Tras dos semanas en pantalla, Amor a la Catalán abandona el tono trágico y oscuro de la producción anterior Pacto de sangre, y utiliza el humor para conquistar al público con una trama sobre dos matriarcas que se unen sin querer después de enviudar de la misma persona.

Ese hombre es Fernando Catalán interpretado por Cristián Campos, quien representa al patriarca de dos clanes muy distintos relacionados económicamente por el negocio de las panaderías. Regalar la misma joya o nombrar de la misma forma a sus dos mujeres son trucos que le sirven para no ser descubierto. Es un hombre de familia, de eso no hay duda, pues no conforme con una, forja dos. Y si bien actúa como padre amoroso y comprometido, es homofóbico y crítico de su hijo menor.

La línea argumental reproduce el mítico “sueño del pibe” de mantener relaciones con dos mujeres; una aporta estilo y la otra pasión. Entre bromas y risas, la bigamia es más frecuente de lo que se admite con una frontera muy difuminada, pues va de la mano con el adulterio. Surge de inmediato la pregunta: ¿es acaso imposible la monogamia en estos tiempos?

Tamara Acosta, Loreto Aravena y Álvaro Espinoza dejan atrás las lágrimas y la violencia de Pacto de Sangre para encarnar personajes más livianos que dan cuenta de su versatilidad actoral. El cambio de Tamara Acosta es radical y con esta actuación muestra su lado más sensual y escotado. Como segunda esposa tiene plena conciencia de la existencia de su rival, y determinación a toda prueba para defender su lugar en el negocio. 

El otro rol protagónico está a cargo de Catalina Guerra, quien es la esposa legal en este triángulo. Se entera del engaño el mismo día del funeral y, además de lidiar con la humillación pública, enfrenta la necesidad de salir de su jaula de oro para trabajar. Más allá del rol de madres abnegadas, esta comedia presenta a dos mujeres maduras y sexualmente activas como protagonistas que se sobreponen a la viudez y deben resolver sus discrepancias para cooperar entre ellas aunque no les guste y les sea doloroso.

En cuanto a la segunda trama argumental, los amantes atormentados son interpretados por Daniela Ramírez y Matías Assler. Se enteran de su lazo fraterno después de hacer el amor. El incesto se les instala como una sombra enloquecedora. Tabú nada fácil de tratar frente al gran público. A esta mezcla de ingredientes se agregan la novia obsesiva, quien inventa un embarazo para asegurar el matrimonio y los inmigrantes que le dan sabor a cada capítulo. 

San Miguel, tan lejos de Lo Curro

Isabel Catalán, interpretada por  Catalina Guerra, se refiere en uno de los primeros capítulos a “esa vida marginal en San Miguel” poniendo de manifiesto el clasismo característico de nuestra sociedad. Se plantea una mirada desde las alturas donde todo más abajo de Manquehue es periferia. La vida es cómoda, limpia y ordenada en Lo Curro. 

La familia Catalán de San Miguel no encaja del todo con el barrio. Será porque crecí y estudié en esas calles que reconozco las casas y el oficio de la panadería, ¿cuántas madres son famosas por sus empanadas? Pero no hablan así, no se comportan de esa manera. 

Quizá algo de razón tiene el espejo que se nos presenta. En dictadura era común que los cadenazos en la zona del actual Museo Abierto cortaran la luz de todo el barrio, y también eran comunes los bombazos al Banco del Estado del paradero once. Durante esas noches se reunía la familia a la luz de las velas junto a la radio a pilas.

Robos, correrías por los tejados, balaceras en La Legua, la cárcel de San Miguel con su triste pasado. Mejor hablar de panes. San Miguel tiene esa mezcla de barrio bien, conectado al centro por metro y avenidas. Sobreviven casonas de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, muchas otras han desaparecido y hoy son moles de concreto, torres de departamentos que tapan la cordillera. 

En las fiestas de colegio se escuchaba a Los Prisioneros, máximos ídolos de la comuna, en sus videos nuestras preocupaciones, nuestros patios y nuestras industrias. A pesar de sus aciertos, El San Miguel pincelado por Amor a la Catalán se me figura más un mundo de juguete, una caricatura perfilada por un ojo ajeno.

Cambiar la receta

La comedia nunca pasará de moda, porque la comedia es universal, pero la narrativa jerarquizada desde la diferencia social entre ricos y pobres se agota en el presente, es una fórmula gastada. Podría ser una buena oportunidad para la experimentación y la transversalidad, para mezclar lenguajes y artes. La paleta a disposición de los creativos es extensa: títeres, sombras, atmósferas, genuina sensualidad, cientos de estilos de ilustración, nuevos recursos narrativos, enfoques. La acción al son de otra banda sonora. 

La inspiración podría estar entre las defensoras del patrimonio y los espacios culturales, entre los doctores del hospital San José o el mismo Barros Luco. Entre los nómades o quienes cuidan ríos, cerros, animales y humedales. Tanto donde poner el lente. El Wallmapu, por dar un ejemplo nacional, o el Maipo por hablar de Santiago; infinidad de personajes interesantes. 

Será que al crecer con la televisión de los ochenta y de los noventa y escuchar tanto eslogan sobre el amor se pierde el misterio y se anticipa el libreto. No hay identificación ni sorpresa, es un producto conocido. 

Dice Amor a la Catalán que en la puerta del horno se quema el pan, será buen momento entonces para cambiar la receta, atreverse a mezclar otros elementos que nos exploren mejor y nos encasillen menos. En vez de conformarnos con revisitar por enésima vez el cuesco del amor, mejor lanzarse a encontrar a esos héroes silenciosos fuera del molde que hoy están entre nosotros. La musa de nuestros tiempos se llama realidad.