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Saqueos, violencia y capuchas: El despertar de Chile en los ojos de los adolescentes de Santiago sur

Por: Josefa Barraza Díaz / Publicado: 29.11.2019
Manifestaciones en Plaza Puente Alto. / Fuente: Agencia Uno (archivo). / Manifestaciones en Plaza Puente Alto. / Fuente: Agencia Uno (archivo).
Entre sitios eriazos, pobreza y delincuencia, niños y jóvenes conviven con el estigma de ser marginados por el sistema y la sociedad. A continuación, el estallido social desde la mirada de quienes son tratados de encapuchados, saqueadores o delincuentes.

En los alrededores de Avenida Santa Rosa, un joven camina y canta con voz delicada: “El que no salta es paco”. Mientras, el recorrido 209 irrumpe con su motor. El adolescente sigue su trayecto, a pesar del sofocante calor. Se cruzan en su camino dos perros esqueléticos que jadean en busca de agua. Su mirada está cansada, sus pantalones desgastados y sus zapatos rotos. Pero camina con la frente en alto. 

Él es Carlos*.

No hay nada que perder

“Me libera tirarle piedras a los pacos, no tienen ni un brillo”, afirma Carlos (16), sentado a unas cuantas cuadras de su casa, en Bajos de Mena, Puente Alto. Desde que tiene memoria, la pobreza y la precariedad han marcado su vida. Su madre, con un leve déficit intelectual, trató de mantenerlos a él y a su hermano menor, mientras su padre se casaba con otra mujer para armar una nueva familia, olvidándolos. Cuando era niño, Carlos fue diagnosticado con un grave problema ocular, pero su madre no contaba con el dinero suficiente para iniciar el tratamiento de lentes ópticos, agravando su enfermedad.

Su desempeño escolar ha dejado mucho que desear, lo que ha provocado su expulsión de distintos colegios debido a su mala conducta. En su nueva escuela se ha sentido feliz y cómodo, a tal punto que los funcionarios costearon su tratamiento oftalmológico. Actualmente, con su madre y hermano viven de allegados en la casa de un familiar. Por su situación económica, a veces no les alcanza para comer, por lo que Carlos debe desayunar y almorzar en su escuela. Hace un par de días se enteró que repitió octavo básico. Ante esto, tomó la decisión de irse a vivir a La Serena con su padre. 

Las últimas semanas ha dormido poco. Desde el 18 de octubre, la calle y el centro de Puente Alto se han transformado en su segundo hogar, asistiendo a cada manifestación pactada.

“El sábado 19 de octubre me pasaron a buscar unos amigos para ir a protestar, y como no estaban pasando micros por Bajos de Mena, nos tuvimos que ir a pata. Caminamos caleta. Cuando estábamos llegando al centro nos dicen que estaban saqueando un súper. Nos miramos con los cabros y tres de ellos fueron al toque pa’ allá. Una amiga me agarró del brazo y me pidió que no lo hiciera. Me quede con ella”, relata Carlos, mientras juega con una mecha de pelo en su frente. Un ruido lo distrae, pero continúa contando lo que considera una anécdota: “Con mi amiga nos pusimos a esperar a los chiquillos afuera del super. Estaban todos saqueandolo, así que llegaron los pacos y tiraron lacrimógenas”. 

Sus amigos salieron con un bolso que contenía papas fritas, ramitas y suflés. Después de juntarse todos, corrieron hasta una plaza de juegos que había a un par de cuadras, en donde descansaron en el pasto por un largo rato. A pesar de salir gloriosos de su huida, un auto gris llamó la atención de todos: “Ese auto era super raro porque estaba en la plaza y vigilaba todo lo que pasaba. Hasta que cachamos que eran puros pacos de civil. ¿Qué hacían en una plaza? No lo sé”, recuerda.

Al llegar la noche de aquel sábado —el toque de queda continuaba—, Carlos intentaba dormir. Una y otra vez se dió vueltas en su cama; todo en vano. Un centenar de disparos a las afueras de su hogar impedían que durmiera. La situación se repitió en reiteradas ocasiones: “Afuera se escuchaban hartos balazos, el helicóptero se paseaba y me daba jaqueca. Esos dos sonidos hacían que no pudiera dormir por el dolor que tenía”, recuerda. 

Carlos iba a la plaza de Puente Alto a protestar todos los días. Pronto se dió cuenta que la pasividad no era su camino. Las fuerzas especiales los reprimían con violencia: “En una de las protestas de finales de octubre tuve que ayudar a un cabro como de 20 años con perdigones en sus piernas. No podía caminar. Los chiquillos que hacen de hospital de emergencia lo ayudaron. Ví eso y me dio rabia porque solo estábamos marchando”, cuenta. Después de esa escena, su forma de luchar cambió por completo. Hizo de su polera una capucha, y de la capucha una armadura. 

“Siempre que veo a los pacos les tiró piedras, a veces agarro camotes o estoy cerca de las barricadas. Es una forma de desquitarme. Nadie nos pesca. A nadie le importamos”, explica. Dice no sentir miedo; al contrario, se siente muy bien. Su madre está al tanto de esta situación y lo apoya. “Mi mamá está tranquila. Un día mi hermano menor llegó con cremas y unas pinturas (cosméticos), creo que las rescató de un saqueo, y se las llevó porque sabía que se iba a poner contenta porque no tiene”. 

Mientras siga viviendo en Santiago, Carlos seguirá asistiendo a las manifestaciones como encapuchado. Asegura que no es de los que saquea, y que no lo hará nunca, aunque no tenga nada. 

Fuente: Agencia Uno.

Entre el miedo y el coraje

“La verdad pasó más tiempo en marchas que en mi casa”, confiesa Andrés (14), mientras camina por los alrededores del paradero 48 de Santa Rosa, en La Pintana. Nacido y criado en la calle Juanita, vive solo con su madre, quien es auxiliar de aseo en una constructora. Su padre falleció en 2016. “Mi papá un año antes se puso a consumir drogas, dejó todo tirado. Y para poder consumir, se puso a trabajar para una banda de narcos. Un día, un loco le pidió fiado y mi papá se negó. El loco le quitó la pistola con la que andaba y le dio tres disparos”, cuenta mirando al suelo.

Durante el juicio por el asesinato de su padre, su madre debió observar fotografías del cuerpo de su esposo, lo que generó que sufriera de crisis de pánico y depresión. “Mi mamá quedó súper mal. Lo bueno que ahora está con licencia mental así que no debe ir a trabajar. Antes teníamos una vida súper buena, mi papá era feriante, pero por la droga perdimos todo”. 

Desde iniciado el estallido social ha marchado por el centro de Puente Alto. Cada vez que puede le insiste a compañeros de curso y amigos de su población para que lo acompañen, recibiendo negativas respuestas de parte de ellos. Por otra parte, su madre le teme a las manifestaciones. “Un día, iba caminando con mi mamá por unas tiendas del centro de Puente, cuando de la nada aparecen hartos cabros marchando. Miró pal lado y mi mamá ya estaba en los colectivos esperando uno. La tuve que ir a buscar. Les tiene terror”, cuenta como riéndose. 

Para él, las marchas son algo especial: “Cuando veo que quieren saquear, le digo a los compañeros (manifestantes), que lo evitemos. Entre los que estamos ahí hacemos cadena humana y les pedimos a los saqueadores que se vayan, que no ensucien la lucha. Hace unas semanas querían saquear el Preunic, les pegamos unas patas para que se fueran, y funcionó. Nos respetan”, comenta con orgullo. Detiene su andar, toma asiento en una cuneta. Por primera vez, su rostro refleja seriedad. Confiesa que desde que inició el estallido social le teme a Carabineros: “Antes los miraba y no sé, era distinto, pero ahora  los veo y me da miedo. Han torturado, violado y asesinado a gente inocente. El otro día estaba en una protesta en Las Mercedes y a un cabro le dió una crisis de pánico de tan sólo escuchar los disparos de las lacrimógenas. Entre todos lo acompañamos, porque así somos. Más encima, tenemos a los cabros de la primera línea que siempre nos protegen. Uno se siente seguro con ellos”, relata. 

Respira profundo, se ríe. Al parecer un recuerdo le causó gracia. Inicia un nuevo relato, el que trata sobre la vez que estuvo más cerca de ser detenido. Fue a finales de octubre, durante una marcha pacífica, la que terminó con incidentes. “Esa vez corrimos con hartos cabros por la calle del caracol, justo había un retén móvil. Lo peor es que corrí solo por una calle, me metí a una mueblería porque no sabía qué hacer. El dueño me intentó echar, pero le suplique que me dejara esconder. Me dijo que bueno, ya. Entran los pacos y me escondí en un sillón. El señor habló con ellos y se fueron. Desde ese momento me aprendí todos mi derechos por sí acaso”, narra.

El peor recuerdo que tiene de las marchas es de aquella vez que vió a un niño de 12 años con una grave herida de perdigón en uno de sus dedos, y que los gritos de auxilio del menor le repercutieron por largas horas.

Andrés lucha a través del miedo y el coraje. El temor hacia una fuerza policial y el volver a perderlo todo, cuando ya no tienes nada. Su lucha principal es devolver la dignidad a la gente, a los pobladores, a los pobres y por sobre, dice, todo a su madre.  

Espero que nunca lo sepa

En algún lugar de La Pintana, escucha música y camina cabizbajo un adolescente de 17 años. Su nombre es Jonathan. Mira cada cosa que se topa en su camino. Ningún detalle se le pasa por alto. La población El Castillo es su refugio. Se acomoda en una improvisada silla, cruza sus brazos y comienza a relatar lo que ha tratado de esconder por tanto tiempo. 

“Cuando tenía 14 años me metí a una banda porque necesitaba soltar la rabia que tenía en mi cuerpo. Todos los días me agarraba a balazos con locos de otras bandas. No me importaba si me mataban. Hartas veces asaltamos gente, o peleamos con locos que no tenían nada que ver. Pero quede así después de haber estado en el Sename. El Sename te deja mal, querí puro vengarte del mundo”, cuenta nervioso. Jonathan mira atento hacia el suelo y confiesa que a sus 14 años comenzó a ingerir drogas y clonazepam para conciliar el sueño, al extremo de intoxicarse. “La conciencia no te deja dormir. Hice tantas cosas malas cuando chico que recordaba y no podía dormir, por eso me tomaba unas clona”. 

Recuerda que uno de los peores momentos que vivió en su época delictual fue una balacera en las cercanías de una plaza de juegos. Mientras había fuego cruzado entre su banda y la rival, un niño paseaba por la zona. Al verlo y darse cuenta del daño que podía provocar, soltó su pistola y escapó: “Ese niño no tenía la culpa. No quería hacerle nada”.

Muchas veces fue detenido por Carabineros. Desde entonces, su odio por ellos ha ido creciendo. “Cuando los pacos me tomaban preso, me pegaban caleta, y yo con suerte tenía 14 años. Ellos no me podían pegar. Una vez me pegaron tantos lumazos que tuve morado por días”, dice con mirada enojada y señalando con su dedo zonas de su espalda. 

Esa quedó en el pasado cuando conoció a su polola, quien le exigió que dejará sus malos pasos. Todo iba viento en popa, Jonathan había dejado de consumir y decidió retomar sus estudios, hasta que su polola le contó que estaba embarazada. Su familia lo apoyó, pero el bajo sueldo de su madre hizo que volviera a delinquir para poder mantener al bebé que venía en camino. “Una noche, quedé con unos amigos para robar, pero justo mi polola me pilló, solté la pistola y me fui con ella. Después nació mi hijo y cambié, ahora soy mejor persona”, cuenta orgulloso.

Durante el estallido social, Jonathan escuchó que iba a existir desabastecimiento, por lo que fue a saquear un supermercado. “Las cosas que saqué fueron toallitas húmedas y unos tarros de leche. Pañales no habían, pero no importa, por primera vez mi niño tenía cosas de marca”, recuerda. También comenta que durante los saqueos vio cómo las personas que salían con plasmas de supermercados, eran asaltados con cuchillos y pistolas por bandas, a las afueras de estos recintos. 

En cuanto a lo económico, los 300 mil pesos que gana su madre solo les alcanza para comer y pagar deudas. Además, confiesa que no lo dejan ir a marchas, porque su familia sabe que si ve a los carabineros, su violencia resurgiría. “Prefiero no ir (a marchas), porque me voy a portar mal y no quiero que mi hijo pierda a su papá. Fui muy malo. No quiero que nunca sepa que su papá fue un delincuente”.

(*) Los nombres de los menores de edad fueron cambiados para resguardar su identidad y bienestar físico y psicológico.

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