Opinión

Contra el fatalismo

Por: Claudio Rolle | Publicado: 05.04.2021
Contra el fatalismo Tomic y Allende |
Destaco la agudeza de Radomiro Tomic al denunciar el fatalismo como un verdadero peligro para la vida de la sociedad y la amenaza que representa esta manera de pensar, que considera que los acontecimientos no se pueden evitar y que es imposible cambiar el destino. Vio con claridad como no se estaba haciendo todo lo necesario para evitar el abismo y pedía al cardenal Silva que siguiera presionando por “la tregua que permita explorar una eventual solución”. El fatalismo sigue siendo una amenaza para las sociedades democráticas. Disfrazada con diversas vestiduras que cambian según las modas dominantes, la idea de que nada cambiará verdaderamente es acomodaticia e insidiosa y busca inmovilizar y perpetuar diversas formas de apatía, escepticismo o indiferencia frente a los asuntos de interés común.

En julio de 1973 Radomiro Tomic, fundador de la Democracia Cristiana y candidato presidencial en 1970, escribió una carta al cardenal Raúl Silva Henríquez agradeciéndole por sus esfuerzos al propiciar el diálogo entre el gobierno y la oposición en una hora muy difícil para el país. Junto con reconocer su gestión en el acercamiento de las partes, Tomic insiste en la necesidad de continuar buscando los puntos de acuerdo pese al fracaso reciente en esa vía, convencido de que era la única que haría posible salir de un atolladero que muchos, de diversos sectores, veían como insalvable. Hace un lúcido análisis del peligro inminente que vivía el país cuando escribió “Chile se acerca vertiginosamente a la peor prueba en este siglo”, denunciando la que llama “tentación del abismo”. En esta línea escribía advirtiendo: “En pocos días, los elementos dirigentes retornarán a su extraña ceguera sobre la magnitud de sus inexcusables responsabilidades si el enfrentamiento viene por culpa de ellos; y una parte importante de las fuerzas de base del país a la apatía y al ‘fatalismo’”. La carta está fechada el día 18 de julio, siete semanas antes de ese martes once.

Recuerdo este momento porque deseo destacar la agudeza de Tomic al denunciar el fatalismo como un verdadero peligro para la vida de la sociedad y la amenaza que representa esta manera de pensar, que considera que los acontecimientos no se pueden evitar y que es imposible cambiar el destino. Vio con claridad como no se estaba haciendo todo lo necesario para evitar el abismo y pedía al cardenal Silva que siguiera presionando por “la tregua que permita explorar una eventual solución”. El fatalismo sigue siendo una amenaza para las sociedades democráticas. Disfrazada con diversas vestiduras que cambian según las modas dominantes, la idea de que nada cambiará verdaderamente es acomodaticia e insidiosa y busca inmovilizar y perpetuar diversas formas de apatía, escepticismo o indiferencia frente a los asuntos de interés común. El fatalismo es una herramienta de perpetuación de un orden que nos puede resultar incómodo, insuficiente o incluso odioso, negando el espacio al debate con fuertes raíces, al diálogo imaginativo, a la acción que no cede a la tentación de la rabia y la violencia, aliadas fieles del fatalismo y la resignación.

En la lucha contra el imperio del fatalismo es necesario evitar el voluntarismo ingenuo y las expresiones de una especie de “pensamiento mágico” que aflora en épocas ansiosas de cambios. Es necesario contar con las exigencias de un pensamiento crítico bien fundado y una sólida conciencia de los males que es necesario afrontar para corregir un orden social injusto, realizando diagnósticos que se funden en evidencias y en la experiencia en el tiempo y el espacio. De esta forma se ponen las bases para el desarrollo de un programa común de construcción del futuro, en el que se valoren las ideas y las intuiciones propias y ajenas, en que se cultive la diversidad como una esencial expresión de riqueza de una sociedad, en que puedan madurar el diálogo y el respeto recíproco.

Se me podría responder que “se dice fácil” pero otra cosa es actuar estas propuestas. Es cierto. Es difícil y exigente cultivar estas actitudes y estas formas de relación. Es difícil por las urgencias, por lo intolerable y lo que no puede esperar más. Es difícil por el ímpetu y el deseo de cambio lo más rápido posible. Controlar esa corriente torrentosa es un gran reto, un reto que es ineludible si se quiere convertir toda esa enorme energía en una fuerza creativa en lugar de un aluvión. Es exigente porque requiere del máximo despliegue de nuestra imaginación,  de un compromiso profundo con diversas formas de empatía que nos plantean retos a la coherencia con nuestros propios discursos y de un enorme trabajo de cultivo del pluralismo, de la escucha y del diálogo, del respeto mutuo y del dominio de las legítimas rabias y frustraciones. Me parece interesante escuchar a quien dijo “no busquemos la satisfacción de nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y del  odio. Siempre debemos librar nuestra lucha en las alturas de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa genere violencia física. Una y otra vez tendremos que elevarnos hacia las alturas majestuosas de enfrentarnos a la fuerza física con la fuerza de nuestra alma”. Martin Luther King sostenía esto algunos minutos antes de añadir que “aunque tengamos que enfrentarnos a las dificultades de hoy y de mañana, yo tengo un sueño”.

Para luchar contra el fatalismo creo necesario tener sueños y conocer la experiencia de las mujeres y los hombres que nos han precedido en la existencia, en esta aventura humana en el tiempo y el espacio que llamamos historia. El conocer esas experiencias, al desarrollar la comprensión de lo que los unos y los otros proponen en la vida en comunidad, al cultivar los sueños creativamente, creceremos en información y conciencia y podremos actuar con mayor libertad. En esta hora del país es un reto significativo que ofrece un buen fundamento para la construcción de un futuro distinto.

Claudio Rolle
Historiador. Académico de la Universidad Católica.