No se trata de un desastre natural la tragedia del norte, no se trata de que la naturaleza se ensañe con los pueblos, la naturaleza no tiene intención. La tragedia no viene de las lluvias, viene de un país dividido en dos, el de los que se han quedado con todo y el de aquellos que han sido saqueados por la indiferencia, la avaricia y la brutalidad de un poder ajeno a la ciudadanía.

Ya sea que hablemos del terremoto en febrero del 2010, o del gran incendio de Valparaíso en abril del 2014, de las grandes extensiones de bosques quemados en el centro y sur de nuestro país, o de la sequía que mata los sembradíos de campesinos, dónde miremos, siempre el castigo es para los más pobres. Así que no hablemos de naturaleza, hablemos de injusticia, hablemos del abandono de nuestros pueblos y ciudades.

El fortalecimiento de la infraestructura de calles y caminos, de puentes, de edificios y casas, no se realiza en épocas de bonanza, porque los recursos financieros no están a disposición del pueblo de Chile y de sus trabajadores, los mismos que mes a mes ingresan sus cotizaciones previsionales a las AFPs que les pagarán pensiones de miseria, mientras sus controladores se vuelven multimillonarios invirtiendo en acciones de empresas de las que ellos mismos son accionistas.

Chañaral no fue partido por la fuerza del torrente, sino por el olvido. Las lágrimas de nuestra gente no nacen de la lluvia, los que han muerto y nunca serán encontrados no se los llevó el lodo son parte brutalmente evidente de ese mismo olvido.

Vemos a ministros, no haciéndose cargo de la raíz de la tragedia, sino administrándola. La presidenta de la república, da explicaciones, pero en ellas oculta una triste paradoja: se supone que es la que dirige el país, pero no explica porque no han existido recursos para prever calamidades y fortalecer a los sectores más desposeídos. No explica que en realidad tales recursos que provienen del trabajo de todos los trabajadores y trabajadoras de nuestro país, se encuentran en grandes bóvedas al servicio, uso y goce de no más de doce familias en Chile, las mismas que son dueñas de los bancos, de las AFPs, de las Isapres, de las empresas constructoras, de la pesca, de las grandes tiendas, de supermercados, de los bosques, de las tierras productivas.

Son los dueños de las minas que han secado los ríos, pero que han sido cuidadosos en quedarse con el agua, los que han talado nuestros bosques naturales, los que han relegado a los trabajadores a vivir en lugares de riesgo, librados a la aventura y sin protección del lodo, o de fuego. Son los dueños de todo.

Son aquellos cuyas utilidades puestas en pesos son inimaginables y las expresan en dólares, para que parezcan menos, mientras las inversiones del estado, se informan en pesos para que parezca más.

Chile entero está partido porque la avaricia lo saqueó de manera despiadada, separó un lado mayor lleno de abandono, de otro menor, con exceso de todo. Éste no es un desastre natural, es un desastre intencional.

Chile entero está partido porque la avaricia lo saqueó de manera despiadada, separó un lado mayor lleno de abandono, de otro menor, con exceso de todo. Éste no es un desastre natural, es un desastre intencional.

No puede existir otro modo de comprender por qué Camarones no tiene la infraestructura necesaria, por qué se salió el río Copiapó o por qué pequeños villorrios han desaparecido, llevándose no solo las casas, sino las biografías y los amores de las personas que vivían en ellas. La fatalidad de nuestro país es que algunos pocos se han apoderado de lo que pertenece a todos. Culpar a la naturaleza es una mentira colosal.

Tal vez la Sra. Bachelet nos pueda decir, porque no existen 2.500 millones de pesos para construir un pequeño dique o embalse en una pequeña localidad, para evitar el desastre y guardar agua para el futuro inmediato de la gente que allí habita.

Caval, Penta y Soquimich, son parte de un oculto sistema de drenaje para hacer desaparecer los recursos económicos que faltan, para entregárselos a los mismos parlamentarios y ministros. En definitiva no se trata de pagar impuestos, con los que se pueda velar por la gente, sino de “protección” para aquellos que acumulan y se embolsan, a niveles colosales nuestra riqueza natural y de aquella otra que proviene del trabajo y el esfuerzo de todos los chilenos.

Entonces, en esta rajadura de pueblos por torrentes de lodo y agua, de cenizas de bosques, de sequedad y aridez, de Valparaíso quemado, lo que ha quedado al desnudo es la corrupción de un sistema que no sirve para todos, sino para unos pocos. Así funcionan las cosas.

No nos equivoquemos, las tragedias las viven los pobres, no vienen del viento, ni del agua, ni de los volcanes o el mar. Vienen de la indiferencia por la vida humana.

Del mismo modo tampoco debemos equivocarnos que en Chile no gobierna el Estado, sino que gobiernan los poderosos. Por eso falta la plata para la educación, la salud, la vivienda y la protección de nuestros pueblos de las inclemencias del tiempo.

A la naturaleza no le corresponde portarse bien, para que una pandilla de desalmados siga lucrando a manos llenas. Nos corresponde a nosotros quitarles la teta que los amamanta. Nos corresponde a nosotros a través de una Asamblea Constituyente hacer que los ladrones de Chile efectúen una auto-evacuación rápida (sinónimo político de arranquen), porque ya los chilenos estamos más arriba de la coronilla y no les estamos soportando más.