Opinión

Escupir al cielo

Por: Cristián Zúñiga | Publicado: 08.06.2021
Escupir al cielo |
Aparece la foto de Karina Oliva junto al fallido candidato de la familia Jiles, el denominado “abuelo”, inspiración de las más patéticas intervenciones políticas presenciadas en el último tiempo. De hecho, el candidato presidencial del FA, Gabriel Boric, reconoció hace un par de meses (luego de haber recibido insultos, ninguneos y humillaciones por parte de los accionistas mayoritarios del Partido Humanista) las diferencias sustantivas que tenía con el proyecto de Pamela Jiles: “la política es de proyectos colectivos, no individuales o familiares”. Poco importó a Oliva la postura del que se supone es su candidato presidencial.

La candidata a gobernadora del Frente Amplio, Karina Oliva, recibió el respaldo de Pablo Maltés a su candidatura de cara a la segunda vuelta donde se enfrentará al DC Claudio Orrego. Nada de qué extrañarse, diría el analista político, basándose en el frío cálculo de los pactos electorales o en las puestas en escena de los llamados “gestos políticos” (en estos tiempos, una foto en balotaje vale más que mil acuerdos de escritorio). Nada nuevo bajo el sol, pues se trata de dos figuras políticas que dicen representar las ideas de izquierda y, de cara a una elección, suman fuerzas para derrotar a un opositor a sus ideales. Hasta aquí, todo bien, salvo, por un detalle: Oliva es la candidata de un conglomerado que ha moralizado la política. El Frente Amplio se ha caracterizado por desaprobar moralmente a quienes considera traidores ideológicos o corruptos en la gestión de sus trayectorias. De hecho, esta beatería la descargaron hace pocas semanas cuando iban a firmar una alianza con el Partido Socialista. Luego de aquel fracaso de inscribir una primaria de la oposición que integrara a Paula Narváez (so pretexto de vetar al PPD por sus pecados históricos), aparecieron voceros del FA diciendo que agradecían quedarse en un pacto junto al Partido Comunista y la Federación Regionalista Verde Social (partido que otorgó cupos a concejales ligados a las redes del alcalde de San Ramón) pues se trata de fuerzas que tienen como objetivo en común la superación del neoliberalismo y de las viejas malas prácticas para ejercer la política (aun cuando el PC fue gobierno en un mismo gabinete junto a Heraldo Muñoz y Jorge Burgos). Dos semanas después, aparece la foto de Karina Oliva junto al fallido candidato de la familia Jiles, el denominado “abuelo”, inspiración de las más patéticas intervenciones políticas presenciadas en el último tiempo. De hecho, el candidato presidencial del FA, Gabriel Boric, reconoció hace un par de meses (luego de haber recibido insultos, ninguneos y humillaciones por parte de los accionistas mayoritarios del Partido Humanista) las diferencias sustantivas que tenía con el proyecto de Pamela Jiles: “la política es de proyectos colectivos, no individuales o familiares”. Poco importó a Oliva la postura del que se supone es su candidato presidencial. Para la ex asesora de Marcel Claude lo importante es ganar pues, como en una guerra santa, la cruzada del pacto Apruebo Dignidad contra los impuros neoliberales es superior a cualquier voltereta.

Pero esta vez no se trata de una voltereta de forma, como esas que abundan en la política y que rápidamente son tratadas, por parte de los políticos tradicionales, como detalles o gajes del oficio. La foto de Karina Oliva junto a Pablo Maltés devela el estado del arte de un bloque que pareciera haber perdido su preciada brújula moral. Y es que la práctica política construida por Pamela Jiles y su compañero representa algo tan peligroso como la narcopolítica o los aportes de campaña de Ponce Lerou. El “jilismo” ha llegado para sembrar el populismo de izquierda, una especie de estrategia discursiva que instala una frontera entre “el pueblo” y la “oligarquía”, pero no como una forma de recuperar y profundizar la democracia (el inocente deseo de Chantal Mouffe), sino que como una plataforma para posicionar liderazgos narcisos y tiránicos. Se trata de un viento populista, anti élite, que sopla en las izquierdas y las derechas, donde las necesidades sociales de turno son llevadas al púlpito de la demagogia mesiánica, desde donde emergen prédicas histéricas y payasescas que un día hablarán de retirar el 100% de los fondos de pensiones, al siguiente de expulsar a los migrantes y al subsiguiente pudieran pedir reponer la pena de muerte (algo que la diputada Jiles ya hizo). Todo dependerá de lo que los “nietitos” de turno pidan desde las redes sociales.

Hasta ahora, la campaña de Karina Oliva ha sido sostenida desde la ortodoxia política del Frente Amplio y el Partido Comunista, vale decir, desde aquella irrestricta y sin matices oposición a la aceleración del capitalismo y a todo lo que huela a vieja política (nada más cómodo para sostener dogmas que aliarse con el PC chileno). Quizás faltaron debates entre los candidatos a la gobernación metropolitana para haber conocido sus propuestas de políticas públicas, seguridad ciudadana, agenda económica: es decir, sus ideas y puntos de vista acerca de la vida en común (es poco lo que se conoce del programa de Oliva). Pero no cabe duda de que para esta nueva forma de hacer política, basada en el dogma, la figura de Pamela Jiles resulta menos nociva que la de Heraldo Muñoz, Paula Narváez o Camila Polizzi (candidata independiente a quien el Frente Amplio quitara su apoyo por haber relativizado el aborto libre). Es una declaración de principios que abraza al populismo de izquierda y veta las alianzas con quienes representan un pasado de pecados capitalistas.

Al Frente Amplio le queda poca línea de crédito en su cuenta del banco de la moral. Hasta ahora, la han sabido administrar sin mucho pago de intereses, pues han invertido poco en la administración del Estado (salvo en algunos municipios emblemáticos como Providencia y Valparaíso). Ni siquiera su valiente rol en el acuerdo por la nueva Constitución pareciera hoy servirles; por el contrario, se nota que lo cargan con algo de vergüenza en el caminar junto a sus nuevos aliados. No vaya a ser que muy pronto estos jóvenes políticos que emergían prometiendo un recambio cultural para una gris democracia binominal terminen aburriendo, igual que ese cuarentón con actitud adolescente que a punta de camisas escocesas y pañoletas de colores intenta llevar, con la cara llena de sus propios escupitajos, la palabra del anti capitalismo a las generaciones del Cyber Day.

Cristián Zúñiga
Profesor de Estado. Vive en Valparaíso.