En 1927 en un texto titulado “Viajar”, Gabriela Mistral, nuestra Premio Nobel chilena y autoexiliada por casi 35 años de su vida señalaba que “La embriaguez del viaje aumenta por año: en el 2000 se señalará como un albino a aquel que no lleva en el cuerpo el olor de sus cuatro Continentes, y el no haber estado en Melbourne o en el Tíbet creará a un hombre situación embarazosa en una conversación”.

Reflexioné sobre las palabras de Mistral cuando escuché las embarazosas conversaciones que intentaban justificar una Marcha por la chilenidad convocada para el pasado domingo 11 de agosto; día en que además se celebraba en el país el día del niño/a. Fue uno de esos momentos tristes en que tuvimos que explicarle a la infancia las deudas que los adultos tenemos con el mundo.

Entre las frases que circularon en torno a la manifestación se encontraban: Una marcha por Chile, familias chilenas primero, políticos anti-chilenos escuchen al pueblo. Al mismo tiempo, se hablaba de la necesidad de cerrar fronteras para hacer un inventario para ver que hay o que no hay y de elegir o preferir a los chilenos, incluso se proponía portar armas durante la actividad convocada en un espacio público, es decir, que nos pertenece a todos/as.

Analizando estos discursos, me llama la atención, entre otras cosas, el apelo al nacionalismo, al concepto de familia (obviamente entendida como familia tradicional), a un llamado anti-chilenismo y a la agresión. Me sorprende además la figura del inventario, donde la nación aparece representada como una bodega compuesta por bienes y cosas, es decir, como algo muerto.

Estos discursos nacionalistas se actualizan en estos días a propósito de las Fiestas patrias y de la emergencia de fondas y ramadas multiculturales.  Analizando estas consignas puedo reconocer como se moviliza una idea de elección que me hace ruido y que además me hace pensar en la recientemente anunciada reforma curricular chilena que a partir del año 2020 eliminaría la obligatoriedad de la historia en tercer y cuarto año de enseñanza media. Pienso en esta reforma por lo significativo que resulta pensar esta disciplina en escenarios como este y por su propuesta de otorgar mayor electividad para que los/as estudiantes puedan escoger las disciplinas que integren su plan de estudio, donde la historia sería una de las varias disciplinas que se ofrecen.

Pienso que la historia como disciplina escolar no puede ser reducida a una especie de abanico de conocimientos y habilidades que podrían plegarse o desplegarse en más o menos años, como si el estudio de la historia correspondiese a una mera transmisión de conocimientos que podrían condensarse. La historia constituye una experiencia transformadora donde cada uno/a de nosotros/as puede reconocerse como sujeto histórico, herederos/as de un pasado y situados/as en un tiempo y espacio. Por eso no puede ser reemplazada por otra disciplina escolar, que funcione como suplemento, agregando aquello que podríamos decir, implícitamente, se entendería como incompleto.

Creo necesario rechazar discursos y prácticas que discriminan. La libertad de expresión tiene como límite la dignidad de las personas, reconociendo también sus diversidades. Chile es un país comprometido con los Derechos Humanos y que además posee una historia de migraciones, lo que nos debería interpelar para pensar nuestra educación y nuestra enseñanza de la historia.

Por eso, desde un compromiso ético defiendo el estudio de la historia a lo largo de toda la enseñanza escolar chilena por considerarla una experiencia transformadora que debe ser asegurada como derecho para todos/as nuestros/as estudiantes. Espero que en historia podamos estudiar desde esos hombres ilustres exaltados por la historiografía tradicional hasta los sujetos más excluidos como las mujeres y la población negra. Que reconozcamos a Bernardo O´Higgins, de padre irlandés y considerado uno de los Padres de la Patria; a Manuel Blanco Encalada, argentino de padre español y madre chilena y quien sería para algunos el primero en ostentar el título de Presidente de la República de Chile y al venezolano Andrés Bello, primer rector de la Universidad de Chile. Que reconozcamos también a la alemana Juana Gremler, primera directora del liceo N°1 de niñas de Santiago; al brasilero Paulo Freire, quien trabajó por la alfabetización de los campesinos chilenos y a toda la población negra que habitó nuestro territorio. También a la propia Gabriela Mistral, quien vivió gran parte de su vida como extranjera y a las personas migrantes de diferentes épocas; incluyendo a todos/as los/as chilenos/as forzados/as a dejar el país por el exilio.

Creo que debemos pensar la historia y la educación como campos de batalla para que discursos de odio no se instalen como legítimos. Porque no todo se puede elegir, no todo se puede expresar públicamente y no todo se puede olvidar. Porque nos hace falta seguir escuchando a nuestra Nobel autoexiliada cuando decía que “Escuela de humildades es el viaje. Desembarcar sin abrazos, ser en el hotel una cifra como en el presidio; transformarse en dato de pasaporte para una alcaldía y no tener nostalgias de individualizaciones ni de privilegio local, resulta a la larga más útil para perder vanidad que una lectura de Marco Aurelio”.

Porque nos hace falta perder esa vanidad que según la RAE significa arrogancia, caducidad, inutilidad e ilusión. Porque creo que estudiar historia podría representar ese viaje del que nos hablaba Mistral; ese que nos permita vivir esa experiencia transformadora donde cada uno/a de nosotros/as pueda reconocerse como sujeto histórico, herederos/as de un pasado y situados/as en un tiempo y espacio. Discutamos esa ya tan manoseada idea de elección para descolonizar nuestros discursos, incluyendo los históricos.

¡Qué diría Mistral si nos escuchase discutiendo esto el 2019! Creo que todavía nos hace mucha falta estudiar historia; no tenemos elección.


Doctora en Educación. Académica Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación.