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Una promesa que nunca llegó: El drama de morir esperando por una residencia sanitaria

Por: Sebastian Palma / Publicado: 06.07.2020
Una promesa que nunca llegó: El drama de morir esperando por una residencia sanitaria /
Cuando Javiera Miranda se contagió de COVID-19 se contactó con la Seremi de Salud Metropolitana para poder alojarse junto a su madre en una residencia sanitaria, intentando evitar contagiar a sus abuelos. Envió correos electrónicos, llamó por teléfono innumerables veces y le prometieron ir a buscarla en menos de 48 horas. No llegaron. Su abuela terminó contagiada y murió a los pocos días. La autoridad sanitaria, tras enterarse de los hechos, aseguró que comenzará una investigación.

La rutina en la casa de los Uribe Quezada cambió drásticamente tras el inicio de la pandemia. Los cuatro integrantes de la familia -domiciliados en la comuna de San Ramón- se apegaron a un estricto régimen de confinamiento. Las razones para cuidarse eran varias: Rosanna Uribe, sostén económico de la familia había perdido su empleo en una automotora a fines del año pasado, luego del estallido social, y la posibilidad de que cualquiera en la casa se enfermera era una preocupación mayúscula, aunque no la mayor. Sus padres Juan Uribe e Irlanda Quezada de 76 años estaban dentro del grupo de riesgo por sus edades, escenario agravado por el historial clínico de Irlanda, diagnosticada con hipertensión y una enfermedad pulmonar obstructiva crónica. El virus, para ella, era practicamente una sentencia de muerte.

Eso lo sabía muy bien Javiera Miranda (20), hija de Rosanna y nieta regalona de Irlanda y Juan, quienes este año cumplieron 57 años de matrimonio. “Nosotros tomamos todas las medidas posibles, salíamos muy poco. Yo sólo salía una vez al mes para ir al supermercado y gastar la beca Junaeb y nada más”, dice al teléfono Javiera, estudiante de kinesiología de la universidad Finis Terrae, quien es beneficiaria de la gratuidad además de la beca de alimentación que le permite ocupar los poco más de $30 mil pesos en el supermercado.

Ese ingreso, más la pensión de sus abuelos, que bordeaba los $150 mil -dice-, le permitían a la familia hacer malabares para abastecerse y seguir pagando las cuentas de la casa. Buscar empleo en la pandemia no era una opción. “Mi mamá trató de buscar trabajo después de que la despidieron, pero no encontró nunca nada. Después de la pandemia dejó de buscar, porque eso significaba salir y todos sabíamos lo que iba a pasar si mi abuela se contagiaba”, agrega la joven.

Eso, lo que todos los integrantes de la familia Uribe Quezada temían que pasaría, terminó ocurriendo. Irlanda murió, pero no debió ser así.

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La alerta fue una tos leve. Podía ser un resfrío, los primeros días de junio estuvieron marcados por las bajas temperaturas y la casa de Javiera, su madre y sus abuelos, según cuentan ellos mismos, es muy helada. Aún así no había espacio para las dudas. Con una sintomatología leve y sin haber salido más que para abastecerse, Javiera decidió hacerse un PCR.

El martes 9 de junio se dirigió al Cesfam de La Granja (el más cercano a su casa). La respuesta tardaría días en llegar, pero ella, junto a su madre extremaron las medidas de aislamiento de inmediato. “Durante toda esta cuarentena tratamos de estar aisladas, pero con mis síntomas aumentamos las medidas. No salíamos ni a comprar, estábamos cada una en su pieza, encerradas. Cocinábamos todo separado. Mis abuelos bajaban y cuando terminaban de almorzar y se iban a su pieza, ahí recién bajábamos nosotras. Los últimos días no nos veíamos casi nada”, dice Javiera.

Javiera y su madre se enteraron del resultado de su PCR el sábado 13 de junio. A esa altura ella ya había perdido el olfato. “Como no me daban el resultado, me empecé a preocupar y finalmente terminé llamando a un número del Sapu para que me dijeran si es que había salido positivo o negativo”.

La muestra del hisopado nasofaríngeo a la que fue sometida corroboró lo que presumían,  que estaba contagiada con coronavirus, enfermedad que hasta el día de hoy ha matado a más de 10.000 chilenos, 124 de ellos vecinos suyos en San Ramón, según reporta el último informe epidemiológico.

El resultado angustió a Javiera y su madre, ambas conversaron y acordaron que debían alejarse de Irlanda y Juan. De lo contrario podría ser fatal para ellos.

Ese mismo día Javiera llamó a la Seremi de Salud Metropolitana para poder irse junto a su madre a una residencia sanitaria. Ese fue el primero de más de 30 llamados. Los contactos fueron muchos, pero la ayuda nunca llegó.

***

El domingo 14 de junio, un día después del examen PCR positivo de Javiera, ella y su madre enviaron un correo a la Seremi para dejar documentada las solicitudes telefónicas, que dicen haber realizado  para que las separaran de sus familiares: “me hice el examen de Covid, que salió positivo, necesito gestionar una residencia sanitaria para mí y mi madre ya que vivimos con mis abuelos que tienen enfermedades de base, entre ellas, mi abuela tiene EPOC. Quedo atenta a su respuesta”, decía el correo.

“Cuando yo supe que estaba contagiada llamé altiro porque me quería ir. Después de eso me llamaron un montón de veces,  yo diría más de 10 veces para pedirme mis datos, para decirme que en 24 o 48 horas me pasarían a buscar, pero eso no pasaba.  En mi desesperación comencé a mandar correos porque si uno llama no siempre te contestan”, dice Javiera, quien asegura que con el pasar de los días le dijeron desde el gobierno que la pasarían a buscar a ella y a su madre en varias ocasiones. “Me lo dijeron por lo menos seis veces”, recalca.

El bolso con ropa, preparado especialmente para la ocasión, permaneció intacto. Nunca pasaron a buscarlas. Según da cuenta el registro de llamados de Rossana y Javiera, ambas realizaron cerca de 50 llamados a la Seremi. También enviaron, por lo menos, 5 correos electrónicos.

 

Los días pasaban en la casa de los Uribe, sin tener una respuesta concreta. La familia seguía separada, sin poder verse, ni compartir. En esa espera vieron algo que los sorprendió en redes sociales y también en matinales de la televisión.

“El día que empezamos a pedir por la residencia, fue el mismo día que Joaquín Lavín empezó con el show mediático de que las residencias funcionaban. Nosotros dijimos, chuta si le dieron el espacio a él solamente por ser contacto estrecho, sin tener un PCR confirmado, teniendo una casa que me imagino que tiene capacidad para poder aislarse, con un baño propio y todo eso, obviamente nos pasarán a buscar a nosotras. Teníamos un PCR positivo y dos adultos mayores en la casa, cómo no nos van a llevar, pensé”, asegura Rosanna Uribe madre de Javiera.

Las esperanzas de Rosanna y su hija rápidamente se transformaron en decepción: “Yo creía que nos iban a ayudar, pero me di cuenta que este es un sistema de mierda(…) de hecho a  una de las personas que llamó desde la Seremi, la Javiera le había dicho que había visto noticias de que las residencias funcionaban y le pregunto por qué en nuestro caso no era así. Allí le dijeron que el sector oriente funcionan de otra forma. O sea como nosotros somos de la periferia, no tenemos alternativa de buscar alguna ayuda”, agrega.

Javiera y Rosanna se dieron cuenta que la ayuda no llegaría. No tenían posibilidades de ir a otro lugar y por su cabeza rondaron ideas insólitas: “En la desesperación pensé decirle a mi papá que iba a salir a la calle para que nos pillara un carabinero y que él nos mandara a una residencia sanitaria. Hasta eso pensé”, señala Rosanna.

Esa idea no se concretó, tanto Rosanna como Javiera decidieron hacer lo único que tenían a su alcance, tratar de seguir con el aislamiento extremo en su casa. Las medidas no fueron suficientes. Irlanda se contagió con la enfermedad. El peligro, sabían todos, era inminente.

***

Una semana después de conocer el resultado positivo de Javiera comenzaron los síntomas en sus abuelos. Primero enfermó Juan, quien desarrolló congestión nasal y malestares generales. Dos días después Irlanda cayó enferma. El virus, cuentan en su casa, fue fulminante con ella.

“Los dos se empezaron a ahogar, pero con ella era mucho más fuerte. Mi abuela empezó a desarrollar dislalia, comenzó a hablar cosas sin sentido. Después me enteré que pudo ser porque no le llegaba mucho oxígeno al cerebro fue duro verla así”, recuerda su nieta.

Ver a Irlanda en eso estado alertó a la familia. Ellos aseguran haber llamado al servicio de ambulancias del Cesfam más cercano en varias ocaciones. Dicen que tras varios llamados accedieron a buscarla pasada la media noche. Javiera acompañó a su abuela en el traslado. “No querían venir a buscarla, entonces pedimos por favor y nos decían todo el tiempo que estaban colapsados y no nos ayudaban. Al final hablé desesperadamente, me puse a llorar, y ahí la fueron a buscar. En la ambulancia ella estaba muy consciente porque le pusieron oxígeno, pero obviamente estaba un poco cansada, como que le costaba respirar”, dice.

Al llegar al hospital, cuenta que a su abuela le tomaron la temperatura y comprobaron que tenía fiebre. Allí,  las dejaron en un box. Javiera cuenta que un funcionario del Cesfam de La Granja le pidió que fuera ella misma quien le administrara oxígeno a su abuela. “Me dijeron que cada 20 minutos le hiciera unos puf. Después de eso empezó a sentirse mejor. Me preguntaron si le podía cerrar el oxígeno y fui yo misma quien lo hice”, asegura.

Con el pasar de las horas Irlanda se restableció, Javiera pensó que la dejarían en evaluación, pero desde el Cesfam la mandaron de vuelta a la casa.

“Mi mamá tuvo que ir a buscarnos. Moverla era muy difícil porque mi abuelita era gordita y como estaba ahogada no podía caminar muy bien. Entonces tuvimos que ayudarla a bajar del auto y llevarla a su pieza, nos demoramos un montón en entrar porque le costaba mucho caminar”, agrega Javiera.

El repunte de Irlanda duró poco. Su estado fue empeorando. Su familia dice que el domingo 21 de junio se “empezó a apagar”.  Volvieron a llamar a las ambulancias pero no hubo respuestas -dicen- ni del Cesfam, ni del hospital Padre Hurtado, donde finalmente fue internada. Javiera y su madre cuentan que tuvieron que apelar a la buena voluntad de un vecino para poder trasladarla a un centro asistencial.

“Él nos ayudó a llevarla al auto y ahí la pudimos llevar al hospital. Tuvimos que llevar una silla de ruedas para poder bajarla en el Cesfam porque no podía caminar. De ahí la mandaron al hospital y yo me fui con ella en la ambulancia,  le hicieron un montón de exámenes. Nos dijeron que estaba grave y que sus pulmones estaban como muy pequeñitos”.

Irlanda falleció dos días después por una neumonía con sospecha Covid-19. El hospital se lo comunicó a sus familiares vía telefónica. “Fue todo muy terrible. Lo peor fue contarle a mi abuelo. Mi mamá le contó. Y acá todos gritábamos, llorábamos, porque igual es fuerte, imagínate. Tratamos igual de hablarle muy suave del tema porque es chocante. Estaba súper afectado pero fue entendiendo. Igual yo creo que en este momento está como en un estado de shock, como que aún no lo ha asumido”, cuenta Javiera sobre su abuelo que perdió a su compañera de casi 60 años.

El cuerpo de Irlanda no fue velado, fue llevado directamente al Cementerio Metropolitano. A la ceremonia asistieron familiares y algunos vecinos.  “No me acuerdo muy bien del funeral pero todos empezaron a llorar, todos estábamos llorando. Lo que si me acuerdo es cuando pasamos con la carroza por nuestra casa. En la calle estaban todos los vecinos y la verdad nunca imaginamos que íbamos a tener un apoyo así, porque nadie quiere contagiarse. Nosotros le decíamos a la gente que no nos abrazara pero igual siempre estuvieron con nosotros”,  cuenta Javiera sobre la despedida de su abuela.

***

Luego de la muerte de su abuela, Javiera Miranda volvió a contactarse con la Seremi de Salud Metropolitana. Esta vez para informarles que su abuela había muerto y que solicitaba el espacio en una residencia para los tres integrantes de la familia que quedaban en la casa. La institución respondió lo siguiente:

 

Sobre este mensaje tanto Javiera como su madre afirman que la municipalidad no se ha contactado con ellas, creen que el departamento de residencias de la Seremi de Salud de la región Metropolitana, ni siquiera se contactó con el municipio de San Ramón. Les sobran razones para pensarlo.

Dicen que la única ayuda que han recibido ha sido por parte del hospital Padre Hurtado, quien ha mandado a monitorear el estado de salud de su abuelo a su casa.

Consultado sobre las negligencias expuestas en este artículo, la Seremi de Salud de la Región Metropolitana se limitó a contestar que iniciará una investigación para determinar responsabilidades y que una vez más tomará contacto con la familia.

Javiera dice que eso ya no le importa. Razones tiene de sobra. “Eso no nos sirve. Después de todo el daño que nos hicieron. Después de destruir a una familia”, concluye.

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