-¿Cuántos años tienes?

Ya ni sé. Tengo 70 y tantos pero siento que vivo como si tuviera 40, o como si tuviera 30, ya ni sé.

Lo que si recuerda Pepe Cuevas es que a los cinco años se subió a una bicicleta y pedaleó por las concurridas calles del centro de Santiago hasta estacionarse frente a un bar en calle Bandera. Se instaló ahí todo el día lunes, luego el martes, también el miércoles y el jueves, hasta que el viernes sus padres lo encontraron sentado afuera del Bar Hércules (mítico bar frecuentado por Neruda y otros artistas), tratando de entender qué hacían las personas ahí adentro, por qué pasaban todo el día encerrados en la oscuridad, riéndose, gritando e incluso peleando entre ellos.

La respuesta llegó con los años —luego de una niñez recorriendo la ciudad junto a su padre que arreglaba máquinas de escribir, y una juventud marcada por el Mundial de Fútbol de 1962 y el sueño de la Unidad Popular, que lo llevó a tocar el charango y la guitarra por cientos de poblaciones de Chile y países como Argentina, Bolivia, Brasil y Perú con el conjunto de músicos y poetas Grupo América—, como consecuencia del apagón social y cultural que comenzó con el golpe de Estado de 1973.

“Estuvimos como 15 años todos los días tomando con Jorge (Teillier) y su hermano, Iván, con Rolando Cárdenas, y a veces con Aristóteles España. Ellos tenían una concepción preciosa de lo que era vivir como poeta, que significaba tomar harto y salir del bar medio volado, como perdido en la inmensidad”, recuerda a propósito del Bar La Unión, más conocido como La Unión Chica. Eso sí, no se trataba de una “tomatera interminable”, ya que en esa época hacía clases de filosofía en un colegio y “también estaba lo otro, que era la lucha de la gente contra la dictadura, que estaba cayendo detenida y siendo torturada. Y yo no me podía hacer el tonto con eso, entonces había una mezcolanza de esas cosas en mi ser”.

Cuevas le ha dado voz a los sujetos anónimos que recorrían la ciudad, que alejados de las caminatas alegres por Santiago se comenzaron a mover por las calles oscuras, llenos de miedo ante la situación política del país y la rabia hacia quienes se exiliaron y se olvidaron de la clase obrera.

– Ahora lanzas Poesía de la banda posmo. ¿De qué época son esos poemas?

Una pequeña parte está recogida de mis cuadernos, en los que voy metiéndome y sacando lo mejor. Y junto a eso hay poemas nuevos, de los últimos años, que son la mayoría porque sigo mirando lo que pasa y escribiendo.

– En el poema Vivir como poeta hablas de un “outsider que camina por la noche”. ¿Cómo es ser poeta hoy día?

De noche salgo cada vez menos, porque en Puente Alto no hay mucho que hacer a esa hora, pero cuando joven lo hacía siempre. Lamentablemente después de mi generación, salvo algunos, llegó otra camada que no tenía nada de vivir como poetas, eran gallos pragmáticos que buscaban ganar premios. En esta sociedad que se construyó a la fuerza, todo es relacionado con lo concreto, ahora solo se piensa en tener un celular, unas zapatillas nuevas, cosas así. Después del 73 quedó destruido ese Chile de obreros que conocían la poesía de Neruda, de Mistral, de Parra. Ahora nada de eso importa, estos libros no los lee nadie, en serio, nadie lee poesía, las ediciones de ahora son bajísimas.

– Entonces ¿por qué ser poeta en un contexto en que la poesía, como dices, importa poco?

He visto mucha gente que se ha pasado la película de triunfar y después sufren cuando caen, porque aquí la mayoría de los poetas se va a la chucha. Lo mío es vivir como un poeta, ese es mi triunfo. Si acaso los poemas corren, corren, y si no lo hacen me da lo mismo. Pero yo, que era un pobre mecánico de máquinas de escribir, pude vivir intensamente la vida. Con eso me conformo.

– Esa intensidad quizás está relacionada, además de la poesía, con la cantidad de trabajos y oficios que has tenido.

Sí, porque estoy acostumbrado a moverme con poca plata, pero siempre consiguiéndome una que otra pega. Desde chico ayudaba a mi papá a arreglar máquinas de escribir, después estudié Filosofía en el Pedagógico y trabajé de profesor hasta el año 83. Luego volví a trabajar arreglando máquinas, pero se acabaron el 85 y ahí cagué. Así que empecé a fabricar unos maletines al estilo James Bond. Los hacía en la casa y salía a venderlos al centro. Viví como un año de eso. También toqué la guitarra y canté con otro gallo en algunos restaurantes bien rascas que ya no existen, por ahí por donde nace Irarrázaval abajo. Atendí durante un par de años una librería en calle Merced, que se llamaba América del Sur, y después una que otra pega que aparecía.

– ¿Qué historias recuerdas de haber trabajado en una librería del centro?

En la librería, que era de César Soto, iban puros gallos de primer nivel, como Enrique Lihn, que era un pesado que tenía todo el poder de los cuicos. A Diego Maquieira lo veía por ahí, pero también me caía mal, había mucho pintiparado en esa época. A Armando Uribe lo veía entrando todo el tiempo a una iglesia de Lastarria. Pero este es el peor porque una vez me invitaron a una fiesta en su casa, me saludó, me llevó a un lado y me pidió que le arreglara una ventana que estaba mala. Lo quedé mirando, pero al final me encaramé y la arreglé. Me trató como un empleadillo más, como un mozo cualquiera. Por eso yo no me meto con los cuicos. Gonzalo Rojas también iba, pero él no era pituco y era un tremendo poeta. Lo más divertido fue una vez que a la librería entraron dos gallos con impermeables largos y las caras tapadas con bufandas, así que pensé que me iban a asaltar y cuando se acercaron vi que eran Mario Vargas Llosa y Jorge Edwards.

– ¿Iban otros poetas menos conocidos?

Había un grupo de cuatro patos malos que eran poetas y que iban a la librería a pedir plata. Este grupo lo formaban Guillermo Valenzuela, Víctor Hugo Díaz, Sergio Parra, que era no era tan delincuente, y otro más que no recuerdo. Una vez estábamos en un restaurant por Santa Lucía y algunos de ellos quisieron robarle al dueño de la librería. Así que nos fuimos a los combos y pudimos salir a tomar un taxi, pero cuando nos subimos alcanzaron a quitarle el reloj. Eran cosa seria esos poetas, tomaban todo el día también, pero yo los rescataría porque eran buenos escritores. Y buenos para los combos también, si una vez le pegaron a todo ese grupito de cuicos amigos de la Diamela Eltit del grupo C.A.D.A, en una fiesta por Bellavista. Yo también era bueno para los combos, de 10 peleas gané 8 cuando joven.

©Pato Gajardo

– Además de los distintos trabajos, participaste de una célula clandestina del Partido Comunista.

Esto era en Conchalí y ahí escribía pequeños documentos que se publicaban en unas hojas sueltas que se repartían en la calle. Trataba de caracterizar lo que pasaba para que la gente tomara conciencia de lo que se estaba viviendo. Pero igual era una célula para la risa porque el lugar de encuentro era un bar y nos huasqueábamos bien seguido. Una vez tuve que proteger una casa donde llegaron a esconderse cuatro minas. Eran unas militantes obreras de como 40 años y conversamos harto rato hasta que les dije que me iba a acostar. Ya en la pieza, llega el otro compañero que estaba conmigo y me encara diciendo: “Estas minas están luchando, son compañeras sacrificadas y tú te mandai a cambiar. ¿No pensai que necesitan un polvo para relajarse?”. Chuta, me dije, así que me devolví donde estaban ellas a ver si era cierto. Pasaban varias cosas así, medias locas y divertidas para lo que se estaba viviendo en las calles.

-¿En qué proyecto estás en la actualidad?

Estoy haciendo una película de las poblaciones. Entonces he ido a filmar a muchos lugares pero me ha costado un peligro muy grande porque la otra vez en Cerro Navia casi me quitan la filmadora y me sacan la cresta. Menos mal que alcancé a arrancar. Pero ya filmé en distintas poblaciones de Puente Alto y ahora voy ir a grabar a Renca. Quiero ir a tomar escenas populares porque voy a poner poemas sobre las imágenes.


Matías Castro, periodista

Periodista