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10 historias que relata Renato Garín sobre la Convención en su libro «El Fracaso»

Por: Camilo Espinoza | Publicado: 21.11.2022
10 historias que relata Renato Garín sobre la Convención en su libro «El Fracaso» Renato Garín | Foto: Agencia UNO
Conversaciones con prostitutas, encuentros con fantasmas, peleas con otros representantes y sesiones en un cine porno son algunas de las anécdotas que cuenta el exconvencional Renato Garín en su libro. También repasa algunos hitos claves del proceso, como el carrete en Concepción y el episodio de la piñata.

Renato Garín lanzó «El Fracaso: Cómo se incendió la Convención» (Catalonia, 2022), su libro sobre el órgano constituyente, cuya propuesta de Carta Magna fue rechazada el pasado 4 de septiembre.

El exconvencional recorre los hitos más importantes del proceso, los que cruza con su pesimismo y desánimo personal durante su año de funcionamiento.

En El Desconcierto realizamos una recopilación de momentos clave que son relatados por Garín en el libro, que van desde la primera elección de directiva hasta el episodio de la piñata que involucró a la hija de Fernando Atria.

La derrota ante Bassa

Durante la elección del primer vicepresidente de la Convención, Renato Garín solo obtuvo cuatro votos frente a Jaime Bassa, quien resultó electo. Así relata su tristeza:

«Camino por el centro de Santiago buscando un taxi. No lo encuentro. Hay toque de queda por la pandemia. La parka negra, el polerón con capucha y el frío me hacen sentir seguro, nadie podría reconocerme. Nadie camina por las grandes alamedas. Voy sollozando, como un pendejo, tratando de encontrar consuelo. No soporto la idea de que Bassa sea vicepresidente, intuyo que nos llevará por mal camino, que cometerá errores de principiante, que girará poéticamente en el borde del abismo (…)

Bassa y yo estábamos en bandos opuestos. Por eso, ni siquiera me solicitó mi voto, a sabiendas de que no lo tendría. Fui incluso capaz de votar por Rodrigo Rojas Vade en la segunda y tercera vuelta, simplemente para no darle el gustito».

Su pelea con Agustín Squella

En ese mismo episodio, Garín cuenta que tuvo un cruce que tuvo con Agustín Squella, justamente por su apoyo a Jaime Bassa.

«Incrédulo de mis conjeturas, Agustín Squella me confrontó duramente en uno de los recesos. Hubo testigos de los ladridos que nos emitimos mutuamente, pues no podía tolerar que, en su supuesta sabiduría, Squella se inclinara por Bassa. Ve en él, probablemente, a un docente de derecho en Valparaíso, provinciano, bastante similares ambos en aquel tufillo ilustrado del resentimiento».

Las burlas de Giovanna Roa

También narra que Giovanna Roa (RD) se burló de él por haber obtenido solo cuatro votos en la elección para vicepresidente.

«Al llegar a la estación del metro Salvador, decido seguir caminando. Necesito digerir lo que ha ocurrido, tratar de sopesar los hechos, examinar mi frustración. Me duele aún la burla de Giovanna Roa, con quien nos conocimos en el partido Revolución Democrática (RD), quien emitió gritos de sorna al constatar que solamente obtuve cuatro votos en la primera ronda de la elección para vicepresidente.

Mi candidatura fue un fracaso, no pretendía ganar, sino recolectar algunos sufragios para luego poder 16 negociar e intentar frenar a Bassa. Fracasé olímpicamente en esa tarea, aunque tenía asumida esa derrota desde hace tres días, cuando comenzó la acidez estomacal».

El carrete en Concepción

En su narración, Renato Garín no entrega mayores antecedentes del hecho, pero sí evidencia el ambiente que se generó en la Convención tras publicarse la noticia.

«Observo los avances del tratamiento capilar, para evitar que el pelo se me siga cayendo. Lo único que me falta es terminar convertido en un guatón pelado. Es mucha decadencia para alguien de treinta y cinco años. Me visto para dejar de mirarme. Organizo en la maleta las pocas cosas que traje. Me despido del personal del hotel. Subo a un auto que me lleva al centro de Concepción. Los reporteros se agolpan en la entrada del edificio de la gobernación. Los convencionales tienen caras de angustia. ¡Qué cresta pasó ahora!, pienso para mis incendiados adentros.

Aquel viernes, la visita regional se vio irremediablemente empañada. A partir de una noticia publicada a las once de la mañana, se comenzó a especular sobre un posible desmadre vivido en uno de los hospedajes, durante la estadía de los constituyentes. Los rumores apuntaban al elegante hotel Pettra de Concepción, con nombre macondiano y estética lujosa. Otras versiones de prensa aseguraban que hubo ruidos de madrugada en el bar, en los pasillos y en la piscina, que se encontraba cerrada. Estos hechos habrían generado la molestia de otros huéspedes. La celebración del cumpleaños del vicepresidente Pedro Muñoz fue el antecedente clave. Así lo relataba un polémico reportaje de radio Bío-Bío que todos se esmeraban en desmentir».

Conversación con Manuel José Ossandón

Uno de los personajes que se repite varias veces en el libro es el exconvencional Manuel José Ossandón jr., quien se ofreció a llevarlo de regreso en su auto desde Concepción a Santiago. En ese trayecto, tuvo una conversación telefónica justamente con su padre, el senador Ossandón.

«De pronto, las melodías se detienen. Suena el teléfono. Un timbre irrumpe en los altoparlantes del automóvil. “¡Es mi viejo!”, grita Ossandón Lira, riéndose a toda boca. “Contéstale tú”, me grita apuntándome por el retrovisor.

—¿Aló, senador Ossandón? —saludo solemnemente.

—No sé. ¿Quién es? —su voz sorprendida rebota en la cabina.

—Soy el diputado con quien hiciste el proyecto de las tarjetas de crédito.

—Ah, el huevón de los gatitos —carcajea fuertemente, seguido de su hijo.

—Tu retoño constituyente se apiadó y me salvó de volver en bus —le digo burlesco.

—Dime que ustedes no se tiraron a la piscina: ¡Huevón, por favor! —grita el senador».

Encuentro con una prostituta

En varios momentos del libro, Renato Garín reconoce que evitaba asistir a la Convención. En esos instantes aprovechaba de pasear por el centro. En uno de esos paseos, desclasifica una conversación con una prostituta de Plaza de Armas.

«Hay prostitutas de todas las nacionalidades que se pasean por la plaza a vista y paciencia de los pacos, de la seguridad municipal y de los escolares cimarreros. Una de ellas se me acerca, es chilena, me reconoce.

—¿Tú erís el de los gatitos?

—Sí, le digo atrapado por su vista felina.

—Yo te ubico perfecto, me han llegado tus videos, hablái bonito.

—Muchas gracias, me hacía falta una palabra de aliento.

—Yo tengo mucha esperanza en lo que están haciendo, no la caguen.

La mujer se llama Marilyn, ese es su nombre artístico. Me reconoció porque, en un infinito cinismo, alguna vez recurrí a los gatos de mi casa para bajar el rechazo hacia mi persona. Nadie se resiste a un diputado con gatitas y gatitos colándose en su pantalla. En su momento, la recomendación generó espléndidos resultados y me hizo muy conocido entre los animalistas, como Marilyn.

Piernas fitness, tacos altos, zapatos negros y puntas amarillas, un vestidito corto de tono verdoso, el pelo castaño con trenzas urdidas por ella misma. Su piel es morena, aunque no tanto como la de las colombianas, haitianas y venezolanas que recorren la plaza. Tiene pecas esparcidas, como un big bang, en su pronunciado escote. “Te veo estresadito. ¿No te querís atender, tenemos unos departamentos aquí arriba?”, me pregunta. Huyo de regreso». 

Una sesión desde un cine porno

En otro de sus paseos, Garín se suma a la sesión de forma telemática, pero desde un cine porno. Este es su relato:

«En el subterráneo del edificio, hay un microcine cerrado, donde antes había una intensa cartelera pornográfica. A un costado de la escalera, puede encontrarse la parrilla de obras fílmicas que solían ofrecerse matiné, vermú y noche. El porno ha cambiado. Los nombres de las películas dan cuenta de géneros homosexuales, bisexuales, fetichismos, adoración de pies, lluvias doradas y otras filias. En el entrepiso, funcionan seis peluquerías dedicadas a la depilación. Hay una rica fragancia ambiental, resultado de la cera, pelos chamuscados y frutos del bosque.

Allí me guarezco del frío de septiembre (…) Smartphone en mano, conectado a la red, la gran red, accedo al ciberespacio donde la Convención Constitucional está funcionando. Gracias a internet, puedo convertir una solitaria escalera — en un microcine porno abandonado, perfumado por cera depilatoria— en un espacio constituyente. Es, sin dudas, un paso histórico».

Colombianos que fuman cripy

Otro de los episodios del libro ocurre en el patio del ex Congreso, un viernes que se queda hasta tarde. Ahí relata un diálogo con un par de colombianos.

«Un denso humo de marihuana prensada se cuela por las rejas, inundando nuestro pequeño rincón en el jardín. Por calle Bandera, dos hombres de timbre colombiano fuman y fuman sin importarles el contexto. Adentro, el patio luce vacío. Solo quedan algunos periodistas despachando en vivo y unos pocos convencionales que aguardan por sus traslados (…) De pronto, una voz tropical invade la paz que me costó un semestre encontrar:

—Oiga parce, ¿Esta es la mierda esa de la constituyente? —me interroga duro.

—Así es, un logro internacional en Chile, con colombianos fumando paraguaya.

—Esta no es paraguaya, mi parce, es lo mejor de Colombia: la cripy.

—Lo mejor de Colombia son El Gabo, Shakira y el pibe Valderrama, mi parce —le contesto a través de la rejilla, ya entrando en confianza.

—Oiga, carechimba, no vayan a terminar como Venezuela —contesta el otro colombiano.

Y se traga una profunda quemada con la pipa rellena de cripy. Me tira el humo en la cara y retrocedo. Quedo mareado».

Los fantasmas de la Convención

Esa misma jornada, y probablemente producto del humo que le lanzaron a la cara, Garín alucina con la presencia de un cura a quien sigue hasta el interior del edificio, donde se queda encerrado. Ahí tiene un segundo encuentro paranormal con el fallecido abogado Jorge Huneeus Zegers, cuya figura está en ese edificio.

«Intento forzar ambas cerraduras, golpeo los vidrios espesos que las adornan, en busca de ayuda. Nadie responde. Ni siquiera sé, con exactitud, en qué lugar estoy metido. Llegué aquí persiguiendo a un cura que vi en el jardín y ahora estoy atrapado (…)

Al observar las sillas, al otro lado de la habitación, veo una silueta humana sentada, una pierna sobre la otra, como si leyese un libro. Creo adivinar un bigote largo, espeso, sobresaliente por encima del rostro. Parece usar un abrigo antiguo, pesado, como si se quisiera proteger de un crudo invierno. Me vuelvo a sentir inquieto. Me paro a mirar de cerca. Mientras me acerco, sigo viendo los bigotes, la pose, el abrigo. El pelo, ahora, me parece decimonónico.

Cuando llego a un metro de distancia, me doy cuenta de que es un juego de sombras que engañaría a cualquiera. Vuelvo a alejarme y veo, de nuevo, al mismo hombre, en la misma posición, con el mismo pelo, el mismo abrigo y los mismos bigotes. Me acerco otra vez y vuelvo a percibir el juego de sombras. Repito el ejercicio hasta el cansancio, para tranquilizar mi racionalismo escéptico, agnóstico y descreído de cualquier fenómeno paranormal. Escucho una voz que viene a rescatarme.

—¿Don Renato? —pregunta con tono jerárquico.

—Sí —respondo aliviado.

—Me mandaron a buscarlo —me dice, abriendo por fin la frontera.

—No sé cómo llegué aquí, la verdad, mi cabo —le digo leyendo su solapa de carabinero.

—Oiga usted está pálido —me interroga con la vista».

El episodio de la piñata

En medio de las funas realizadas por miembros de la comisión de Medio Ambiente, Renato Garín recuerda cuando una amiga de la hija de Fernando Atria rompió una piñata con su rostro.

«Estoy en mi casa, todavía incrédulo. Escuchar tu nombre y apellido en una lista de funados no es fácil (…) La irritación de mis detractores tocó un nuevo hito cuando detuvimos en seco uno de los informes de la comisión de Medio Ambiente. A la salida de la histórica sesión, leyeron una serie de nombres de aquellos que rechazamos en su totalidad el articulado propuesto.

En medio de los apellidos, fui mencionado y luego apabullado en redes sociales por venderme al extractivismo, a las mineras extranjeras y al capitalismo global. Días antes, una piñata me había hecho nacionalmente famoso, pues la hija de Fernando Atria prestó su casa para una celebración y grabó a la cumpleañera destruyendo mi rostro con un palo.

La combinación de estos hechos, evidentemente motivados por la frustración que está haciendo fiebre en las izquierdas, me motiva a recluirme en mi cama».

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