Rapa NuiRapa Nui, conocida también como Isla de Pascua, es uno de los lugares habitados más aislados del mundo. A más de cinco horas de vuelo desde Santiago, este pequeño territorio polinésico del tamaño del lago Villarrica emerge en la inmensidad del Pacífico a 3.700 kilómetros de la costa de Chile, país que la incorporó a su territorio en 1888. De un extremo a otro, por el lado más largo, la distancia equivale a la línea 4 del Metro, desde Tobalaba hasta la Plaza de Puente Alto. Poco espacio para tanta historia de dominación, esclavitud, lepra, viruela y tuberculosis. Y degradación ambiental.

Toda isla constituye un ecosistema especial y una isla tan pequeña y alejada de otros espacios terrestres tiende a ser por naturaleza un ecosistema frágil. Más aún cuando la población que la habita aumenta y demanda más recursos y servicios.

 

UN PEQUEÑO LABORATORIO

Por ello, Isla de Pascua se ha visto históricamente como un pequeño “laboratorio” para evaluar los impactos de las actividades humanas en el medio ambiente.  La provisión de agua dulce, la deforestación para despejar terrenos y usar madera y leña, la erosión del suelo, la introducción de plantas, cultivos y animales exóticos, la pérdida de biodiversidad única, la explotación de recursos pesqueros, la gestión de los residuos, la contaminación del agua y el presión demográfica que demanda espacio son aspectos que en mayor o menor medida se van expresando en un asentamiento humano que delimita una determinada “capacidad de carga” del territorio.

El autor Jared Diamond ha incluido a Isla de Pascua como ejemplo histórico en su libro “Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen”, capítulo que resulta interesante revisar, planteando que el aumento poblacional, la deforestación, la erosión y la destrucción del hábitat fueron determinante en el “colapso” de la Isla de Pascua en siglos pasados. Hoy parece en una encrucijada similar ¿Podrá resistir la pequeña y frágil isla las presiones de una población creciente y cada vez menos rapanui?

En efecto, una mirada panorámica a vuelo de pájaro ilustra la degradación de suelos y la pérdida de vegetación. Diversos estudios indican que en el pasado la isla estuvo cubierta de verde, incluyendo bosques. Hoy la mayor parte de la vegetación nativa original se ha extinguido y buena parte de la que sobrevivió está en peligro. Es conocido el caso del toromiro, árbol endémico que en la isla se extinguió en 1960 comido por las ovejas, pero que se ha rescatado de viveros europeos y se está intentando reintroducir. Los suelos, volcánicos y pobres, presentan señales de erosión que en algunos puntos es crítica. A cambio, se han introducido especies, algunas de las cuales constituyen plagas biológicas que han alterado totalmente el hábitat original.

Lo mismo ha ocurrido con la fauna introducida, como el tiuque, un rapaz depredador continental que habría alejado al manutara, el pájaro simbólico para la cultura rapanui, que ya no nidifica en una isla que no cuenta con barreras sanitarias específicas para cuidar su biodiversidad.

EL AGUA, LA BASURA, LA ENERGÍA…

Otro tema ambiental crítico es la provisión de agua dulce, la que sólo se obtiene gracias a las lluvias. Algunos humedales logran retenerla y filtrarla hacia napas subterráneas, desde donde se bombea a estanques que la acumulan y distribuyen a la población. Pero el agua no es mucha y la población es creciente. Más aún, como no existe un adecuado control de aguas servidas y otros contaminantes, las napas son susceptibles de ser contaminadas si estos residuos llegaran a infiltrarse. Una contaminación de las aguas subterráneas sería una gigantesca catástrofe ecológica para la isla, que no dispone de otra fuente de agua dulce para las necesidades de unas 7 mil personas.

 

Suma y sigue: la disposición de la basura. A la isla llegan semanalmente toneladas de envases y artículos que rápidamente se convierten en residuos. ¿Dónde dejarlos? Históricamente ha existido un vertedero que amenaza las napas subterráneas. La construcción de un relleno sanitario, así como fortalecer las iniciativas incipientes de reciclaje, el control de residuos peligrosos  y el retorno de residuos compactados al continente se hace imprescindible. Un problema adicional es la proliferación de basura plástica proveniente de actividades pesqueras que ensucia las costas.

 

Por otro lado, la isla depende energéticamente del petróleo que le llega del continente, con el que funcionan el transporte y el sistema eléctrico. Potenciar el desarrollo de eficiencia y energías locales (sol, viento, mar) parece obvio en el marco de un petróleo cada vez más caro.

 

BIODIVERSIDAD MARINA EN PELIGRO

Rapa Nui tiene un inmenso océano a su alrededor. Para la comunidad, el mar es parte de su espacio vital, vínculo material y simbólico con su forma de vida y con el mundo polinésico, fuente de alimentos y recursos. Pero los pescadores constatan que la pesca está cada vez más difícil. Especies estrellas como el atún y la langosta claramente han mermado su presencia. Parte de la disminución de las pesquerías se atribuye a la pesca de alta mar de barcos extranjeros que, según se ha denunciado, ingresan a aguas territoriales chilenas a pescar. En su tradición ancestral, el pueblo rapanui tenía tapus, especies de vedas que permitían mantener los equilibrios ecológicos.

 

En el mar prístino que rodea Pascua transitan y se reproducen muchas especies en peligro de extinción (atún aleta azul del Sur, tiburón martillo, albatros de ceja negra, fardela de Henderson y una serie de tortugas: laúd, verde, cabezona, etc.) y peces de alta cotización como atún, pez espada y tiburones. Rapa Nui es la cima de una gran cordillera submarina en medio del Pacífico, un ecosistema particular con volcanes y termas submarinas que es valorado a nivel mundial por su biodiversidad única que actualmente no está protegida.

 

TERRITORIO ESPECIAL

La economía de la isla se sostiene en el turismo y la actividad del estado chileno. La actividad agropecuaria y la pesca aportan a la subsistencia, pero no pesan en el PGB. Como la cesantía es baja y hay recursos, la población está creciendo y sobrepasará los 10 mil habitantes en algunos años. Así también crece el turismo, que llegará pronto a los 100 mil visitantes anuales (En 2004 fueron 22 mil, hoy son alrededor de 64 mil)

 

La isla enfrenta una nueva generación de amenazas ecológicas. La gestión de sus residuos, la fragilidad del agua potable, la erosión del suelo y la dependencia energética ponen sobre el tapete la cuestión de la “capacidad de carga” de la isla: cuánta población puede habitar en ella sin riesgo de colapsar. La comunidad rapanui ha puesto el acento en obtener autonomía para gestionar sustentablemente su territorio y limitar la migración de continentales. Chile ofrece un “estatuto especial” de autonomía administrativa. Falta aun ver cuáles serían sus términos. En palabras del Relator Especial de la ONU sobre derechos indígenas en Chile dicho estatuto “deberá contener garantías de protección de los derechos del pueblo originario rapanui sobre sus tierras, recursos y el respeto a su organización social y vida cultural”. Entre tanto, expectante como el moai, Rapa Nui aplaza decisiones que hoy son importantes y mañana serán emergencias.