de la formación tanto del docente como del estudiante y de las aspiraciones, intereses, valores e ideas que confluyen en la configuración del currículum.

Tomás Eduardo Garay Pérez y José Miguel Garay Rivera
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