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Estábamos tomando desayuno, mirando la selva impenetrable de Bwindi –no la peor vista, habrá que decir—cuando de pronto se acerca Francis y a media voz nos dice que miremos hacia la terraza. Miro y no veo nada, algo por lo demás de lo más común en mi caso. Me levanto de todos modos y me dirijo a la terraza, y ahora sí noto que en uno de los árboles al lado, a unos dos metros algo se mueve. Primero pienso que puede ser un pájaro, luego, un roedor gigante o supermán que ha perdido su rumbo, pero no; se trata nada más y nada menos que de un gorila. Sí, un gorila de la montaña –esos que no sobreviven en cautiverio–, grande y feliz comiendo sus hojas impertérrito. Ahora, no es lo más raro del mundo que un gorila se te aparezca mientras estás tomando desayuno, habrá que aclarar. Los tipos vienen de la montaña y comen lo que se les antoja. El flaco este (es un decir, porque de flaco nada) se bajó del árbol y comenzó a caminar hacia mí, luego dio un salto y se alejó campante no sin antes golpearse con los puños en el pecho dejando en claro quién manda en estas tierras (demás está decir que no tuve la intención de disputarle su cetro). Con este aperitivo partimos a la selva en busca de una familia de estos simios que comparten con nosotros como un 95% del adn (las cosas que uno aprende).

006No por nada la llaman la impenetrable a la selva de Bwindi: algo entre la inolvidable y la imposible; aquello que no se alcanza nunca a conocer. Se me ocurrió, entonces, que entrar en ella podía ser una buena metáfora. ¿Metáfora de qué? Eso lo dejo a la imaginación del lector; baste ahora con decir que ir en las huellas de estos primos nuestros es una de las experiencias más extrañamente hermosa y más profundamente humanas (a falta de otra palabra) que uno pueda tener. Por una hora, mientras los miraba jugar, regocijarse, enfadarse y pedarse, me pareció que volvía a encontrar algo que había perdido en algún lugar, en algún tiempo que no podía recordar: estoy buscando el rostro que tenía  antes que el mundo fuera hecho, escribió Yeats y nunca más cierto que en este momento: estoy buscando el rostro que tuve antes de existir en la imaginación del universo. Un gorila se me queda mirando fijo a los ojos (¿pueden los gorilas mirar fijo a los ojos?). ¿Dónde dejaste tu última serenidad, gorila?

Dejemos para otra ocasión los avatares que incluyen toda la actividad económica entorno a los gorilas (digamos, en breve, que pareciera ser que la mayoría de los factores—pero no todos— impactan positivamente a la comunidad en los alrededores y a los gorilas en la selva). Porque por unos momentos, segundos, quizá minutos, hay un silencio inesperado (todo es inesperado en estos instantes), dejo de lado la cámara, y simplemente miro, veo, contemplo y trato de comprender. ¿Qué? Como si fuera un cuento de ciencia ficción o un poema no escrito, hallarse en ese tiempo (en ese mundo) no es solo volver al pasado o representar un presente fugitivo, es, también, reconocer un futuro posible (sabemos que todo futuro es anterior, ya ha sucedido).

El gorila ha dejado de mirarme. Le aburro como solo los humanos podemos aburrir. Se dedica a masticar sus hojas cansino, sin apuro. La guía anuncia que debemos marcharnos en cinco minutos—el tiempo con ellos se limita a una hora—y, como si hubiesen escuchado, la familia de gorilas comienza a preparar su partida (nada extraño en ello tampoco, es el tiempo que tienen para detener su ir y venir del carajo, incesante, por estas selvas en busca de comida, pues en dormir, comer y en devenir peripetatéticos dividen su tiempo y se les va la vida). Los chicos se desperezan, dejan sus saltos y se acomodan al amparo de los mayores. 001Y en cinco minutos ellos ya han partido y nosotros de regreso. Nosotros más lento, claro, más cansados, más embelesados y aún sin poder hablar (o sin saber); poco a poco estirando los músculos y la memoria, poco a poco haciendo bromas, intentando grabar las imágenes que se van quedando, ya, perdidas. Los gorilas están lejos. Tardamos una hora en salir de la impenetrable, impensable, indecible. Al final llegamos al centro, la guía nos dice una palabras, nos regala un certificado que acredita el viaje, cada uno vuelve a su hotel, a su cabaña; volvemos a nuestro tiempo, dejando atrás (pero aún a la vista) aquel lugar al cual es imposible entrar y es impensable conocer.

En la noche duermo sin soñar. A la mañana partimos de regreso a Kampala, un largo viaje a través del parque nacional que lleva el nombre de algún monárquico inglés. Conversamos poco en el viaje. Miro la gente pasar y trasportar cosas. Todo el mundo carga con algo, todo está en movimiento, no se detiene (escribiré de ello pronto). En mi cabeza los gorilas dan vuelta. Y ya en el aeropuerto me pregunto si no será que estoy actuando no mi futuro sino el de ellos.

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