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Opinión

Iván Moreira: el ridículo mayor de la decadente casta política chilena

Por: Richard Sandoval / Publicado: 20.02.2020
/ Foto: Agencia Uno
Moreira es el símbolo del político que llevamos treinta años viendo en la tele, agarrándose a combos, inventando una huelga de hambre por Pinochet, legislando con la biblia en la mano y beneficiándose de la corrupción que ha convertido a Chile en el paraíso de los empresarios que manejan a los políticos a su antojo con el fin de mantener intactos sus privilegios y la estructura de desigualdad social que nos consume.

Esta semana el senador Iván Moreira se ha instalado, otra vez, como el ridículo mayor de la política chilena. Un ridículo difícil de creer, de entender, de aceptar como real. Pero que es real. Es real porque estamos en Chile y en esta democracia de cartón pasan estas cosas. Aquí pueden ocurrir barbaridades como la denuncia de la tapa de un cuaderno por incitación a la violencia. Tapas con jóvenes grafiteros promocionados como arte urbano que, para un senador, significa una provocación que debe ser atendida con todas las energías de un parlamentario con un sueldo millonario.

Moreira, funcionario de la dictadura, alcalde de La Cisterna designado por la dictadura y diputado y senador desde 1993 a la fecha, ha quedado como un ridículo que es capaz de representar en su solo rostro y palabras la decadencia intelectual, ética, moral y política de la casta que gobierna este país en crisis, país sangrante y descreído. En Moreira se reúnen buena parte de las respuestas al porqué la valoración al sistema político chileno está en el suelo, con un tres por ciento de confianza hacia el Congreso, por ejemplo.

Estamos en Chile y Moreira es real. Es real que reclamó por las fotografías que ilustran las tapas de unos cuadernos escolares y es real que varias tiendas decidieron retirar esos cuadernos de sus vitrinas, de sus ofertas. No vaya a ser que alguna sensibilidad se vaya a herir. Es real que han pasado más de treinta años desde el fin de la dictadura y un senador que se declara pinochetista, que hace apología de la tiranía más cruel de nuestra historia, protagoniza hoy el escándalo político de la semana con argumentos propios de un fascista desquiciado.

Es por eso que estamos como estamos. Porque la decadencia de la calidad de nuestra política ha permitido que nos gobiernen sujetos como Moreira y tantos otros que se le parecen en sus formas y trayectorias. En Moreira vemos al político apernado, acomodado, al dirigente político que transforma a la política en su pega, una carrera funcionaria que sustenta una forma de vida privilegiada, dejando en el último lugar de relevancias el estudio de las leyes, el análisis elevado de la realidad nacional, amparándose en polémicas imbéciles, en fanatismos religiosos y peleas de pequeño matón contra el mundo para llamar la atención de la prensa.

Moreira es el símbolo del político que llevamos treinta años viendo en la tele, agarrándose a combos, inventando una huelga de hambre por Pinochet, legislando con la biblia en la mano y beneficiándose de la corrupción que ha convertido a Chile en el paraíso de los empresarios que manejan a los políticos a su antojo con el fin de mantener intactos sus privilegios y la estructura de desigualdad social que nos consume.

¿Por qué la población ha normalizado tanto la idea de que la política chilena es una mierda, que los políticos son todos corruptos, que el Congreso no sirve para nada? porque la población está cansada de ver en televisión a un tipo como Iván Moreira hablando de delincuencia, pidiendo que vuelva la pena de muerte para enfrentar a los delincuentes que han perdido respeto a los jueces. La población de la confianza del tres por ciento en el Congreso y el dos por ciento en los partidos políticos sabe que Iván Moreira pide mano dura contra los delincuentes siendo que él mismo es uno que perdió el respeto a los jueces, cuando la Justicia lo salvó del Caso Penta -ese donde le pidió el raspado de la olla a los empresarios para que le regalaran plata con boletas falsas- cobrándole 35 millones de pesos en doce cuotas.

Ese es Moreira, el ridículo mayor de la política chilena, el corrupto roba cámaras a punta de reflexiones idiotas, el que trata de “llorón” y “divo” a una víctima de Fernando Karadima. El que lleva en sus ojos marcadas las miserias de la política chilena que nos han llevado a la crisis de legitimidad que vivimos en cada esquina.

Richard Sandoval
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