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Letras

Quimantú: Cuando los libros costaban lo mismo que una cajetilla de Hilton

Por: Tomás Henríquez, escritor / Publicado: 14.09.2020
Quimantú: Cuando los libros costaban lo mismo que una cajetilla de Hilton /
No resultaría exagerado decir que la promoción de la lectura era, entre otras cosas, una forma de ir en contra de ese orden patronal y oscurantista que rige el Chile profundo. En un país condenado a la ignorancia, leer podía volverse un acto revolucionario. Ese ánimo de justicia hizo posible Quimantú. Un proyecto editorial que podía decir con orgullo que cada semana producía 50 mil libros, que se vendían en los kioscos a precio popular.

Durante siglos el libro en Chile había sido un lujo. La reticencia a la lectura era de tan larga data que no solo se replicaba entre nativos, españoles y mestizos, sino que poco ayudó la incipiente república. Miguel Amunátegui, viejo promotor de la instrucción pública alegaba que “en Chile no pueden imprimirse libros porque faltan lectores”. Algo similar pensaba la Iglesia. Contrario a la educación del bajo pueblo, el obispo José Joaquín Gandarilla se preguntaba: “¿Qué gana el país con que los hijos de los campesinos y de los artesanos abandonen la condición en que los ha colocado la providencia?”. Triste e igual de ilustrativo resulta el adagio dicho por Barros Arana a Andrés Bello: “Escriba joven, sin miedo, que en Chile nadie lee”. 

El histórico desinterés en torno al libro bien podría tener una razón: la élite nos quiere tontos, sumisos y/o analfabetos. Al frente se levantaba la promesa de igualdad. Una resistencia que debía traducirse en la expansión material de la cultura educativa —la ciudad letrada, decía Ángel Rama—, pero sobre todo en entender el libro no ya como un monumento inaccesible, sino como un bien cultural de primera necesidad.

Las armas del pueblo

De los proyectos que albergó la Unidad Popular, uno de los más recordados debe ser Quimantú, la editorial estatal que funcionó entre 1971 y 1973. Hoy no es extraño pillarse con ejemplares en bibliotecas, ferias libres o tiendas de libros usados. Joyas de la literatura universal, clásicos modernos o contemporáneos, ensayos sobre historia o política. De todo había en el amplio catálogo del sello cuyos talleres estaban en pleno barrio Bellavista.

El desafío planteado era inédito: aumentar el tiraje, diversificar la oferta de títulos, reducir los precios y crear nuevos canales de distribución. Y el resultado no deja de sorprender. Libros más pequeños, con portadas coloridas y atrayentes, que generaron mayor acceso a contenidos entre distintos públicos y edades. Revista Onda para jóvenes. Paloma para mujeres. Cabrochico para niños. Mayoría para trabajadores interesados en la contigencia. O bien las colecciones, entre ellas Nosotros los chilenos, Minilibros o los Cuadernos de Educación Popular.

De esto habla Quimantú: Prácticas, política y memoria (Grafito Editorial, 2019). A cargo de las investigadoras Isabel Molina, Marisol Facuse e Isabel Yáñez, se trata de un compilado con tres artículos que abordan ese proceso y sus inéditas formas de producción. Se suma un prólogo a cargo del sociólogo Tomás Moulián, quien fuera parte de la empresa. Mediante entrevistas a extrabajadores, la revisión de documentos y buena parte del catálogo del sello, el libro busca indagar en las condiciones y contradicciones que hicieron posible distintas prácticas editoriales. Por ejemplo, cómo se incorporaron a las decisiones de la empresa a trabajadores que antes solo eran obreros. O bien, de qué manera pudo financiarse un proyecto educativo que sigue siendo inspirador.

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Pero Quimantú (del mapudungun sol del saber) representaba algo más profundo. Porque durante siglos la riqueza y el acceso a bienes de desarrollo cultural —y por ende las opciones de movilidad social—, habían estado restringidas a una élite. La vida proletaria que se articula a fines del S.XIX, que se hizo semilla y fue sembrada por el Frente Popular allá en los años 30, estaba dando frutos acá, en plena primavera democrática, a fines de los 60. Dicho modelo de desarrollo nacional entendía que la principal riqueza de un país es su gente. En ese contexto el libro es vital. Se transforma en un dispositivo que crea comunidad, experiencia y genera conocimiento descentralizado.

No resultaría exagerado decir que la promoción de la lectura era entre otras cosas, una forma de ir en contra de ese orden patronal y oscurantista que rige el Chile profundo. En un país condenado a la ignorancia, leer podía volverse un acto revolucionario. Ese ánimo de justicia hizo posible Quimantú. Un proyecto editorial que podía decir con orgullo que cada semana producía 50 mil libros, que se vendían en los kioscos y costaban lo mismo que una cajetilla de Hilton. 

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Pertinente resulta entonces citar aquella vieja anécdota ocurrida días después del golpe de Estado en Argentina. Corría 1976 cuando las tropas encabezadas por el coronel Jorge Alberto Maríncola entraron a la Universidad de Luján. El rector Emilio Mingnone les salió al paso. Lo primero que hizo el militar golpista fue interrogarlo con prepotencia: ¿Dónde están las armas? Mingnone respondió tranquilo: en la biblioteca. Estrecho de mente, el militar no entendió la ironía y mandó a revisar la biblioteca. Pero sus soldados no encontraron nada. Nada más que libros.

Si para algunos la UP fue caos y desorden, para otros fue una fiesta en la que por vez primera florecía dignidad. Pero vino el golpe y se acabó todo. Llegó la barbarie, los militares quemaron libros y acabaron con Quimantú. Entre montajes y manipulaciones se restauró una historia que intentó hacer del rumor, verdad. Ahí estaban las supuestas armas que escondía Allende, sus planes totalitarios, las guaguas que se comían los marxistas. Este fundo llamado Chile se proyectó orgulloso en el relato refundador de la dictadura. Pero hoy sabemos que todo era una mentira. Porque nunca hubo enfrentamiento, nunca hubo guerra. La principal arma que la UP le entregó a su pueblo fueron libros.

Quimantú: Prácticas, política y memoria

María Isabel Molina (Ed.), Marisol Facuse e Isabel Yáñez 

Editorial Grafito, 2019

144 Páginas

$11.000

 

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