Opinión

Junto a los sueños, proyectos y luchas de las trabajadoras sexuales

Por: María Emilia Tijoux / Publicado: 12.02.2020
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Hablar de trabajo sexual permite ampliar la percepción frente a esta actividad, pues no se trata solamente de la “prostitución”, sino del conjunto de la industria del sexo, que considera las nuevas tecnologías adaptadas al trabajo, a sus diversas modalidades, a la diversidad y la especialización que forman parte del mundo del trabajo.

El estudio Aportes de las trabajadoras sexuales a las economías de América Latina de la Red de Mujeres Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica  y el Caribe ( REDTRASEX) entrega datos muy interesantes sobre el trabajo sexual desde una muestra construida en seis países, que nos permite informarnos y entender el aporte que las trabajadoras sexuales han hecho a las economías nacionales. Un estudio que se agradece, pues tal como lo señala su presentación, proporciona antecedentes que no conocíamos, da cuenta de la participación de las mujeres como parte de la población trabajadora, devela la falta de regulación del trabajo sexual, hace visible los precedentes del trabajo sexual como parte del PIB de los países donde se lleva a cabo el estudio: Chile, Paraguay, Colombia, Costa Rica, República Dominicana y México y sobre todo nos acerca a unas vidas que estando tan lejos de las nuestras nos obliga a pensarnos para solo después buscar comprender las de ellas.

Agradezco esta nueva invitación de Fundación Margen para comentar este trabajo de investigación, cuestión compleja, pues son varios los puntos en que me gustaría detenerme, sobre todo cuando se trata del dato bien logrado que abre el interés a la interpretación y al análisis, pero habiendo mucho que decir, solo entregaré algunos puntos de vista sobre el lugar del trabajo y sobre las mujeres migrantes.

Los resultados de este trabajo hablan por sí solo. Quizás vale señalar que la violencia lo cruza de manera plural y eso es algo sobre lo que más adelante deberíamos reflexionar. Pero ante la fuerza de dicha violencia, es central ubica a estas trabajadoras sexuales en el campo del trabajo. Si seguimos a Marx, entendiendo al trabajo como la prolongación del ser humano, como una parte de la existencia individual que permite el reconocimiento de los demás y así construir solidaridad entre las y los individuos, el trabajo es un medio para lograr la determinación, pues define al ser humano cuando constituye su esencia. Este lugar que tiene el trabajo implica una relación con la naturaleza pues le permite a la trabajadora satisfacer sus necesidades. Pero además es el mismo trabajo que las nombra con una denominación opuesta a la lista de insultos que antes las señalaran. Hoy son ellas quienes han decidido llamarse trabajadoras sexuales.

Tomo a este propósito la definición de “prostitución” -muy pertinente a mi modo de ver- que entregara Gail Pheterson hace unos años y que entiende como aquellos intercambios económico-sexuales que han sido estigmatizados al interior de la economía sexual del patriarcado (Pheterson, 2001). Pero dicha estigmatización proviene del hecho que las mujeres soliciten pago por lo que ellas estiman, es un trabajo. Esto no quiere decir que las otras mujeres no trabajen, sino que deben aceptar las reglas del patriarcado, es decir, no hacer visible su trabajo y no exigir compensación financiera. Hablar de trabajo sexual permite ampliar la percepción frente a esta actividad, pues no se trata solamente de la “prostitución”, sino del conjunto de la industria del sexo, que considera las nuevas tecnologías adaptadas al trabajo, a sus diversas modalidades, a la diversidad y la especialización que forman parte del mundo del trabajo.

A propósito de la estigmatización que han vivido las mujeres que ejercen el trabajo sexual, Carol Leigh, militante feminista norteamericana que forjó la noción de trabajo sexual en el año 1978, trabajó con el objetivo de des-estigmatizar la prostitución cuando afirmara que el sexo es un trabajo, una actividad laboral a través de la cual una mujer obtiene un ingreso que le permite, gracias a las ganancias que obtiene, enfrentar los gastos que satisfacen sus necesidades personales como las de sus familias. Por otra parte, vale destacar el valor que tiene el trabajo sexual cuando corresponde a una autodefinición decidida por sus protagonistas, a un nombre que las saca del lugar de la anomia, de la desviación social o de la desadaptación y que también las distancia de aquel lugar de víctima que las reduce como personas e incluso las pueden conducir a la exclusión del mundo del trabajo.

Para Carol Leigh, trabajo sexual es “lo que hacen las mujeres” cuando las interacciones entre hombres y mujeres están regidas por una división del trabajo que pone a los hombres en una situación de dominación sobre las mujeres que a lo largo de los siglos ha logrado en éstas un “saber hacer”, podríamos decir una metodología que contiene las distintas técnicas que se usan para enfrentar el trabajo. Entonces cuando explican, por ejemplo, que se trata de un “servicio” este se puede entender como una acción o como un acto específico -que se vende- y se lleva a cabo para satisfacer a otro. Y dicho servicio como ocurre en cualquier trabajo, puede ser enriquecido y modificado, según la experiencia y el conocimiento que se adquiera a través de él.

Me parece importante además, señalar que este estudio, como otros que han estado realizando, son producto de muchos años de lucha de tantas mujeres que han ejercido o que ejercen el trabajo sexual en distintas partes del mundo y que se han unido, han discutido, se han formado e informado y sobre todo se han organizado hasta forjar un movimiento que tiene proyección y que defiende una identidad, es decir, que presenta dimensiones fundamentales para de la organización que construye un movimiento, sin olvidar que al interior se discute, se reflexiona y se trabaja para enfrentar diversos conflictos que les permiten crecer, tomar decisiones y consolidar objetivos.

Un segundo punto en el que me detendré proviene del perfil de las mujeres encuestadas y en particular de las mujeres inmigrantes que corresponden a distintas nacionalidades de la región, destacándose la presencia de mujeres del Caribe, de Ecuador y de Argentina. El estudio deja ver un alto porcentaje que necesita ser pensado a la luz de los desplazamientos de comunidades migrantes en la región. Espero que sea posible en una búsqueda posterior, responder a preguntas sobre los itinerarios de la migración por una parte y lo que experimentan durante el mismo. Preguntas como ¿por qué este alto porcentaje de mujeres migrantes? ¿Cuáles son los lazos que hay entre la trayectoria migratoria, la condición de inmigrante y el trabajo sexual?

Creo que en próximos estudios es importante examinar este protagonismo de las mujeres inmigrantes en el trabajo sexual y tal como lo señala el estudio, los datos entregan pistas para explorar en futuras investigaciones. Efectivamente el carácter itinerante de las mujeres que ejercen el trabajo sexual está atado a la búsqueda de mejores condiciones de existencia y ello conlleva a la preocupación por apoyar a la familia sea en el país de origen, en el de llegada o en alguno de los países donde por una u otra razón permanece la persona. Pero es también necesario acudir a los que nos dicen las fronteras, el trato policial, los viajes peligrosos, las entradas o salidas por pasos no habilitados, la presencia de coyotes. En suma, la violencia.

Hay muchos elementos a considerar, entre ellos el que siendo la mujer proveedora de la familia hay que considerar el envío de remesas que permite la supervivencia y por lo tanto la necesidad de tener un trabajo que se mantenga para cumplir con dicho rol de manutención familiar. Y señalar que para una mujer migrante encontrar trabajo es difícil. Hay que abordar sus decisiones también desde el prisma del racismo y los estereotipos raciales y sexuales que se han construido contra la mujer negra o la mujer mulata.

Son varios los elementos a considerar en los procesos de sexualización/racialización que hemos observado: elementos históricos ligados a la colonización y a la figura de la esclava como figura sin humanidad y desprovista de todo derecho; el lugar de lo blanco como ideal representativo de la civilización v/s la barbarie, elementos políticos vinculados al estado nación y a las políticas migratorias que datan de hace mucho y que han ido configurando modos racistas de tratar a determinados y determinadas comunidades de inmigrantes, elementos culturales atados a la idea de la diferenciación entre culturas e incluso a conceptos como multiculturalismo e interculturalidad que siempre dejan en un lugar de “cultura inferior” a quienes ya se les ha construido negativamente de ese modo, y así la lista de variadas dimensiones se suman para construir a un sujeto migrante y presentarlo negativamente a la sociedad a la que llega.

Es en estas condiciones de rechazo que viven las comunidades de inmigrantes y específicamente las mujeres, y si bien no he entrado en los estudios del trabajo sexual de las mujeres migrantes, me parece que habría que tomar en cuenta las condiciones objetivas y subjetivas que las llevan a tomar la decisión del trabajo sexual.

En este marco de estigmatización y de rechazo generalizado el esfuerzo de organización de un trabajo colectivo solo puede ser felicitado, especialmente cuando la crisis que enfrenta el país da cuenta de tantos mitos que terminan castigando a un mundo pobre y especialmente a quienes han quedado incluso excluidas a veces de ese mismo mundo.

Es indispensable que las organizaciones sociales, especialmente las organizaciones feministas que se preocupan por la vida y el futuro de las mujeres que han sido colocadas en el margen de las relaciones sociales, ingresen en la comprensión necesaria a sus vidas y sus experiencias, por fuera de todo juicio y de toda explicación superficial.

El cuerpo/los cuerpos dan cuenta de experiencias particulares repletas de un sacrificio poco imaginado, donde los castigos de han acumulado, donde la crueldad policial se ha afincado para destrozar vidas que merecen ser vividas como cualquier otra.

Por ahora vale que sepan que hay corazones que vibran con sus historias y sus luchas y que eso es un excelente punto de anclaje para seguir adelante con sus sueños y sus luchas.

Foto: María Emilia Tijoux, junto a Herminda González, Elena Reynaga e Irací Hassler, presentando “Aportes de las trabajadoras sexuales a las economías de América Latina”. Fundación Margen, Santiago de Chile, 29 enero 2020.

María Emilia Tijoux
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