Opinión

El abajo firmante

Por: Eduardo Olivares Palma | Publicado: 05.05.2021
El abajo firmante Chile-Camerún, Mundial de 1998 |
No fue esa la primera ni la única vez vez que Chile apareció de la manera más inesperada en las andanzas africanas del abajo firmante. De hecho, la primera vez que pisó el continente, en mayo de 2011, un policía del aeropuerto de Douala (Camerún) lo increpó “seriamente” agitando un índice acusador: ¡no debieran habernos robado la victoria! Se refería al partido Chile-Camerún de la Copa del Mundo de 1998. Ese en que el árbitro le anuló dos goles a los cameruneses, provocando un empate que clasificó a Chile y eliminó a los autodenominados “leones indomables” que, 13 años después, parecían más inconsolables que indomables.

Nacido en Valparaíso (Chile) en la primera mitad del siglo pasado, el abajo firmante tuvo desde pequeño y por causas hasta ahora inexplicadas una irresistible predisposición a subirse a cuanta muralla se ponía por delante para mirar “p’al otro lado”. Predisposición adquirida o heredada de algún lejano ancestro que lo llevó desde cabro chico a mirar la vida como una suerte de viaje ininterrumpido por este redondo mundo habitado por nómades y sedentarios. Si casi siempre ha sentido una irresistible atracción por los primeros, de tanto en tanto mira con no poca envidia a los segundos.

El abajo firmante pasó su infancia en La Calera, pequeña ciudad chilena cubierta de polvo por obra y gracia de la fábrica de cemento El Melón que daba trabajo y silicosis a buena parte de la población local. Su padre, Reinaldo Arturo –que gozó de ambos “beneficios”– nació a 55 kilómetros de allí, en Valle Hermoso (cerca de La Ligua). Su madre, a un poco más de 60 kilómetros, en Valparaíso. De sus 3 hermanos, 2 nacieron en La Calera y sólo su hermana menor “aterrizó” a 12 kilómetros de allí, en Quillota, y hasta el día de hoy todos viven entre Calera y Quillota. El abajo firmante asume el haber acaparado –¡jura que sin quererlo!– la vena viajera y las millas que el destino había dispuesto para todos los Olivares Palma. Por el corazón, la razón y la fuerza, su vida transcurrió por San Bernardo, Valparaíso, Concepción, Santiago, Viena, Alfortville, París, Ermont y Toulouse.

De todo eso le habló una noche de julio del 2012 a su amigo y colega Kamengele Omba. Ese día, en un supermercado de Butembo (noreste de la República Democrática del Congo) habían encontrado, comprado y vaciado dos botellas de… ¡vino chileno! El hallazgo de un Wine of Chile del Central Valley en un lugar tal improbable como el supermercado indio de una pequeña ciudad congoleña lo dejó sumido en un estado de asombro, reflexiones y emociones de esas que calan hondo. Sobre todo después del quinto vaso.

No fue esa la primera ni la única vez vez que Chile apareció de la manera más inesperada en las andanzas africanas del abajo firmante. De hecho, la primera vez que pisó el continente, en mayo de 2011, un policía del aeropuerto de Douala (Camerún) lo increpó “seriamente” agitando un índice acusador: ¡no debieran habernos robado la victoria! Se refería, en un tono desconcertantemente semiserio, al partido Chile-Camerún de la Copa del Mundo de 1998. Ese en que el árbitro le anuló dos goles a los cameruneses, provocando un empate que clasificó a Chile y eliminó a los autodenominados “leones indomables” que, 13 años después, parecían más inconsolables que indomables.

En todo caso, el abajo firmante no puede menos que precisar que las “apariciones” africanas de Chile no siempre fueron anecdóticas. Porque se encontró a menudo con situaciones que le recordaron su infancia en La Calera. Esos tiempos en que el dinero solía escasear y alcanzaba apenas para un octavo de aceite o un cuarto de arroz que se le pedía fiado a los vecinos del boliche de la esquina. Los que, buena onda, a menudo decían que sí y “lo anotaban en la libreta”. No sin antes insistir en que “ojalá cancelen apenas salga el suple”, esa especie de anticipo de sueldo que hacía que a fines de mes éste pareciera aun mas escuálido.

El abajo firmante recuerda que fue a propósito de una de esas “negociaciones” que oyó decir a su madre que “se le caía la cara de vergüenza”. Expresión que tuvo la mala idea de tomarla de manera un poquitín literal, lo que consecuentemente le causó no pocos insomnios. En cuanto a la interesada, Gladys, más que la caída de la cara lo que más parecía preocuparle era “que no sepa Reinaldo”. Porque si llegaba a enterarse, capaz que descargara su ira al son de su frase preferida: “Para qué fue a molestar. Somos pobres pero dignos”.

En África, el abajo firmante volvió a encontrarse con esas realidades que hacen difícil y a menudo dolorosa la convivencia entre la pobreza y la dignidad. Con la gran diferencia de que, si en La Calera estaba “en lo suyo”, en África era lo más extranjero que se podía ser: blanco y enviado allí por una institución de un país, Francia, cuyo historial de relaciones con los africanos no ha estado siempre marcado por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Paradoja cruel esto de ser asimilado al colonialismo y a la dominación depredadora del norte del planeta cuando, de una u otra manera, ambas lacras explican el menos voluntario de sus viajes (el exilio) y siguen haciendo parte de los enemigos principales de sus porfiados sueños libertarios.

Sea como fuere, siempre motivado por aquello de que “no hay mal que por bien no venga”, el abajo firmante considera que la oportunidad que la vida le dio de ir a compartir con jóvenes colegas africanos su experiencia de comunicador, periodista y hombre de radio, ha sido un verdadero regalo de la vida. Que después de 22 estadías en 5 países y 10 ciudades, y sobre todo después de centenas de encuentros no siempre fáciles, pero siempre desafiantes y aleccionadores, va siendo hora de que comparta lo visto y aprendido. Más que nada, con quienes conocen poco o mal ese continente tan lejano y objeto de tantos estereotipos y prejuicios.

Eduardo Olivares Palma
Periodista chileno. Vive en Toulouse, Francia.