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Patrimonio al límite: Las costumbres de un Valparaíso que se derrumba

Por: Diego Alonso Bravo C. / Publicado: 21.08.2019
Registro del derrumbe pasado. / Foto: Agencia Uno. / Registro del derrumbe pasado. / Foto: Agencia Uno.
Son tres categorías las que influyen en la arquitectura del puerto principal: la de Unesco (que se subordina a la legislación del país), la de ley de monumentos nacionales, y la del plan regulador comunal. Que los inmuebles no puedan ser intervenidos es una idea errónea que los porteños han perpetuado, según las autoridades municipales. Esta es una discusión que tiene de fondo el derrumbe del pasado 13 de agosto, y que apunta finalmente al comportamiento de los habitantes.

Poco después de las 14:00 horas se supo la noticia. Las gestiones del entonces alcalde de Valparaíso, Hernán Pinto, rindieron frutos. El 2 de julio de 2003, Valparaíso, el principal puerto de Chile, se transformaba en patrimonio de la humanidad. Fue por votación unánime del Consejo de Patrimonio de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Desde entonces, el casco antiguo de la comuna, 27 hectáreas compuestas por casas y edificios que evocan la arquitectura inglesa del siglo XIX, desde el sector de la Aduana hasta la Plaza Aníbal Pinto, más algunas partes de los cerros Alegre y Concepción, comenzaban a tomar la misma importancia y a tener el mismo valor a nivel internacional que la Isla de Pascua, las iglesias de Chiloé, las ruinas peruanas de Machu Picchu o el Taj Mahal indio.

Lo que busca la definición de patrimonio de la Unesco es ir más allá del tiempo. Así lo explican en sus documentos oficiales:

El patrimonio es el legado que recibimos del pasado, lo que vivimos en el presente y lo que transmitimos a las futuras generaciones. Nuestro patrimonio cultural y natural es una fuente insustituible de vida e inspiración, nuestra piedra de toque, nuestro punto de referencia, nuestra identidad. Lo que hace que el concepto de Patrimonio Mundial sea excepcional es su aplicación universal. Los sitios de Patrimonio Mundial pertenecen a todos los pueblos del mundo, independientemente del territorio en que esté localizados”.

Desde 1972 la Unesco trabaja sobre un protocolo relativo a la defensa y preservación de dicho patrimonio. Respetando la soberanía de los países en los que se erigen, los seleccionados son zonas “en cuya protección la comunidad internacional entera tiene el deber de cooperar”. La clave para tal disposición, según se lee en los documentos mismos de la organización, está en el “valor universal excepcional”, frase que agrupa ciertas condiciones: que represente la genialidad del creador humano, que sea evidencia de un intercambio considerable de influencias, que aporte un testimonio excepcional sobre una tradición cultura, entre otras.

Pero ese no es el único reconocimiento relativo a la preservación de edificios que tiene el puerto.

María José Larrondo, arquitecta y encargada de patrimonio municipal, detalla: “El patrimonio en Valparaíso tiene diversas esferas en términos urbanos: la nacional, a través de la ley 17.288 de monumentos nacionales, la que tiene declarada dos zonas típicas: el área histórica y una zona de la exmaestranza de Barón, además de varios inmuebles como monumentos históricos. Otra esfera es la local, a través del plan regulador comunal que considera una gran zona de conservación histórica y más de 900 inmuebles como inmuebles de conservación histórica. Y por último, está el área inscrita en Unesco”.

Explica Larrondo que lo que prevalece dentro de todas estas categorizaciones es la legislación nacional. Es decir, para este caso son la zona típica, monumentos históricos, inmuebles de conservación histórica y la zona de conservación histórica. Nada tiene que ver la organización internacional. Y en el papel sobre la misma intervención y evaluación de inmuebles con riesgo de derrumbe que pueda pelear con la categoría de patrimonio, no hay importantes restricciones.

El desastre del 13 de agosto pudo haberse evitado. Porque la caída del Valparaíso depende de la cultura.

Comportamiento

El lunes pasado, en conversación con radio Cooperativa, el alcalde Jorge Sharp señaló que en la comuna existen 9.042 requerimientos de vivienda, de las cuales 4.065 están en mal estado o requieren mantención, de acuerdo al último Censo. Dicha situación impulsó una solicitud por parte de la autoridad comunal hacia el Gobierno de mil millones de dólares, con el objetivo de encontrar una solución completa. Dinero distinto a los mil millones de pesos que el ministro de Vivienda, Christian Monckeberg, aseguró para las demoliciones de seis inmuebles que hoy en día cumplen con las condiciones de ser echados por tierra (es decir, que puedan poner en peligro la vida o la integridad física de las personas). De acuerdo al mismo edil, desde que él asumió se han ejecutado 17 demoliciones, todas dentro del calendario propio.

“Construir en Valparaíso no es como construir en otro lugar de Chile -precisó el alcalde Sharp- no supone recuperar una casa antigua o no. Sino que supone construir muros de contención, paredes, escaleras, accesos especiales, porque las casas de nuestra ciudad están ubicadas en geografías particulares: cerros y quebradas. Los subsidios e instrumentos que tiene el estado para resolver estos problemas son insuficientes. Están hechos para situaciones estándar, no situaciones especiales. Nosotros proponemos inyectar mil millones de dólares precisamente a esas cuatro mil casas, que permitan recuperarlas en un breve tiempo (…) Estamos frente a una ciudad que en algún momento la humanidad lo declaró su patrimonio”.

Los ingresos comunales del puerto para acciones de este tipo se ven limitados por la deuda de 70 mil millones de pesos que el gobierno local debe palear.

María José Larrondo cuenta que, más allá de los números, la categorización de patrimonio condiciona los trabajos.

Por una parte, dicha etiqueta refleja “un vuelco que las comunidades han dado para defender sus barrios y donde ven que edificios o construcciones que irrumpen abruptamente en el habitar cotidiano, afecta sus calidades de vida. Por lo que las declaratorias patrimoniales vienen a solucionar un problema inmediato de defender para evitar la destrucción total, son una manera en que se vio la opción de evitar la irrupción violenta del paisaje urbano, pero muchas veces ha sido una medida para evitar la destrucción y no una medida para defender lo que se tiene. Así, el deterioro no fue tema en el momento y viene a repercutir posteriormente”.

Por otro lado, estaban los requisitos para que eso del patrimonio funcionara.

La arquitecta explica que el conflicto estaba en “el mito que ronda respecto que al ser patrimonio no se toca. El ser patrimonio lleva la responsabilidad de mantener y conservar, pero la mayoría son propiedades privadas, y al no tener incentivos ni una política patrimonial, termina siendo un agravante. Finalmente se actúa cuando el deterioro es tal, que el costo es superior. No tenemos una cultura de la conservación”.

A este comportamiento de defensa de la arquitectura y desidia en la preservación, se suman los problemas invisibles de la infraestructura de la ciudad: “Desde xilófonos a filtraciones de agua, que van deteriorando de manera paulatina que y que al no existir políticas públicas claras, ni planificaciones estratégicas y consensuadas, cada uno vela por su metro cuadrado”.

“Sin ir más lejos, la ley de monumentos establece la responsabilidad de mantención en el propietario, aunque sea una zona de una ciudad; por otro lado el Estado o el municipio no se pueden meter en la propiedad privada, aunque sea patrimonio. Y el mayor problema lo tiene la falta de conocimiento. No podemos cuidar lo que no valoramos y no valoramos lo que no conocemos”, precisa Larrondo.

Un efecto que tuvo en Valparaíso las distintas categorizaciones de patrimonio fue el cambio de los porteños. Lo de Unesco conllevó un trabajo que, para Larrondo, fue “monofuncional”: subsidios para negocios, procesos de “turistificación”, gentrificación (expulsión de unos habitantes por otros). También comenzó el uso de viviendas en el primer piso, dejando abandonado el segundo. “Lo que lleva a tener una ciudad no pensada ni habitada. Nos acostumbramos a ver el patrimonio como un monumento objeto y se nos olvida la historia y la vida de una ciudad. ¿Si no hay habitantes, para quién la reparo?”, indica la arquitecta.

En definitiva, todas las decisiones que se tomaron fueron pensadas por si solas, no como un gran plan urbanístico.

Peligro

Con todo, los factores que influyen derrumbes pueden ser varios.

El director del instituto de Geografía de la Universidad Católica de Valparaíso y magíster en urbanismo, Luis Álvarez, adelantó el deterioro del suelo en siete cerros porteños. El respaldo para dicha afirmación es el resultado de un estudio sistemático que han hecho desde la oficina que dirige.

“Actualmente estamos en el inicio de una megasequía, pero hace 30 años tuvimos precipitaciones abundantes y son estas las que hoy comienzan a manifestarse en las capas del subsuelo. Lo más crítico en el colapso es la pérdida estructural en el zócalo de las construcciones por la proyección de lo que sucede en el subsuelo”, explicó Álvarez en entrevista con El Mercurio de Valparaíso.

De forma preventiva, el académico sugiere un escaneo constante.

Lo que está en juego es el día a día de los porteños. “El patrimonio –cuenta María José Larrondo- para algunos puede ser objeto de estudio y admiración, para otros es nuestro lugar de trabajo; para otros es parte del cotidiano vivir y las comunidades ven la lucha por la defensa del patrimonio, la defensa de la vida de barrio, de reconocer que somos comunidad y que la historia que a duras penas soportan los edificios en realidad nos dice quiénes somos y para dónde queremos ir. El patrimonio no es arraigarse a la ruina: el patrimonio debiese ser la luz de despertar, de querer recobrar, de querer ser parte de algo que nos hace comunes”.

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