La inacción de los poderes del mundo en la lucha contra el cambio climático está costando vidas, pero del mismo modo injusto que de costumbre: las naciones que más se han enriquecido contaminando, son las que menos pagan las consecuencias.

En las antípodas está Filipinas. País golpeado una y otra vez por la naturaleza, pero ahora, además, por la fuerza desatada de tifones como el Haiyan, que se alimentan del nuevo caos. Miles de muertos, desesperación, impotencia e impericia de las autoridades nacionales y mundiales, entre escombros donde la angustia de los vivos convive, literalmente, con la descomposición de los muertos. Tal como lo muestra este fotorreportaje de Lorenzo Moscia.

Por estos días, cuando el país ha logrado en parte limpiar al mundo de su mala conciencia, el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, descenderá hasta el epicentro de Tacloban para “evaluar la situación”, justo después de que la Cumbre contra el Cambio Climático de Varsovia, Polonia, culminara con un nuevo fracaso y con el retiro de las organizaciones no gubernamentales medioambientales.

El Gobierno filipino dijo que más de 6.000 personas murieron en el tifón del 8 de noviembre, uno de los mayores que se recuerden. Casi 1.800 personas continúan desaparecidas.

Ban Ki-Moon, por su parte, dijo que está organizando una gran conferencia sobre el cambio climático para el 23 de septiembre del próximo año, justo antes de la Asamblea General de la ONU. Mientras, el clima no entiende, ni espera, los tiempos de la diplomacia.