te mahatu 2Nuestro país, la punta del continente, es bañado de punta a punta por cuatro mil kilómetros de costa por el Océano Pacífico. Tanto mar ha forjado una cultura relacionada con la infinidad del horizonte, aunque mucho se ha dejado de lado en el tránsito hacia las urbes alejadas de la costa, como Santiago.

Pero para otros, como Valentina Peña, el océano es una forma de vida, una manera de encontrarse entre tanta marea de gente. Psicóloga de profesión, surfista en sus tiempos libres, Valentina es la creadora y coordinadora de “Te Mahatu”, una organización que pretende educar e incluir socialmente a niños en situación de vulnerabilidad social, utilizando el surf y el contacto con el mar como la herramienta central de trabajo.

“Te Mahatu Surf Social, nace de un grupo de personas amantes del surf y el mar, que creen que el contacto con éste puede cambiar positivamente a las personas. Somos 11 personas que estamos trabajando en el proyecto, y hay 8 personas voluntarias”, como nos cuenta Valentina.

La iniciativa partió a principios de año, en marzo, te mahatucuando decidieron hacer un proyecto piloto que finalmente se ha transformado en una organización formal. De allí en adelante fue tomando forma, y en septiembre lograron constituirse como una corporación, aunque aún no han podido obtener una personalidad jurídica que les permita postular a fondos concursables.

“Estamos a la espera, a fines de este mes o del próximo ya estaríamos con personalidad y podríamos buscar personas o empresas que nos aporten. Ahora solo a tener paciencia, pero hemos ido adelantando trabajo, y ya existen algunas personas interesadas en ayudarnos”, asegura.

Te Mahatu significa “el corazón” en rapa nui, precisamente el lema central de la organización y que representa la entrega de sus miembros y voluntarios, así como el trabajo que se logra con los niños. Ellos trabajan con un hogar de menores del Sename (Servicio Nacional de Menores), y todo el material necesario para las clases es prestado por la escuela de surf Chile Extremo de Concón.

te mahatu 3“Empezamos trabajando con un hogar de menores en Quilllota, siendo cada clase un desafío para todos, ya que no estábamos financiados. Así empezamos a generar un vínculo con los niños de este hogar, esperando las clases de surf ansiosamente cada semana, y después de 6 meses trabajando con ellos, había cambios significativos dentro del hogar post clase de surf. Por ejemplo, disminución de los niveles de violencia, los niños se hacían responsables de sus cosas, se organizaban para aprovechar el máximo de tiempo en la playa, etc. De hecho, en invierno teníamos pocas horas de luz y ni el frio fue impedimento para trabajar juntos”, afirma Valentina.

Según nos cuenta, el programa también incluye el respeto hacia los ciclos de la naturaleza. Para esto, realizan actividades grupales en los hitos importantes, como el equinoccio de primavera, donde trabajan el florecimiento de las emociones positivas a través de meditación y sesiones musicales. “Es increíble ver a los niños conectándose consigo mismo desde una paz interior, la satisfacción que sentimos cuando vemos que ocurre esto es infinita”.

 

El “surf social” pega en Chile

A la iniciativa de esta organización se suma la historia de Ramón Navarro, uno de los máximos exponentes del surf mundial en la categoría de olas grandes, y que a principio de año hizo historia, junto al estadounidense Dan Malloy, luego de surfear por primera vez una ola en la Antártica.

Lo que hoy es su pasión y profesión, es el resultado de un duro camino que comenzó te mahatu 4en su cuna natal Pichilemu, en la Región de O’Higgins. La actual capital nacional del surf, era por ese entonces una caleta de pescadores artesanales, donde Ramón aprendió a bucear junto a su padre, Alejandro, y que junto a la recolección del pelillo, el luche y el cochayuyo, se transformaron en el sustento de su familia.

Luego de la primera tabla que recibió de regalo, Navarro viajó a Estados Unidos junto a un amigo, y allí tuvieron que hacer todo tipo de trabajos para sustentar su aventura. Y al arribar a Hawai, él mismo fabricó un horno de barro con el que hacían empanadas para juntar dinero. Finalmente, en el 2001, logró su primer acuerdo para ser auspiciado por una marca. Hoy en día, Ramón vive en Pichilemu, su tierra, y ha logrado poner el nombre de Chile en el recorrido mundial del surf.

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