Los vestigios encontrados en las cumbres de los cerros andinos de nuestro país, representados por ruinas ceremoniales, momias, estatuillas de oro, plata o cobre, conchas marinas, alfarería, textiles y plumas de aves tropicales, confirmaron la presencia antigua del ritual en las alturas, de los simbolismos, creencias y actos en conexión con lo sagrado.

Para la Cosmovisión Andina, los cerros -llamados “Apus”– son espíritus grandes y viejos, manifestados en toda su grandeza, protectores de los pueblos que yacen bajo ellos y muy respetados por la comunidad adyacente.

Las cumbres eran consideradas el punto más alto y más cercano a lo sagrado, a los ancestros, al Gran Espíritu.

Los rituales y rezos fueron diversos en estos Santuarios de Altura, se pedía por la continuidad del Ciclo del Agua, para así contar con este elemento en el cotidiano vivir, también se pedía por la multiplicación de los animales o simplemente para agradecer al Taita Inti (El Sol) y a la Pachamama (Madre Tierra) por todo lo recibido.

Se decía que en las Alturas se alcanzaban niveles de conciencia más refinados, se entraba en otra dimensión.

Así, la Cosmovisión Andina muestra su forma de ver la vida, entendiendo por una parte la presencia de lo Sagrado y por otra la presencia de la Madre Tierra con todos sus seres vivos, permitiendo así la activación del estado de Conciencia Colectivo, integrando ambos entornos en respeto mutuo y aceptación.

Lo anterior junto a la consciencia de los Cuatro Elementos (Tierra, Aire, Agua y Fuego), de las Cuatro Direcciones (Norte, Sur, Este y Oeste) más el entendimiento del Microcosmos (nosotros) y Macrocosmos (Todo lo de afuera) como un todo, conformaron las bases del tejido espiritual andino.

Ya es hora de abrir la ventana y tal cual se hacía hace quinientos años, dirigir la observación a nuestro entorno, a nuestro Santuario de Altura, activar el creer sin ver y a través de lo individual y colectivo recuperar nuestro tejido como sociedad, en favor de nuestro presente y por las nuevas generaciones.

El tejido está muy dañado y el no confiar se entiende en su raíz, pero si seguimos alejándonos de nuestro entorno, vamos directo a un abismo. Confiar y sanar-nos en nuestras relaciones pareciera ser el camino.

Nuestros abuelos andinos así lo hicieron.