imagesLa deuda ecológica del Norte hacia el sur es mucho mayor que la Deuda externa financiera del Sur hacia el Norte. Esta realidad es, sin embargo, difícilmente cuantificable, ya que en muchos de sus aspectos esta Deuda ecológica, sumada a las deudas históricas después de siglos de colonialismo y explotación, no es valorable en dinero. ¿Cómo darle un valor monetario a las catástrofes demográficas en América y Oceanía tras las invasiones europeas, a las guerras contra los pueblos indígenas, al genocidio cultural, al uso de trabajo forzado y de trabajo esclavo, al saqueo de recursos naturales efectuados desde el siglo XVI? Actualmente este saqueo continúa, y la deuda ecológica del Norte con el Sur sigue creciendo. Los estados Unidos, como muchos otros países del centro del sistema capitalista, tienen aún hoy en día una política de “Lebensraum” [1] –apoderándose como si fueran propios del espacio ambiental y de los recursos naturales ajenos.

En este contexto, que instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial hablan únicamente en términos de dinero cuando exigen el pago de la Deuda externa, es conveniente responderles también en dinero cuando hablamos de Deuda ecológica. Así vemos que algunos aspectos de la Deuda ecológica pueden calcularse cremastísticamente. Por ejemplo, los daños ambientales y sociales causados por las exportaciones. Nadie compensa a las poblaciones locales por la contaminación minera o petrolera. Nadie compensa tampoco  la pérdida de nutrientes debida a las exportaciones agrícolas. Por ejemplo, todo lo que el Norte debe por la “Biopiratería”, es decir, el uso sin pago alguno del conocimiento de semillas agrícolas y plantas medicinales. Por ejemplo, lo que se debe por la exportación de residuos tóxicos y por el uso gratuito de los océanos, los suelos y la atmosfera para depositar el dióxido de carbono producido por la combustión de carbón, gas y petróleo.

La discusión de la Deuda ecológica que el Norte debe al Sur nació aproximadamente en 1990. El Instituto de Ecología Política de Chile Publicó un documento donde explicaba como la producción de clorofluorocarburos (CFC) de los países ricos hacia disminuir el filtro que el ozono proporciona contra la radiación solar, que eso causaría cánceres de piel en los humanos y otros efectos en los animales, y que por tanto se producía una “Deuda ecológica”. Poco tiempo después en las reuniones alternativas de Río de Janeiro en junio de 1992, se aprobó un “documento marco” entre grupos ecologistas donde se ligaba el tema de la deuda externa (que los países del Sur deben a los acreedores del Norte)[2] con el tema de la Deuda Ecológica donde los deudores son los ciudadanos y empresas de los países ricos y los acreedores los habitantes de los países empobrecidos. Se habla ya del flujo de comercio de materiales y energía mal pagados del Sur al Norte, un tema ya bastante conocido en América Latina, por tantas experiencias históricas y por escritos como el de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Se habla también de la ocupación desproporcionada del espacio ambiental por parte de los países ricos para depositar los gases de efecto invernadero.

Crisis ecológica

Podemos afirmar que actualmente nos encontramos ante una crisis ecológica de extraordinaria magnitud. Problemas como el cambio climático, el agujero de la capa de ozono, la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de recursos tanto renovables como no renovables, la contaminación del suelo y del aire, entre otros, denotan este hecho. Incluso las instituciones oficiales reconocen esta realidad, aunque sus políticas para afrontarlos están aún en el tintero.

Lo que todavía no es reconocido (no porque sea menos evidente, si no por las implicaciones que comporta) es que la crisis ecológica es consecuencia indisociable del actual funcionamiento del sistema económico. Y es que la economía no se entiende como un subsitema dentro del sistema ecológico global, si no como un conjunto que comprende el resto de los aspectos. En este sentido, los recursos naturales (e incluso las personas) no son vistas más que como recursos para incrementar la producción, y finalmente, el consumo.

¿Quién se responsabiliza de los impactos ambientales?     

Este reduccionismo económico se agrava, incluso porque desde un punto de vista estrictamente económico, el mercado no realiza lo que nos dice que hace: las consecuencias de las actividades económicas no se limitan tan sólo sobre aquellos que deciden realizarlas, si no que afectan a terceros. Estas consecuencias reciben el nombre de externalidades. Los impactos ambientales son uno de los ejemplos más claros de externalidades: contaminación que se produce lejos de los puntos de emisión y consumo, agotamiento de recursos que afectará a generaciones futuras,… Luchar contra estas externalidades es una exigencia esencial para que el mercado asigne de manera eficiente los recursos desde un punto de vista económico.

Las externalidades no son un efecto colateral del funcionamiento del sistema económico, sino que se producen en prácticamente todas las actividades y, por tanto, son una consecuencia del sistema. Lo demuestra el hecho de que la mayoría de impactos ambientales aumentan en paralelo al incremento del tamaño del sistema económico, medido en términos de producto bruto. No es extraño que la aplicación de los mercados, ya sea haciendo participar a nuevos territorios mediante la globalización o mercantilizando nuevos productos (Biotecnología, propiedad intelectual sobre formas de vida, privatización de los servicios públicos,…) también revierta en crecientes impactos ambientales.

Pero no sólo es importante constatar la magnitud de los impactos ambientales, sino también cuál es la responsabilidad que tenemos cada uno en sus causas. Los países pobres no son los mayores causantes de la crisis ambientales a pesar de ser los lugares donde físicamente se producen una parte considerable de los efectos (desforestación de las selvas tropicales, extracciones mineras y petrolíferas, insalubridad de las aguas, extinción de especies,…). Es necesario buscar las causas reales del problema tras la aparente asepsia y pulcritud de las sociedades occidentales y en su consumo desmesurado.

Es en esta desigual contribución a la crisis ambiental de donde parte el concepto de deuda ecológica.

La Deuda ecológica

La Deuda ecológica es la deuda contraída por los países industrializados con los demás países a causa del expolio histórico y presente de los recursos naturales, los impactos ambientales exportados y la libre utilización del espacio ambiental global para depositar sus residuos. La deuda ecológica se origina en la época colonial y se ha incrementado has la actualidad por medio de:

La deuda de carbono. Es la deuda adquirida por la contaminación desproporcionada de la atmosfera por parte de los países industrializados como consecuencia de sus grandes emisiones de gases, que han causado el deterioro de la capa de ozono y el aumento del efecto invernadero.

La biopiratería. Es decir, la apropiación intelectual de los conocimientos ancestrales relacionados con las semillas, el uso de plantas medicinales y de otras plantas que han realizado los laboratorios de los países industrializados y la agroindustria moderna, y por la cual además cobran regalías.

Los pasivos ambientales. Es la deuda adquirida por la extracción de recursos naturales, como por ejemplo petróleo, minerales, recursos forestales, marinos y genéticos para una exportación mal pagada, que deteriora la base para el desarrollo de los pueblos afectados.

La exportación de recursos tóxicos originados en los países industrializados y depositados en los países pobres.

Extraído del libro ‘Deuda ecológica ¿Quién debe a quién?’ escrito por Colectivo de Difusión de la Deuda Ecológica, CDEs Observatorio de la deuda en la Globalización. Editorial Icaria


deuda[1] La expresión “Lebensraum” (en alemán espacio vital) fue acuñada por el geógrafo alemán Friederich Ratzel y posteriormente adoptada por geopolíticos de la primera mitad del siglo XX. Adolf Hitler utilizaba esta expresión para describir la necesidad del III Reich alemán tenía de encontrar nuevos territorios en los que expandirse y apropiarse de los recursos necesarios para el bienestar del pueblo alemán.

[2] La deuda externa de Chile alcanzó un monto de US$ 130.724 millones a diciembre de 2013. Los principales acreedores son Estados Unidos, Países Bajos, Canadá, Reino Unido, Barbados y Japón, que en conjunto representaron 39,3% del total de la deuda.