Como experto en el pensamiento y el mundo árabe, Rodrigo Karmy encuentra seguramente deplorables las opiniones de quienes sostienen que el islam conduce indefectiblemente al integrismo; probablemente le indignan las opiniones de aquellos que, como Naipaul, sostienen que es una religión que encubre un proyecto árabe de dominación cultural y conquista; o aquellas otras que sostienen que la relación entre violencia, fanatismo e imposición política o coactiva de la fe es una consecuencia directa de las enseñanzas del Corán y no una mera contingencia propiciada por, por ejemplo, la pobreza, el imperialismo, el colonialismo, etc.

Ante tales opiniones muy seguramente se impacienta y, en fin, se apresura a introducir matices: a distinguir, por ejemplo, entre las diversas escuelas, interpretaciones y corrientes dentro del islam; entre períodos históricos, coyunturas, países, poblaciones, tribus, etc. Haría todo eso con justicia y muy probablemente no le faltaría razón si, además, tuviera reticencias a la hora de dar crédito a la ecuanimidad y sutileza intelectual del colega que expresara públicamente opiniones como esas.

Sin embargo, él ha hecho eso mismo con el liberalismo en una columna recientemente publicada en este mismo diario y en la que reprocha a Carlos Peña “estetizar” demasiado dicha corriente de pensamiento político. A su juicio dicha estetización pasaría por alto -o peor, encubriría- la verdadera relación que existe entre el liberalismo y, en último término, la cosificación de los individuos, con la consiguiente tolerancia o promoción incluso de la esclavitud. Dicho de otro modo, el profesor Karmy nos quiere hacer creer que la vinculación entre liberalismo y esclavitud no es accidental sino necesaria (o al menos muy estrecha). En sus palabras: “el liberalismo asumió la cosificación de la vida identificada inmediatamente a la propiedad”. Es importante reparar aquí en el adverbio “inmediatamente” que enfatiza la pretendida relación entre vida y propiedad y que quiere excluir la posibilidad de que las cosas fueran para el liberalismo de otra forma. Del mismo modo, en la frase “el islam conduce directamente al terrorismo” con el adverbio “directamente” se intenta establecer una relación indisoluble y biunívoca entre el islam y el terrorismo.

Claudio Santander ha demostrado -mediante otra columna– suficientemente todos los non sequitur contenidos en la columna del profesor Karmy. Por ejemplo, en los que se incurre al intentar establecer una conexión necesaria entre ciertos acontecimientos históricos y ciertas teorías políticas. Este es un intento que, además, muy fácilmente se puede volver contra la izquierda y en particular contra el socialismo, cuyas expresiones políticas más “puras” no han dejado de adoptar formas y medios tiránicos (¿ha gobernado alguna vez de forma no tiránica el “socialismo real”?). Quizás el lector puede creer que es indecoroso recordar ahora que no conviene arrojar piedras al techo del vecino si el propio es de vidrio. Cierto. Después de todo, las cosas no suelen sencillamente resultar como uno las planea. Eso no debería resultar demasiado embarazoso, a menos que uno crea que ese es un problema que solo tienen los otros.

Pero de lo que sí cabría experimentar embarazo es de las asociaciones hechas en virtud y por medio de simplificaciones intelectuales. A veces por lo demás muy gruesas. Por ejemplo, la de Locke, el liberalismo y la esclavitud. Locke fue partidario de la esclavitud, sí. Pero también fue detractor de ella.

¿Cómo, se preguntará el lector? Simple, pues se puede sostener la esclavitud por diferentes razones. Por ejemplo, Aristóteles creía en la esclavitud por naturaleza, esto es, en que hay individuos que por su condición han nacido y serán siempre y necesariamente esclavos. Locke precisamente no creía en ese tipo de esclavitud (basta abrir el Segundo Tratado y leer las dos primeras páginas para advertirlo). Él creía en la esclavitud por convención (básicamente en aquella que se impone a alguien como pena por la comisión de un crimen). Supongo que no será necesario insistir al lector en cuán progresista era esta opinión de Locke en su tiempo, sobre todo considerando que la idea de que existen esclavos por naturaleza había reaparecido con ocasión del descubrimiento y conquista de América; y de que dicha idea ha asomado de diversos modos a lo largo de la historia. Hasta hace no muy poco, por ejemplo, de mano del nazismo. Pero el profesor Karmy, siguiendo a Losurdo, puede pasar alegremente esto por alto. ¿Por qué? Esta es una pregunta que debería responder él (o Losurdo, en su defecto).

Aquí sólo puedo llamar la atención de que el problema que plantea esta pregunta (por qué pasan esos “matices” por alto) además sería anecdótica si solo se tratara de un descuido a la hora de leer a Locke. El problema estriba en que es el modo en que sistemáticamente ciertos intelectuales como Domenico Losurdo tienen de tratar con los autores o corrientes que les resultan antipáticos.

Así, por ejemplo, en su contribución al volumen “Lenin reactivado”, Losurdo admite que en La democracia en América, “Tocqueville describe con lucidez y sin indulgencia el trato inhumano que se daba a indios y negros en Estados Unidos”. Pero en seguida añade que Tocqueville “[e]scribe sobre las relaciones ente las tres razas solamente para evitar una posible desilusión del lector” pues el pensador francés ha dicho que “[e]stos argumentos [acerca de los indios y los negros] que afectan a mi exposición no son una parte integral de él. Se refieren a Estados Unidos, no a la democracia, y por encima de todo quería hacer un retrato de la democracia”.

Pese a que el libro lleva por título La democracia en América y que Tocqueville trate el tema de los negros e indios por tratarse del “América” y no de la democracia, y pese a que manifiestamente crea que la democracia es posible sin esclavitud, Losurdo prefiere interpretar el pasaje como una prueba de la defectuosa concepción de Tocqueville de la democracia: “Por muy cruel que sea la suerte de dos de las tres razas que habitan el territorio de Estados Unidos, ¡no tiene nada que ver con el problema de la democracia!”. En definitiva, una lectura antojadiza donde las haya. El libro Contrahistoria del liberalismo es una repetición constante y algo tediosa de este mismo expediente, más una incesante denuncia de la pretendida miopía moral de los liberales clásicos. Es de esperar ciertamente que Losurdo sea más lúcido con respecto a los prejuicios de nuestra propia época pues, después de todo, él no podrá apelar al atenuante de haber escrito algo así como el Segundo Tratado del gobierno civil o La democracia en América.

Por su parte, Karmy intenta no ir a la zaga de Losurdo y afirma además en su columna la existencia de una relación directa entre liberalismo y racismo. ¿Le merecería esa misma opinión el comunismo considerando que, en pleno siglo XX Aimé Césaire, el poeta afrocaribeño, renunció al partido comunista francés cansado del racismo de sus correligionarios metropolitanos? ¿O preferiría tal vez establecer la relación necesaria entre homofobia y socialismo a causa de las persecuciones a los homosexuales en Cuba y la URSS? (Y con todo esto no estoy diciendo ni insinuando que el profesor Karmy sea comunista o socialista, sólo me estoy preguntando si interpretaría esas correlaciones del mismo modo en que lo hace en los otros casos).

Muchas veces los cultores de la filosofía de la sospecha no parecen sospechar de sus propios métodos. En no pocas ocasiones terminan en teorías conspirativas, en ataques ad hominem y asumiendo que los otros (sean estos los filósofos, los políticos o los votantes liberales, conservadores, etc.) son egoístas, tienen falsa conciencia y no representan más que intereses de clases. Por eso seguramente terminan refiriéndose a sus antagonistas políticos como si no fueran nada más que enemigos y no legítimos participantes de la discusión democrática. Paradójicamente, los cultores del pensamiento progresista de izquierda que caen en estos vicios intelectuales terminan pareciéndose al vulgar dogmático (conservador, liberal o de la corriente que sea) que trata a todos los que no opinan como él como gente no solo equivocada sino, además, ruin.

Eso, supongo, explica que tantas veces muchos intelectuales de izquierda estén, como los intelectuales de otras sensibilidades, tan dispuestos, tan ansiosos de hacer los matices que les convienen para, simultáneamente, negárselos a quienes les contradicen. Así, por ejemplo, Domenico Losurdo ha sacado hace no mucho un libro matizando (sin exculpar, claro) los actos de Stalin para desmitificar su demonización, Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra. ¿Este ejercicio de revisionismo debe interpretarse cómo, exactamente? La respuesta que Karmy (o Losurdo o cualquier otro intelectual de izquierdas) dé a esta pregunta (por ejemplo, “debe interpretarse como un sano e imprescindible ejercicio de objetividad histórica”) ¿se aplicaría igualmente a un libro que hiciera lo mismo con, por ejemplo, Pinochet? Si esto último resultara ser una indecencia sin nombre ¿por qué el libro de Stalin de Losurdo no lo es?

Todos tenemos prejuicios, puntos ciegos, preferencias que no hemos examinado racionalmente, etc. Por eso lo más sabio seguramente es ser indulgentes con nosotros mismos y (especialmente) con los demás. Después de todo, como decía el vilipendiado Locke, nadie es buen juez de su propia causa.


Escuela de Gobierno, Universidad Adolfo Ibáñez