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Opinión

Volver a empezar

Por: Fernando Carrasco / Publicado: 09.04.2020
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Por un momento creímos habernos vuelto expertos en producirnos individualmente, y de esta forma herimos como si nada una experiencia que en los sesenta y en los setenta, sin ir más lejos, había nacido de un cruce entre una gran cantidad de prácticas. En lo personal, recuerdo gratamente cómo con Víctor Jara o con Luis Advis, quienes no venían del mundo de la música sino del teatro, trabajamos distintos proyectos colaborativos bajo la consigna del “arte para todos”, con gente de la danza, el diseño, las artes visuales, la fotografía, una realidad que hoy poseen en el mundo académico el nombre de transdisciplina.

A pesar de que en este país nos acostumbramos desde pequeños a lidiar con catástrofes, no recuerdo nada parecido a lo que enfrentamos por estos días. Estoy seguro de que somos muchas y muchos los que estamos en la misma condición, y este pie de igualdad, repentino y lleno de promesas, sirve para recordarnos que hay situaciones en las que las sensaciones particulares son apenas una secuela, un detalle. Porque las lamentaciones privadas de cada una y cada uno de nosotros acaban de revelársenos como algo que solo podemos afrontar en conjunto, de manera pública y colectiva, lo que significa que sin los otros no somos nada ni tenemos sentido. Por eso de repente, y casi sin proponérnoslo, apelamos a algo de lo que nos habíamos distraído y que está no obstante en el fundamento de las artes: pasar por las prácticas de los otros, por sus modos diversos de concebir el mundo, así como apropiarnos de un modo asociado de imaginarlo.

Estuvimos muy próximos a olvidar esto, a perderlo de vista. De ahí que esta crisis sanitaria global, que acaba de inscribirse traumáticamente en el espíritu de la humanidad, se precipite ahora llamando a pensarlo todo de nuevo. Sin ser únicas, la cultura y las artes tienen al respecto aportes que hacer, en la medida en que provienen de formas abiertas, originariamente de la experimentación. Esto también estaba a punto de perderse, dividido en compartimentos disciplinares estancos que apuntaban a imponer los logros personales, el éxito y la experticia individual por sobre la potencia de las redes colaborativas dentro del trabajo asociativo. No creo que esto sea exclusivo de las artes y de la cultura, como dije, pero sí pienso que es en estos espacios donde se aloja más visiblemente un modo de hacer con los otros que de momento se presenta como el camino más próximo a una salida.

Es cierto que primero el estallido social y de inmediato la crisis global que siguió fueron tornando cada vez más difíciles los proyectos, pero también lo es el hecho de que el agotamiento de esta secuencia no remite a la totalidad de lo que hacemos, sino a ciertas formas y aspectos que se mostraron caducas. En este sentido, nunca habíamos estado tan cerca de la oportunidad para revisar seriamente aquellas opciones y repensar el mundo en el que queremos vivir. En el caso específico de las artes, de cuyos procesos he formado parte como músico, como intérprete y como profesor de composición, además de hacerlo en estos momentos como Decano de la Facultad de Artes en la Universidad de Chile, se trata nada menos que de transformar las reglas del propio quehacer artístico, anudándolas a un trabajo comunitario que rescata las formas poéticas experimentales y creativas. Todo esto en un contexto en el que el mundo, tal como lo conocíamos, parece haber llegado a un punto de agotamiento. Después de esto, es de suponer que todo tendrá otro valor. Y es la cultura, antes que nada, el espacio en el que esos nuevos valores habrán de practicarse e inscribirse. Prescindir repentinamente de afectos tan simples como el de abrazar a una persona a la que queremos, o conversar cara a cara con nuestros semejantes, se inscribe en la cultura bajo la forma de un trauma, pero ayuda también a dimensionar el carácter gregario de toda sensibilidad. Esta sensibilidad no existe aislada de la vida de los otros y con los otros.

No es seguro que estuviéramos suficientemente al tanto de esto durante el largo tiempo en el que la competencia y el éxito personal nos llevaron a destruir nuestro medio, nuestros lugares, nuestras pasiones asociadas. Esto dañó la propia convivencia entre las prácticas artísticas, que en el contexto del neoliberalismo fueron progresivamente escindidas. Por un momento creímos habernos vuelto expertos en producirnos individualmente, y de esta forma herimos como si nada una experiencia que en los sesenta y en los setenta, sin ir más lejos, había nacido de un cruce entre una gran cantidad de prácticas. En lo personal, recuerdo gratamente cómo con Víctor Jara o con Luis Advis, quienes no venían del mundo de la música sino del teatro, trabajamos distintos proyectos colaborativos bajo la consigna del “arte para todos”, con gente de la danza, el diseño, las artes visuales, la fotografía, una realidad que hoy poseen en el mundo académico el nombre de transdisciplina. Teníamos la convicción de que trabajando de esta manera la realidad se tornaba más fecunda, más fuerte. Aquellas prácticas nuestras, anudándose, conjugándose unas con otras, nos hacían sentir que bastaba con pensar creativamente nuevas formas de estar en el mundo para que éstas empezarán a consolidarse.

No estoy señalando un modelo de pensamiento artístico único que haya que traer, sino abriendo zonas que, sin ser replicadas tal cual, pueden ayudarnos a reescribir nuestro presente. No estamos por el momento ante nada que no sean los problemas que como humanidad nos hemos causado a nosotras y nosotros mismos, seguro que con distintos grados de responsabilidad. Se erigió ante nuestros ojos una sociedad deshumanizada, un mundo sin solidaridad, y ahora nos toca enmendarlo. No debiese ser tan difícil si tomamos en cuenta que el individualismo de las últimas décadas no es parte de nuestra esencia humana, cuyo modo de existencia es el encuentro en los afectos y la vida asociada a lo social, lo social como las relaciones en el respeto mutuo, en lo cooperativo y lo colaborativo, en el hacer y el ser. Debemos volver a eso.

Fernando Carrasco
Decano Facultad de Artes de la Universidad de Chile, músico y compositor.
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