En un tiempo precario, difícil, absurdo, Paz Errázuriz perdió su trabajo como profesora de una colegio bilingüe y se hizo fotógrafa. Tenía una cámara y un gran interés por la foto, que ya había practicado con sus estudiantes. “Soy autodidacta completamente —relata—. Esa fue la oportunidad de pensar seriamente qué hacía, cómo iba a ganarme la vida. En ese tiempo la cámara fotográfica no era tan accesible, era caro, era fotografía análoga. Todo el proceso fue parte de mi fascinación”. Comenzó a tomar retratos de niños y sus familias; también fotografió a una gallina y escribió un texto, así nació su primer libro Amalia, historia de una gallina (Editorial Lord Cochrane, 1973). Sin saberlo, iniciaba su camino buscando decir a su manera lo que pasaba en el país, y se iniciaba también en los libros de fotografía —tiene unos 10 incluyendo el de Amalia, además de varios colectivos—. Desde entonces los hechos y su propia obsesión la empujaron a la calle, retrató las protestas, pero también un Chile menos visible. Se internó en circos, prostíbulos, hogares de ancianos, hospitales psiquiátricos, el mundo de los gitanos y el de los últimos kawésqar de Puerto Edén. Retrató cuerpos y rostros en que la mirada pública no se hubiera fijado, en tiempos de un “poder terrorífico en que te obligaban a mirar de una manera”. Hoy algunos de sus retratados y retratadas son famosos en el mundo.

Macarena, Santiago, de la serie La manzana de Adán, 1987. Cortesía de la artista. © Paz Errázuriz

Las juezas, Santiago, de la serie Vejez, 1983. Cortesía de la artista. © Paz Errázuriz

Mujeres por la vida, ¿me olvidaste sí, no?

Junto a los fotógrafos de su generación fundó la Asociación de Fotógrafos Independientes, AFI, en 1981. Una agrupación fundamental tanto para su propia carrera como para la de sus colegas, y para la fotografía chilena contemporánea. No solo registraron lo que estaba pasando, amparados en un carnet de fotógrafo independiente, sino que expusieron, vieron fotos y aprendieron uno del otro, formándose en el camino. El curador del libro sobre la agrupación, Multitudes en sombras (Ocho Libros, 2008), Gonzalo Leiva, plantea que la AFI de algún modo impulsó a la artista a sus “preocupaciones estéticas periféricas”. Al consultarle, ella solo se ríe. El trabajo que hizo en la AFI es su obra menos conocida, y algún día quisiera mostrarlo. Fueron fotos que publicó en revistas locales y extranjeras, con una mirada no necesariamente periférica, sino muchas veces frontal. “Juntos entramos a una militancia política. Todos teníamos un interés, una vida fotográfica bien incipiente, pero también bastante clara”, dice respecto a sus compañeros fotógrafos, con los que forjó relaciones de compromiso y solidaridad que se mantienen hasta hoy. “Por primera vez me cuestioné si yo era fotógrafa, o sea qué era yo”, recuerda. Paralelamente iba trabajando en sus intereses más personales, afinando el ojo.

En plena dictadura el colectivo de Mujeres por la vida salía a la calle con figuras negras con el nombre de algún desaparecido y la pregunta ¿me olvidaste, sí, no? Paz Errázuriz fue una más. “Todo mi trabajo de la AFI yo prácticamente no lo he mostrado. Yo trabajé mucho, fotografié, seguí, y era parte también de todos los movimientos de mujeres. Me encantaría juntar todo lo de Mujeres por la vida, todo lo de La Morada, en fin, es un tema que quiero trabajar. Era bien fascinante para uno, tú marchabas con las Mujeres por la vida y te dabas vuelta y hacías el registro también; fue una participación muy activa”, relata.

Mujeres por la vida, de la serie Protestas, 1988. Cortesía de la artista. © Paz Errázuriz

Del hágalo usted mismo al curador

El año 88 la fotógrafa de la agencia Magnum Susan Meiselas llega a Chile a cubrir el plebiscito. Aquí se encuentra con el trabajo de fotográfos que la impresionan y se embarca en un libro que buscaba mostrar lo que estaba pasando en el país desde 1973 a través de las imágenes. Trabaja con 16 fotógrafos y juntos seleccionan 75 fotografías en blanco y negro. Están ahí las miradas de Paz Errázuriz, Alejandro y Álvaro Hoppe, Helen Hughes, Jorge Ianiszewski, Héctor López, Kena Lorenzini, Juan Domingo Marinello, Christian Montecino, Marcelo Montecino, Óscar Navarro, Claudio Pérez, Paulo Slachevsky, Luis Weinstein y Óscar Wittke. La exhibición es un éxito y viaja por el mundo. El libro se publica en 1990 en inglés y 25 años más tarde en español en Chile. Una de sus fotos era un encuadre cercano de una mano femenina de largas uñas reposada en la espalda de un hombre en un baile, otra un grupo de reinas de belleza de un hogar de ancianos, otra un hombre del barrio alto que sostenía un cuadro. “Era la búsqueda de este país, de cómo encontrar desde mi interés lo que pasaba”.

Trabajaron junto a Meiselas en la selección del material, lo que fue un gran aprendizaje respecto a la edición del material fotográfico. A partir de entonces varios de los que participaron en esa experiencia hicieron libros. Ella también. En varios trabajó con escritoras o poetas. Con Claudia Donoso en La manzana de Adán, con Diamela Eltit en El infarto del alma, con Malú Urriola en La luz que me ciega. “Me gusta el trabajo con otra disciplina. Se complementa y enriquece mucho. Ahora estoy trabajando con Jorge Díaz en una investigación sobre la ceguera, y lo estamos armando primero desde su perspectiva como biólogo, científico y poeta. Y yo desde lo visual. Tengo un trabajo iniciado sobre el tema desde hace bastantes años y hoy día lo retomo. Pensamos hacer una pequeña muestra, sería el complemento al libro”, cuenta. Paralelamente trabaja en un documental sobre los kawesqar, sobre los cuales también hizo un libro, Kawesqar, hijos de la mujer Sol, (LOM, 2007).

Fuerzas Especiales, de la serie Protestas, 1986. Cortesía de la artista. © Paz Errázuriz

Hubo un tiempo mucho más precario en que no era fácil vislumbrar hacer un libro, y menos imaginar un retrospectiva como esta, que da cuenta de sus cuatro décadas de carrera. “Por fin –dice respecto a que llegue a Chile, luego de dos años desde que se inaugurara en España–, es como el cierre de un ciclo”. Uno que se inició cuando no trabajaba con curador. Algo relativamente nuevo en su carrera y que no ha hecho más de tres veces (las enumera: en Photo España, en Londres y ahora en esta retrospectiva con el español Juan Vicente Aliaga). El sistema con el que se formó era muy distinto. “Cada uno armaba su cuento; tú comprenderás lo que implica incluir a un curador, hay una economía diferente. Nosotros éramos de una precariedad absoluta. Tú tenías que hacer todo. Tú hacías tus propias fotos, tú las colgabas, tú las elegías, tu amigo o tu amiga te ayudaba en el montaje, pa acá, pa allá, qué pongo primero… Esa ha sido la experiencia de recuerdos que tengo infinitos, con la Julia Toro, la Leonora Vicuña, con los Hoppe, y de repente se empieza a ordenar de otra manera, la fotografía hoy día tiene otro espacio, otro status”.

Infarto 30, Putaendo, de la serie El infarto del alma, 1994. Cortesía de la artista. © Paz Errázuriz