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Opinión

La despedida

Por: Javiera Court Arrau / Publicado: 09.03.2020
/ Foto: Agencia Uno
¿Cuántas mujeres más despertaron después de haber sido abusadas, acosadas o hasta violadas ese lunes? Si yo; que soy lesbiana, feminista, activista lgbti, futbolista y me las doy de chora, llegue a sentirme muy culpable; no solo por lo que nos toco vivir con mi pareja, si no también por lo que pasó en la otra pieza de mi casa. ¿Cómo habrá sido para el resto? ¿Cuantas le creyeron a Piñera? ¿Hasta cuando la solución es que tengamos que vivir híper-alertas para evitar ser abordada por un machito?

Fue un día de locos. Un año bisiesto. Mientras en el río pasaban los barcos alegóricos, a pocos metros del caos, despedíamos la hermosa ciudad que le dio sentido a nuestra aventura por el sur de Chile. Ya no nos quedaba nada. Con mi polola volvimos a vivir en Santiago y el último sábado del verano nos despedimos invitando directamente a quienes queríamos estuvieran presentes. Fuiste uno de la lista.

Lo pasamos increíble. Conversamos, nos reímos, bailamos. Disfrutamos con todos los presentes. Cuanto extrañaremos a toda esa gente hermosa que se nos cruzó en Valdivia.

A eso de las 8 am del domingo terminó el evento. Como todavía habían ganas de continuar partimos a la casa. Cayeron los primeros en el sillón. En la pieza dormía una amiga que se había ido más temprano del carrete y hasta mi novia, que después de un rato se rindió a los brazos de Morfeo. Quedábamos solo tres.

Cuando el reloj ya marcaba las 11:30 y marzo se volvía una realidad, decidí acostarme. Pensé que se irían, pero me pidieron quedarse. Fui a la pieza, para darle una vuelta a cómo resolvíamos los espacios. Ya dormían dos chiquillos en el sillón. Sentado cabía solo uno de ustedes. Mi amiga se paró al baño y dijo que se iría a su casa. Te acostaste en la pieza y yo me fui a dormir.

Cruzaste el límite

Muy dormida te vi cuando entraste en nuestra pieza. Te metiste en la cama. Adentro. Ilusa y confiada pensé que había llegado mi hermano, quizás con compañía y que te había echado de la pieza. Que solo buscabas un espacio para dormir y que ya no quedaba ninguno más.

No pasó mucho rato cuando mi novia despertó indignada con tu presencia. No era para menos. Mientras recorría mi cintura se encontró con tu mano intrusa en ella. Muy enojada te decía algo, cuando intervine entresueños: “No ha pasado nada bonita, no debe haber donde más dormir”. Nunca sentí tu mano. Había sido un día extremadamente largo e intenso, yo sólo quería seguir durmiendo.

Me acurruque en mi polola y volví a caer. No se cuanto rato más pasó, cuando desperté. Tu mano forzaba la mía. Entrelazabas tus dedos con los míos para manipular mi mano, dentro de mi pieza, en mi cama, con fuerza; y yo te había defendido sólo segundos antes para que pudieras “descansar”. Salté de inmediato, te eché de la pieza y volví a acostarme. Así de agotada. Pero ella, que despertó con mi grito quedó inquieta.

Quería que te fueras de la casa y me pareció lógico. Me levanté. Para mi sorpresa mi hermano aún no llegaba, la cama donde habías estado durmiendo estaba vacía. Tu compañero ya no estaba, y los otros dos chiquillos aún dormían en el sillón. La indignación se apoderó de mi.

La cama donde dormías estaba VACIA. ¿A que entraste a nuestra pieza? ¿Qué pretendías hacer con mi mano mientras yo dormía? Miles de preguntas rondaban mi cabeza. La otra cama estaba vacía. La puerta de nuestra pieza estaba cerrada y podíamos haber estado desnudas cuando abriste la puerta sin si quiera tocar.

Yo todavía no sabía que mi pareja se había encontrado tu mano en mi cintura y la sensación de vulneración y de asco ya crecía rápidamente. Hasta que por fin te fuiste. Me escribiste que te disculpara. Que no perdiéramos la amistad por una tontera.

En el grupo  que compartimos, al igual que el amor por la camiseta, escribías en paralelo que la noche había sido loca. Que las drogas, que el alcohol. Tus justificaciones me molestaron. Pero luego, la situación tendría un giro doloroso. Pues tu entrada a mi pieza no había sido todo.

Nada lo justifica

Ella apenas tiene 20 años. A eso de las 6 am se quedaba dormida en un sillón del carrete. Le ofrecimos que se fuera a la casa, otra amiga la pasó a dejar. Dormía en el living hasta que llegamos nosotras. Como haríamos ruido le dije que se fuera a la pieza.

Cuando te fuiste a acostar a esa pieza, yo le iba a ofrecer irse a la nuestra. Como dijo que se iba, ni se lo mencioné. Pero salió del baño y le ganó el cansancio. Volvió a la pieza y te pidió un espacio en el futón. Probablemente confió en dormir ahí porque tu eras un amigo mío, suponía ser un lugar seguro.

Lo que le hiciste es ABUSO. No tenías ningún derecho de marcarla así. Afortunadamente, logró salir del estado de shock cuando agarraste su mano, con fuerza, para llevarla a tus genitales. Salió de la pieza. Se puso las zapatillas y se fue a su casa.

No se atrevió a decirle la verdad a tu amigo cuando le preguntó si había pasado algo. ¿Cómo volver a confiar en otro hombre desconocido en ese lugar? Solo se fue. Él se levantó y te lo preguntó a ti. ¿Qué le hiciste que se fue así? “Nada” contestaste descaradamente, “ella se sintió incomoda nada más”. No lo convenciste mucho, también prefirió irse.

Ahí fue cuando te metiste en nuestra pieza y en nuestra cama. Caliente. Entendiendo quizás, que las mujeres vinimos al mundo para masturbarte. Sin que te importara un carajo, que al igual que mi amiga, estábamos DORMIDAS. Eres asqueroso.

Con el pasar de las horas fui entendiendo bien lo que había pasado. Que hubo acoso, que hubo abuso y que todo fue en nuestra casa. Que te habías metido a la cama en calzoncillos. Que desperté contigo forzando mi mano. Que te había defendido antes. Que te dejé entrar a la pieza. La culpa.

Que quizás no sabias que lo que hacías estaba mal. Que de seguro, si lo habías hecho antes, nadie te había contado que eso no estaba bien. Que era acoso. Después de hablar con mi amiga y escuchar su relato dejé de buscar justificaciones para perdonarte. Ya no.

Pase esa noche sola en la casa y no pude dormir a mi lado de la cama. El lado donde te metiste. Casi no pude dormir. Si no recuerdo tu mano en mi cintura, ¿qué más no recuerdo? La idea me torturaba la cabeza.

La culpa no era nuestra

Al día siguiente, Sebastián Piñera, en el marco de la promulgación de la Ley Gabriela dijo “No es solo la voluntad de los hombres de abusar, sino también la de las mujeres de ser abusadas”. Fue en ese instante, al discrepar rotundamente con el mandatario, cuando me di cuenta de que efectivamente no tenías perdón. La culpa no era nuestra, era solo tuya.

Más allá de los intentos por arreglar sus dichos, el Presidente dijo clarito que las mujeres tenemos cierta “voluntad” de ser abusadas. Pero no. Cometimos un error. Fuimos confiadas. Creímos en ti. No nos imaginamos jamás que compartiendo el espacio contigo nuestros derechos, nuestro espacio y nuestros cuerpos serían vulnerados.

¿Cuántas mujeres más despertaron después de haber sido abusadas, acosadas o hasta violadas ese lunes? Si yo; que soy lesbiana, feminista, activista lgbti, futbolista y me las doy de chora, llegue a sentirme muy culpable; no solo por lo que nos toco vivir con mi pareja, si no también por lo que pasó en la otra pieza de mi casa. ¿Cómo habrá sido para el resto? ¿Cuantas le creyeron a Piñera? ¿Hasta cuando la solución es que tengamos que vivir híper-alertas para evitar ser abordada por un machito?

Siempre me caíste bien. Todavía me gustaría mucho poder ayudar a tu hija, si su sueño es ser futbolista. Ojalá que nunca más en tu vida abuses de alguien o acoses a otra mujer. No tengo idea si esto finalmente llegará a tribunales. Ni si quiera se si esta columna llegará a ti. Dijiste que fue “en vola’ de copete”, que no perdiéramos la amistad por esto, que ni si quiera te acordabas bien que había pasado. A nosotras no se nos va a olvidar nunca más en la vida.

Javiera Court Arrau
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