Opinión

«Vacaciones de invierno (razones que las justifican)»

Por: Carola Sepúlveda | Publicado: 18.07.2020
Gabriela Mistral hace más de cien años lo dijo. Las políticas públicas en educación deben atender a las necesidades de las personas que componen las comunidades educativas, donde las vacaciones de invierno no están para proteger una supuesta “normalidad”, ni el ejercicio productivista de la formación (ni un calendario académico o un avance curricular), sino para proteger que niños, niñas y profesores descansen, se diviertan y rían.

Gabriela Mistral, profesora, intelectual y Premio Nobel de Literatura chilena, publicó en 1919 en Revista Mireya un texto titulado “Vacaciones de invierno (razones que las justifican)”.

En esa época, Mistral se desempeñaba como directora del Liceo de Niñas de Punta Arenas, zona austral de Chile, y desde esa posición expuso 11 puntos para justificar la necesidad de este descanso. Entre otras razones, señalaba que la ciudad no tenía ni tendría prontamente sus calles y sus locales escolares en condiciones adecuadas para ser ocupados durante la crudeza de los inviernos magallánicos,  alertaba sobre los riesgos de usar luz artificial para la salud de los niños y niñas, la necesidad de proteger el descanso de estudiantes y profesores(as) y las escasas posibilidades que tenían las familias de sectores populares para entregar abrigo adecuado a sus hijos(as) debido a las condiciones de pobreza material en que vivían. Un aspecto a destacar es la atención que Mistral entregaba a los sectores populares, señalando que esta discusión se daba alrededor de las escuelas que educaban a la clase humilde y que debía escucharse la opinión de las madres pobres y de la prensa obrera que los representaba.

Retomo este texto porque, a más de cien años de su publicación, tristemente me sorprende su vigencia. Mientras enfrentamos la pandemia de Covid-19, una idea de “nueva normalidad” (y una racionalidad técnica que defiende el productivismo) ha circulado cuando se habla de educación en Chile. En estos días, cualquier idea de normalidad aparece tensionada, pues la vida cotidiana de muchas personas se caracteriza por la lucha personal o la que algún cercano libra contra la enfermedad; o por el encierro, la escucha de noticias dramáticas y la distancia física de sus seres queridos; o por una rutina de subsistencia en la que deben salir a diario para mantenerse o para huir de algún tipo de violencia, la que también aumenta por estos días. Definitivamente, en ninguno de los casos, existe “normalidad”.

En medio de este contexto, hace algunos meses, el ministro de Educación (Raúl Figueroa) anunció el adelanto de las vacaciones de invierno para los establecimientos escolares del país; medida que no consideró la opinión de niños/as, familias, profesores/as, profesionales y asistentes de la educación, ni de gremios docentes, y que tampoco consideraba la experiencia de clases online, la que también desafió a nuestros/as profesores/as a resistir, a (auto) formarse, a ser refugio para estudiantes y familias, a organizar una sala de clases en algún espacio de sus casas y a confirmar el compromiso social de nuestra identidad profesional.

Hoy me pregunto acerca del sentido de las vacaciones de invierno, de la relevancia que adquieren, en términos humanos, durante este periodo de pandemia y, al mismo tiempo, sobre los fines de las políticas públicas en educación.

La primera pregunta ya fue respondida por Mistral hace más de cien años. Y existen además numerosos registros en nuestra historia de la educación que destacan su importancia. Entre los argumentos que se repiten está el de la necesidad de proteger tanto la salud de niños y niñas, especialmente de aquellos en situación de vulnerabilidad, como el derecho a su descanso, y el de sus profesores/as, para la renovación física, mental y espiritual.

Es necesario, en este contexto de pandemia, que se defiendan las vacaciones de invierno porque la enfermedad, el estrés, la tristeza y la angustia son emociones comunes entre estudiantes y profesores/as. Si consideramos también a las familias, y pensamos en las condiciones en las que muchas de ellas viven en Chile (con el deterioro de la salud mental y con las desigualdades en relación a vivienda, agua, alimentación, electricidad, internet, computadores, redes de apoyo y contención), las vacaciones cobran carácter de urgente. Pensemos también en los efectos económicos, sociales y emocionales del desempleo y la falta de políticas de protección social, en los sectores populares (esos de los que se preocupaba Mistral) y en las familias migrantes que, por estos días, sienten de forma profunda los efectos de esta pandemia por la severidad con que viven el aislamiento social.

En ese sentido, las políticas públicas en educación deben atender a las necesidades de las personas que componen las comunidades educativas, donde las vacaciones de invierno no están para proteger una supuesta “normalidad”, ni el ejercicio productivista de la formación (ni un calendario académico o un avance curricular) sino para proteger que nuestros niños y niñas y nuestros profesores/as descansen, se diviertan y rían. Debiesen representar ese espacio y ese tiempo “protegidos”, realizando “otras actividades”, distintas de aquellas que tradicionalmente realizan en la escuela (ahora en modalidad online), para que así tengan posibilidad de renovarse física, mental y espiritualmente.

A más de un siglo de que nuestra maestra Gabriela Mistral argumentase la importancia de las vacaciones de invierno, me sorprende que tengamos que seguir buscando “razones” para justificarlas.

A pesar de ello, identifico una oportunidad para preguntarnos acerca del sentido del tiempo, del espacio y de las actividades en la escuela chilena (también durante este tiempo de pandemia). Nos hace falta volver a discutir el sentido de la educación y poner en el centro de esa discusión a las personas y sus vidas.

Carola Sepúlveda