cop 20 cambio climático¿Cuántas personas en Chile sabrán que desde el primer día de diciembre se realiza la vigésima Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático? ¿Cuántas estarán enteradas que esta Cumbre, la COP20, se realiza en Lima, capital del vecino Perú? ¿Cuántas tendrán conocimiento que el gobierno de Chile anunciará aquí una serie de medidas de mitigación de emisiones efectos invernadero y un conjunto de acciones de adaptación a los cambios del clima?

La respuesta es bastante fácil. Muy pocas. Sólo aquellas personas involucradas en alguna arista de la gestión ambiental y el cambio climático estarán pendientes del que promete ser un encuentro de buenas noticias para el futuro del planeta. Y cómo no, si las potencias mundiales que hasta hoy se han negado a acuerdos globales, han susurrado una potencial decisión al respecto.

Pero que sean escasas las personas que estén atentas a lo que sucede en Lima no es novedad. La gestión del cambio climático en todo el mundo es un asunto sólo de expertos y políticos. Una fórmula peligrosa. Algo tan parecido como lo es lo que sucede con la economía global. Y lo parecido no es antojadizo, pues la relación es clara. El cambio climático pone en riesgo los paradigmas clásicos sobre los que se sostiene la economía mundial, y por tanto mientras más lejos del conocimiento popular, mucho mejor.

Haga un ejercicio. Imagínese un tifón en Filipinas, una inundación en Guatemala, una sequía en el centro norte de Chile o una ola de calor en Francia. Acompañe esta imagen con el sufrimiento de campesinos sin el sustento que son sus cultivos, de pequeños pescadores con sus  embarcaciones destrozadas, de niños o ancianos que lo han perdido todo. Agregue luego, imágenes de industrias gigantescas emitiendo enormes masas de gases de color gris, pozos petrolíferos y su maquinaria en movimiento, ciudades atochadas de vehículos, una extensa tala de bosque tropical o un oso polar sobre un trozo de hielo. Suena conocido ¿no?

Cambio climático mediante, el mensaje detrás de esta típica seguidilla de imágenes es demostrar las consecuencias que nuestro estilo de vida tiene sobre otras personas cualquiera sea el lugar donde se encuentren. Pero no tan sólo eso. Se entrega también el mensaje que somos los únicos responsables. Al fin y al cabo se apela a la responsabilidad, esa tan conocida responsabilidad individual, idea madre del modelo económico y social que ha generado el problema.

El sistema nos mantiene preocupados, pero las oportunidades para el cambio siempre son reducidas. Chile el mejor ejemplo. Hay que reciclar, pero ni hablar de Ley de Residuos. Hay que controlar el  consumo de agua, pero ni tocar el Código de Aguas. Hay que proteger los glaciares, pero nos damos el gusto de tener proyectos como Pascua Lama.

El sistema nos mantiene preocupados, pero las oportunidades para el cambio siempre son reducidas. Chile el mejor ejemplo. Hay que reciclar, pero ni hablar de Ley de Residuos. Hay que controlar el  consumo de agua, pero ni tocar el Código de Aguas. Hay que proteger los glaciares, pero nos damos el gusto de tener proyectos como Pascua Lama.

Pero no hay que perderse, todo lo nuevo que surja de la COP20 en Lima, o luego en la COP21 en París, vendrá a cambiar el derrotero que ha seguido el orbe en materia de mitigación y adaptación. Esto vale para todos los países, incluyendo Chile. Menos declaraciones y mejores acciones. Pero hay que dar un paso más.

Enfrentar de manera eficiente el cambio climático, reducir emisiones y reducir la vulnerabilidad es necesario y urgente, pero es imprescindible reconocer que el escenario que enfrenta el planeta no es casual, es la consecuencia de décadas de crecimiento exponencial, de acumulación sin control y de explotación ambiental desmedida. Producto de ello es que hemos cambiado las condiciones naturales de la Tierra y la hemos llevado a un límite sin precedente.

Hay que sentarse en el asiento del piloto y preguntarse ¿cuál es el estado del planeta que queremos al 2100? Decidir y conducir hacia ese destino. Para hacerlo, la ciencia debe dar paso a la crítica, y los gobiernos deben dar espacio a la gobernanza. Tenemos la posibilidad de un futuro común. Pero para tener esa posibilidad este vehículo no puede ser conducido por el mismo chófer.